Páginas

lunes, 27 de agosto de 2018

Dafne.


El olor de los olivos invadía sus fosas nasales, andar entre ellos se había vuelto una rutina necesaria hiciese el tiempo que hiciese, le servía para desconectar del aturdimiento de los días, y hoy más que nunca lo necesitaba. A cada paso que daba notaba las pequeñas ramas de los olivos incrustándose en las plantas de sus pies, una forma aliviadora de sentir que estaba viva a pesar de que pronto la iban a ahogar.
Sé sentó en las raíces de un gran olivar, apoyando la espalda en el raudo tronco y permitiéndose subirse la falda hasta los muslos para que el sol tostara su pálida piel aprovechando que estaba en una aliviadora soledad. Sus dedos índice y corazón fueron de manera instintiva al anillo del dedo anular de la mano izquierda, un anillo de compromiso que comparaba con unas férreas esposas, y ante esa comparación surgió un pensamiento.
"Soy una delincuente atrapada en la condena del matrimonio concertado."
Se soltó el pelo recogido en una trenza de espiga, una catarata rubia caía sobre su hombro derecho y dejó que la suave brisa del campo combinado a los rayos del sol acariciase su cuello y clavícula.
Ya no volvería a ser libre.
Y otra vez se estremeció, aquel matrimonio era para salvar sus tierras, sus olivos, como hija única y con la ausencia de hermano varón, Dafne se dio cuenta de que ante la salud inestable de su padre, su vida estaba condenada y en breve quedaría huérfana. Pero su padre, el que tanto la protegió de hombres y desdichas, se moría y no dudo ni un momento en que debía ligar a su hija a algún buen hombre que la pudiera cuidar y consentir como él había hecho. Mauro Lang era su mejor candidato, un extranjero venido de Inglaterra, deseoso de conseguir tierras españolas, trabajarlas y sobre todo, casarse. En cuanto se entero de la situación de la familia Estefan, no dudo ni un segundo en plantarse en la puerta y negociar, las tierras llenas de olivares y parras le sedujeron, pero en cuanto vio los ojos verdes de Dafne, supo que ese era su destino, esas sus tierras y aquella mujer, su esposa.
Mauro con toda la educación de un señor inglés, logró camelarse al viejo Eugenio y este no dudo en entregarle sus tierras y su hija una vez que se hubiera muerto. Los cortejos por parte de don Mauro aburrían a Dafne, ella que tenía la cabeza en las nubes a sus 22 años, que soñaba con ponerse pantalones, montar a caballo como un caballero y enamorarse de alma y cuerpo como los libros que su madre le leía y que tras su muerte, ella misma había buscado, releído y encontrando unos nuevos para alimentar a su inocente mente de historias de amor y viajes mágicos a lo más profundo de la selva o lo más caluroso del desierto. Lugares a los que ella estaba condenada a no ir jamás.
 Ante el tacto del anillo, ella notaba que le quemaba, sería oro del mejor calibre, pero ese anillo no debía estar en su dedo, echó la cabeza  hacia atrás resoplando y con los ojos cerrados.
-Padre, usted no nota cuan desdicha está poniendo sobre mi espalda, cuan tortura está sufriendo mi corazón ante el matrimonio con un hombre que no amo. Y me quejo de vicio pues don Mauro es todo lo que una dama desea, es atento y cariñoso hasta llegar al punto de empalagoso, escogisteis al mejor hombre para poder mantenerme, con el que debería conformarme, pero... Oh dios mío Padre, no le amo y nunca le amaré pues mi corazón no se acelera cuando le miro a los ojos, pues no me conquista con sus halagos, y anhelo sentir lo que sentía madre cuando llegabais a casa, esas carreras que se daba para ir a su encuentro después de un duro día de trabajo entre los olivos cuando su salud todavía era sana como la de un corcel, deseo tener esa ternura con la que le abrazaba y en las comidas y cenas, ese amor para contentar a su avaricioso estómago. En cambio yo no deseo cocinar a Mauro. No quiero correr a su encuentro y muchas veces, cuando me abraza deseo que se aleje de mí, ¡es insoportable esa agonía de no amar a quien debe ser amado!
Dafne notó un riachuelo de lágrimas que caían por sus mejillas rosadas por el calor de Mayo. Se llevó una mano a sus labios para callar su llanto y otra a su pecho menudo para intentar que el dolor de su corazón menguara aunque sabía que eso era imposible, habían pasado dos semanas desde que su matrimonio había sido fijado y formalizado, la tensión se le acumulaba, su mayor miedo era estar frente al altar, ante los ojos de Dios y quedarse en blanco, pues si decía que sí mentiría a Dios al decir querer tener a ese caballero como esposo y si decía que no, don Mauro Lang la echaría de sus tierras y quedaría repudiada de todo derecho, no tendría hogar, ni libros, ni comida, sería tratada como una fulana e ignorada por la sociedad, pero ¿todo aquello merecía la pena? ¿Merecía la pena rechazar la felicidad por un matrimonio sin amor?
-Señorita, ¿se encuentra bien? - Dafne se sorprendió por la voz, teniendo como acto reflejo bajarse la falda con una mano y secarse el rostro con la otra, a saber quién sería y qué pensaría de una señorita cómo ella si la veía llorar y con la falda subida.
-Sí. - dijo levantándose con torpeza apoyándose en el tronco del olivo y rezando mentalmente que no fuese nadie que la conociera, no sabía si iba a poder soportar las malas lenguas de la gente. - sólo paré un segundo a descansar de mi caminata y lloraba porque vi a un pequeño gorrión desfallecer por el calor, ya sabe, mayo vuelve a la gente más sensible de lo normal.
-¿Está segura? ¿Quiere mi pañuelo para secarse las lágrimas? Un rostro cómo el suyo no debería de tener tal surco de lágrimas. - Dafne no pudo evitar que sus mejillas tomaran un tono rosado más intenso que el del sofocón del calor, el muchacho le ofreció un pañuelo sucio de manera cortés, Dafne pudo fijarse más en él, su cabezo era negro azabache acompañado de unos rizos alborotados llenos de arena por el campo, su piel estaba tostada por el sol, de las horas que pasaba en él trabajando, su cara era delgada y definida en una mandíbula que la podías recorrer con los dedos sin ningún tipo de dificultad y seguir su trazo a la perfección, una nariz gruesa y unos ojos marrones cual grano de café acompañados de unas cejas gruesas y oscuras. Dafne tomó el pañuelo con delicadeza y se lo pasó por una de las mejillas para secar la marca de las lágrimas, luego con la misma dulzura, se lo devolvió.
-Muchas gracias.

Dafne no pudo evitar pensar durante toda la cena en los ojos de aquel joven que le habían calado desde lo más profundo de su ser, mientras que Mauro no paraba de hablar con su marcado acento inglés, reía con don Eugenio de las ocurrencias de los campesinos, a pesar de que don Eugenio nunca fue clasista, desde que se empezó a juntar con don Mauro se reían de las miserias ajenas de la gente de clase baja y por suerte para ambos, los oídos de Dafne se encontraban taponados ante el recuerdo del sonido de la voz de su mozo tostado al sol.
-Dafne, querida ¿estás en este planeta? - dijo don Eugenio con cierto tono guasón al ver los ojos perdidos de su hija.
-Sí, padre. - dijo ella de manera apresurada y volviendo sus ojos a su sopa.
-Pues cuéntame hija, ¿qué tal se dio el día? ¿Practicaste con el piano?
-Pues... - dijo ella con apenas un susurro mientras removía su sopa. - Hoy no practiqué, padre.
-¿Y eso a qué se debe? ¿Tejiste?
- Tampoco.
- Oh hija mía, la curiosidad se apodera de mí, ¿qué estuviste haciendo? ¿Puede que sea lo que mantiene a tu mente ausente?
- No hice nada especial, padre. Aproveché para salir a pasear, ya sabe usted lo mucho que amo hacerlo.
- ¿Sólo pasear? - interrumpió don Mauro. - Mi querida Dafne, me parece que desaprovechas tu tiempo, deberías estar concentrada en ser una mujer de provecho.
- ¿Una mujer de provecho? - preguntó Dafne con cierto hastío.
- Lo que oyes, amada mía. Pronto serás una mujer importante, no debes perder tu tiempo en paseos innecesarios y malgastando tus pensamientos en a saber qué. Sinceramente querida, deberías concentrarte en la boda y en pensar en nuestro futuro legado.
- Disculpe don Mauro, pero creo que por ahora, puedo malgastar mi tiempo como usted dice en lo que yo crea oportuno ya que para eso es mi tiempo y mi mente, y todavía no soy su esposa como para que me ordene qué debo hacer y qué no.
- Usted lo dijo, señorita. Todavía no es mi esposa, pero cuando lo sea, le aseguro que esos paseos se acabarán, ya que espero con ansias que se quede en cinta cuanto antes y entonces no tendrá tiempo en pensar en esas bobadas.
- Venga, jóvenes. - dijo don Eugenio intentando poner paz, con sólo ver la mueca que puso su hija con los labios, ya sabía que vendría tormenta si no paraba aquella conversación. -Calmad vuestro carácter hijos míos, cuando estéis casados y yo muerto ya tendréis tiempo para discusiones, por ahora disfruten el tiempo juntos, ¿hace cuanto no van a tomar café o chocolate a la ciudad? Disfrutaos mutuamente.

Tocaron a la puerta, y don Eugenio tras decir adelante con su ceño fruncido por la interrupción del momento a tales horas de la noche, suavizó su rostro tras ver atravesar la puerta a su bella hija Dafne, se fijó en sus suaves gestos, en como cerraba con cuidado la gran puerta de madera, sin separar sus manos del mango hasta que estuvo totalmente cerrada para hacer el mínimo ruido posible, su largo pelo caía sobre su espalda como una cascada de oro, lo llevaba suelto a pesar del calor, y don Eugenio supuso que sería por la ausencia de sueño, o porque la mente de su hija al igual que en la cena, estaba en otra parte y acertó, ya que Dafne tenía los ojos verdes volando a todos lados de la habitación, recorriendo cada esquina cómo si fuera la primera vez que entraba al estudio de su padre y una palidez particular en ella cada vez que pensaba en algo que podría enojar a su padre.
-¿A qué se debe está visita, mi pequeña luz? - observó las manos de Dafne, sus menudas manos, sus dedos no paraban de acariciar el anillo de oro que ese forastero inglés le había regalado a su hija como promesa de futuro matrimonio.
-¿Es por el matrimonio con don Mauro? - ante el silencio de su hija, don Eugenio supo que había acertado. - Oh hija mía, no te quedes compungida, os irá bien y serás feliz, pues será tuya también la casa en la que creciste, gozarás de todo lo que desees ya que ese hombre inglés te traerá manjares de su tierra y quién sabe, a lo mejor también te pida ir con él.
-No es eso padre...
- Entonces, ¿qué ronda tu mente?
- Padre, me he enamorado. - dijo Dafne con la voz entrecortada, con un nudo en el estómago y aquellas palabras rasgándole la garganta mas nunca pensó que decir una frase que involucraba tanto pudiera doler tanto.
- Oh hija mía, eso es maravilloso, sabía que al final verías lo buen hombre que es don Mauro, sabía que al final tus ojos le verían como deben y tu corazón despertaría...
- No, padre. - dijo ella interrumpiéndole. - Me enamoré de otro hombre, padre perdóneme por tal deshonra. - su manos fueron a su rostro ocultando la vergüenza del momento y para ocultar sus lágrimas ya que cómo se dijo antes, el mencionar la palabra nunca dolió tanto.
- Pero, ¿qué estás diciendo, hija mía? ¿Perdiste la cabeza?
- Sí padre, perdí la cabeza, pero por otro hombre que también me robó el corazón, sólo pienso en él, mi mente no se concentra en otra cosa y odio a don Mauro, es pretencioso y arrogante, aún no es propietario de esta tierra ni de mí y ya va pavoneándose de ello  y mandando a aquel y a cuál.
- No digas estupideces, Dafne, ¿cómo puedes odiar y  hablar así a tu futuro esposo? No puedes hacerme esto, hija mía.
- Padre, le odio y le odio y lo gritaría en lo alto del monte y lo pensaré el día que esté frente al altar, me he enamorado de otra persona y estoy dispuesta a renunciar a todo por él.
- No digas eso Dafne, ¿quién es ese muchacho que tan bien te comió la cabeza?
- Oh, padre. Es un simple mozo que trabaja la tierra con sus manos y el sudor de su frente, pero tiene un corazón tan bondadoso que no me imagino compartiendo la vida terrenal con nadie más y si no es con él, me meteré a monja.
-¡A monja dice la muchacha insensata! - dijo don Eugenio con tono burlesco. - Dafne, definitivamente perdiste la cabeza, ¿cuánto tiempo pasaste bajo el sol?
-Padre, ahórrese la burla, me estoy confesando cual pecadora, porque eso estoy haciendo, estoy pecando de amor. Traiciono a Dios. Le traicionaría si prometo amor eterno a alguien que no amo, tras tu muerte y casándome con don Mauro sólo encontraré tragedia y desdicha.
-Dafne, déjate de dramas y mantén tu mente fría, te estás dejando llevar por los deseos del corazón, vete a descansar. Hablaremos mañana y medita con la almohada si ese amor es tan puro o una simple rabieta de niña caprichosa.
Dafne volvió al olivo dónde se encontró con aquel que le hizo perder la cabeza, desde hace semanas y tras la conversación con su padre en la que no tuvo ningún fruto y el cual había empeorado gravemente en su salud, iba allí para alejarse de las insistencias de don Mauro para preparar la boda y a reunirse con su amado, por el cual cada día estaba más segura de la pureza de su amor, el cual acababa de aparecer entre los olivares, Dafne como toda muchacha enamorada, se levantó a toda prisa y corrió hacia sus brazos proporcionándole un beso en los labios.
-Oh, Hernán. Amado mío, no sabes cuan ansiosa estaba ante tu llegada. Te extraño a cada minuto que pasa y no estás a mi lado; es insufrible fingir amor por un hombre tan horripilante cómo don Mauro, el cual llegó tan caballeroso y elegante y que ahora demostró ser un despiadado dictador haciendo y deshaciendo a su gusto, destrozando la tierra y el hogar que a mis benditos padres les costó tanto crear de tierra virgen.
-Mi adorada Dafne, el recuerdo de tus ojos verdes me sirven de esperanza ante cada noche y día de trabajo, sé que cuando caiga el sol, te tendré aquí esperándome para vernos, ese maldito don Mauro… ¡Ya podría irse al infierno lluvioso del que vino y dejar a mi tan deseado anhelo con libertad! - dijo Hernán con ira en la voz, pero en seguida recordó con quién estaba y suavizó su tono para un tema más importante.- Mi Dafne, cuéntame ¿cómo está su padre?- dijo mientras la ayudaba a sentarse en las raíces del olivo.
- Ay Hernán, si usted supiera, ya ni levanta de la cama, apenas come y refunfuña ante cualquier persona que ose en molestarle, cada día sufro más en pensar que mi matrimonio con don Mauro sigue adelante porque mi querido padre no dirá ninguna palabra en contra de tal acontecimiento y aún sabiendo mis sentimientos por ti y lo mucho que sufriré en aquel matrimonio y amor mío, añádele  que en poco la muerte de mi padre suceda.
-Mi bella Dafne, lamento muchísimo oír tales noticias sobre la salud de su padre, pero te lo aseguro por mi vida y ante los oídos de Dios si ahora me está oyendo, si os casáis con don Mauro, juro que le mataré.
-No digas tonterías, Hernán y mucho menos menciones el nombre de Dios para hacer tal promesa como esa. Te cortarían el pescuezo nada más se enteren que mataste al heredero de las tierras de mi familia, recuerda que en este mundo no eres nadie, antes prefiero que me ahorquen a mí, o fugarme contigo y que nos vayamos a esos carnavales de Cádiz de los que tanto me hablaste, conocer tu tierra y su mar.
-Mi preciosa flor, nunca permitiría que una soga rozara tu delicado cuello.- dijo acariciando la aterciopelada piel de Dafne que se estremeció ante el tacto de Hernán.- Y créeme si te digo que nada me haría más feliz que irme contigo a mi tierra, fugarnos, pero no tengo ni el dinero ni la forma de darte la vida que te mereces.
-Cállate, no infravalores lo que siento por ti.
-No lo hago, pero yo estoy acostumbrado a la penurias, pero tú...
-Yo nada, mi amor por ti me es suficiente como para ser feliz, me desprendo de la vida lujosa, sólo quiero amarte a ti. - y dicho eso Dafne volvió a unir sus labios a los de él, manteniendo la pasión desde el primer segundo, era magia lo que sentía ante aquel roce, ella posaba sus manos sobre su pecho fibrado mientras que los brazos de él la rodeaban por la cintura que a pesar de las ropas, Dafne podía sentir la aspereza de sus manos.

- Oh Dafne. - se lamentó él cuando la veía alejarse. - Perdóname ante lo que voy a hacer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario