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domingo, 24 de enero de 2016

La velada #1



La elegante cena en aquel palacio majestuoso, el murmullo de todas esas personas perfectamente arregladas comentando cosas que no se dudaría ni por un momento que sería de dinero, porque pensarlo bien.
Unas personas como esas ¿de que podrían hablar? ¿De cultura? ¿De educación?
Claro que no.
Aunque las mujeres, quizás y sólo quizás, si que podrían estar hablando de otros temas, pero no os emocionéis, que como mucho, estarían criticando a la que falto o la que estaba en la otra esquina de la sala.
La cumbre de la sociedad, aquellas personas que se podría decir que gobernaban el mundo de manera discreta como si el resto de personas se tratase de títeres con hilos transparentes, personas que piensan que tienen las riendas de su vida, pero en la gran y cruda realidad están siendo manipulados.
Pero ¿que hacer cuando eres la nueva en todo este mundo?
Su nuevo libro la habia llevado a lo más alto, o por lo menos lo suficientemente alto como para haber sido invitada en Montecarlo, en una de las casas de los empresarios más influyentes del sistema capitalista. Una casa de tres plantas, añadiendo un sótano utilizado como casi casa de invitados y una reserva de vinos, con todos los que os podéis imaginas tanto de gama alta como de gama media, que ocupaba una planta más abajo, que sería casi igual de tamaño que el sótano, con piscina olímpica, pista de tenis, e incluso un pequeño aeropuerto para su avión privado. 
 Anaïs, nada más entrar en aquella casa, se le cortó la respiración del impacto, a pesar de sus ya 26 años y lo mucho que había viajado viendo de todo  estos últimos meses,  junto  los consejos de su representante justo nada más llevarla al aeropuerto: Recuerda que tienes que mostrar glamor y elegancia, es tu gran oportunidad para mostrar tu gran poderío.  Anaïs en pensar esa palabra ''poderío'' no podía evitar una pequeña risa por lo bajo, dudaba incluso de que existiera esa palabra, aunque decirle vosotros, que poderío tendría una simple escritora que tuvo suerte de que una gran agencia publicara su libro y se lo tradujese a varios idiomas haciendo que este se convirtiese en un Best Seller internacional, casi sería suerte, aunque ella no cree en la suerte cree en el trabajo duro y las ganas de triunfar en esta vida,  mantuvo en su mente esa frase cuando la gran limusina entro por las verjas electrificadas, cuando bajó del coche y vio los grandes jardines, pero falló, nada más pasar por aquellas puertas de mármol con cristaleras a sus laterales, aquella casa merecía incluso una palabra o frase malsonante o vulgar como un joder, me cago en la ostia e incluso me cago en Dios, se avergonzaba ella misma de aquella frase, a pesar de vivir en la zona baja, tuvo una educación de toda una señorita de clase alta, como comportarse en la mesa, como hablar, como bailar e incluso como pensar, aunque gracias a su cabezonería e intriga consiguió estar donde estaba ahora, pero lo anterior que le enseñaron, le será muy útil en esta ocasión, porque nunca esta demás  tener conocimientos de todo.
Si observaba a su alrededor, podía mirar a las diferentes personas que se encontraba en el gran salón, hombre mayores acompañados de alguna mujer joven que les haga sentir mejor por las noches, aunque seguramente serían relaciones de puro sexo y apenas hablar, mujeres arrugadas mostrando sus valiosas joyas como única muestra de su poder, era como si la mujer que más joyas tuviese más estima, mientras que la pobre Anaïs, de sus orejas colgaban unos pendientes de aros plateados que parecían de plata pero que no, y aquel collar que su abuela le habia dado antes de marchar, que consistía en una cadena fina de oro en el cual colgaba una pequeña esfera que si se abría por la mitad le mostraba una pequeña foto de su familia para cuando le tocase viajar lejos jamás les olvidase, también habia hombres snob  con gafas cuadradas de pasta mostrando algún aparato de alta tecnología y fardando de ello como si fuera lo más.  
Anaïs camina por la sala pasando por diferentes grupos escuchando a lo lejos las conversaciones, por si en algún casual algunos de los temas tema le llamase la atención, y así hacer que aquella velada resultase menos somnolienta, pero fuese donde fuese, ningún tema le atraía lo suficiente, y es que hablar de dinero y de lo guay que eres, siempre resulta aburrido.
Ya cansada por aquellos tacones de aguja color rojo pasión de 10 cm, Anaïs decide que es mejor sentarse en uno de los sillones en solitario, por lo menos dejaría de hacer sufrir a sus pies.
-Ya lo dijo Napoleón Bonaparte, cuando se popularizó en Francia la técnica del "sableado", es decir, abrir el cuello de la botella de champagne con el sable, con un movimiento rápido y elegante. “Después de la victoria uno merece un champagne, después de la derrota, uno lo necesita”.- Anaïs se sorprendió por la voz repentina, dando así un pequeño salto en el asiento, cuando giró la cabeza se encontró  a un hombre de su misma edad, con pantalones negros, junto una americana color azul oscura abierta dejando ver la camisa blanca y la corbata que le acompañaba, él hombre la miraba con una sonrisa en los labios, labios gruesos acompañado con algunas arrugas o marcas de expresión, pelo castaño sin fijar, es decir al natural, con unos ojos color marrón, o quizás la comparación perfecta sería, ojos como los de un ciervo fuerte que imponía respeto, con dos copas de Champagne una de ellas dirigida hacia ella, que con una sonrisa y un gesto de cabeza acepto con gusto.
-Muchas gracias, creo que es muy necesaria esta copa.
-Estoy de acuerdo, he estado en muchas veladas, pero ninguna similar a esta en el aspecto de aburrida, poner un poco de Rock jamás viene mal.
-Estoy de acuerdo, pero yo no veo a esta gente siguiendo el ritmo de Nirvana o si hablamos de grupos españoles bailando quizás al Mago de Oz. -la sonrisa de ella era extensa, haciendo que sus labios se estirasen y junto a ellos el pintalabios rojo intenso como el de sus tacones, con un par de frases aquel muchacho ya le habia llamado la atención y tenía pinta de que quizás la velada pudiese mejorar aunque fuese un poquito más.
-Ahora, señorita si me lo permite ¿qué hace aquí tan sola? Y con su temprana edad ¿en  una cena de estas?- pregunto el hombre con curiosidad, Anaïs sonrió divertida, podría engañarle y hacer un pequeño juego, algo sin maldad y que seguramente él captaría al vuelo.
-Pues mire caballero, pertenezco a una sede mafiosa Italiana, vengo aquí por negocios, no sé si me entiende.
-Por supuesto que sí señorita, le preguntaría más sobre su oficio, pero tengo la sensación de que acabaría muerto.- él le guiña un ojo y ella suelta una carcajada divertida sin rastro de coqueteo que llama la atención de algunos camareros, seguramente por oír la risa despreocupada de una persona joven y no una risotada falsa de aquellas mujeres.
-Veo que está bien enseñado.- ella le devuelve el guiño mientras da un sorbo al champagne, embriagándose del sabor amargo de este.- Mmmm BELLE EPOQUE DE PERRIER.- pronunció ella a la perfección.- es perfecto ¿dónde lo ha encontrado? que yo haya podido ver en los largos paseos que he dado en ningún momento visualice uno de estos.
-Impresionante.- susurra para él mismo.- ¿sabe qué?
-¿Sí?- dijo ella con curiosidad
-Le diría encantado donde se encuentra esta delicia de licor, pero... eso quizás supondría que nuestra conversación finalizase, y se marchase por su cuenta a por él, entonces me tocaría observarla desde lejos pensando cualquier escusa para acercarme a usted y así volver a oír su cantarina voz.- acercó uno de los sillones para ponerlo  cerca de la muchacha, observándola mientras hablaba, viendo como la sonrisa de ella crecía a cada palabra que él formulaba, y es que se sentía alagada.
-Entonces ¿no me lo dirá?
-Rotundamente no, cuando quieras, avísame y yo lo traeré  solo para ti.
-Entonces no tendré más remedio que mantenerlo cerca mío, para que así nunca me falte champagne.- ambos ríen divertidos, él por su parte, jamás hubiese imaginado a una muchacha así en un lugar como aquel y no porque no encajase, si no por su juventud, aquellos sitios de cenas, solo iba gente con dinero e influyente y normalmente la gente joven no tiene esa suerte, se fija en sus hombros descubiertos con su piel morena, se le marcan los huesos de la clavícula, dándole la sensación de ser demasiado delgada, pero cuando la veías de pie podías observar cada una de sus curvas que se balanceaban por cada paso que daba y es que él le había echado el ojo desde que entró a la gran casa, con un lunar en la zona de la barbilla y una trenza de espiga que recogía su pelo negro haciéndole parecer aun más joven, sentía curiosidad por la chica, demasiada curiosidad, pero si lo pensaba mejor, preguntar no serviría de nada, ya que en su anterior intento de saber la razón por la cual la chica estaba en esa velada, acabó siendo una respuesta de evasión por parte de ella.

Conectar con una persona suele ser complicado, y cuando lo hacemos sentimos una especie de choque en nuestro interior, algo que nos dice es ella o él y luego esta otra parte que te dice un sutil la vas a cagar. Después de mucho hablar, ambos se habían dado cuenta de que solo ellos se entendían en aquella casa, durante la cena, al estar todo reunidos en la mesa, el anfitrión, sin decir el nombre de ella, le pregunto por el avance de su libro, a  lo que ella respondió un simple y seco Bien, su intención no iba a la bordaría, pero con aquel hombre en especial, esa pregunta podría ser formulada al menos unas 10 veces al día, y ella no tenía nada nuevo que contarle, Anaïs por su parte descubrió que el hombre con el cual habia estado hablando durante todo aquel tiempo se llamaba Rodrigo, el cual si mantuvo una conversación larga con el anfitrión, que de vez en cuando soltaba un cuanto me alegro de tener gente joven en la mesa. A lo que la pareja joven respondió con una sonrisa, durante la cena también se encontró conflicto, en el que acabo con algún plato roto por la tensión del momento y en la que Rodrigo estaba incluido. Peleón, ese adjetivo se le paso varias meses por la mente de Anaïs, la cual solo observaba aquel nido de gallinas, por suerte la cena transcurrió en adelante tranquila, solo por un pequeño detalle.
¿Alcanzáis a adivinarlo?
Miradas furtivas entre Anaïs y Rodrigo, quienes se observaban casi de manera inconsciente, ambos notaban la mirada del otro, pero ninguno la subía para que conectaran, aquello era muy raro, muy confuso, ambos los sabían, o por lo menos lo sospechaban, aquello era grande, mágico y magnético.
Pero la cena es muy larga, y todo puede pasar, los roces son tontos, están los roces de piel con piel que pueden hacer que un escalofrío recorra tu medula espinal o los roces de personalidad, que pueden haceros eclosionar, pero entre ellos dos ¿qué clases de roces habrán?

domingo, 3 de enero de 2016

Encerrada



El rugir del motor del coche en mitad de una noche cubierta por nubes grises en medio del cielo oscuro, aunque no se podría decir con exactitud si aquel cielo oscuro, era su color habitual o nubes aun más lúgubres que lo cubrían, pero se podía ver con claridad, que aquel cielo estaba diferente, no habia estrellas, y no penséis que es por la contaminación presente en el mundo,  al parecer las estrellas se habían  apagado como si fueran bombillas fundidas, la luna no se encontraba, o estaba escondida, o no quiere brillar en medio de la noche, luna caprichosa.
El interior del coche en completo  silencio, solo el motor de este  como sonido, la vieja radio no funcionaba  por la falta de señal, es lo que tiene estar en medio de la nada, se puede notar si se presta atención, como el viento impacta contra el coche, pero ella, en su interior se encuentra protegida.
Intenta dormir cerrando sus ojos, pero no quiere abandonar al piloto, choca sus manos y las frota una con la otra para intentar calentarlas, pero decide que es mejor posarlas debajo de sus muslos, los cuales también se encuentran fríos a pesar de estar cubiertos por la tela de sus pantalones vaqueros. Reclinando la cabeza hacia atrás apoyándola en el respaldo, gira ligeramente la cabeza hacia la derecha para mirar la noche a través de la ventana, se hace tentador en su cabeza abrir la puerta y dejarse caer hacia el exterior, no os confundáis, no es por deseo de morir, si no por deseo  de escapar,  tal vez sobreviviría a la caída a pesar de la velocidad que lleva el coche y si lo hiciera, seguramente la llevarían al psicólogo por hacer tal locura como dejarse caer de un coche en marcha.
¿Tan raro es querer salir?
Cierra los ojos imaginando el momento, al igual que haría si se dejase caer, su cuerpo contra el duro asfalto de la carretera, sus oídos pitando por el viento, algún ''crack'' por algún  que otro hueso roto por culpa del impacto.
Psicópata la llamarían si dijese aquello en voz alta.
Abre los ojos, roza despacio el manillar, o pomo, o el objeto de metal que sirve para abrir la puerta, como prefiráis llamarlo, sonríe inconscientemente.
 ¿Y si lo hace?
 Gira la cabeza hacia el piloto concentrado, con su vista fijada  en la solitaria carretera, que al notar la mirada de la chica sobre él, la sonríe al igual que lo está haciendo ella, pero sin saber la locura que está pasando por la mente de la chica.
-¿Cómo vas?- dijo con tono tranquilo,  mirándola de reojo y volviendo su mirada a la carretera casi al segundo.
-Bien.-  se limito a decir con apenas un susurro, por el tiempo que estuvo sin hablar, su voz sonó con un pequeño gallo a pesar de que habia dicho solo una palabra, ella volvió su vista al frente, no quería hablar a pesar de mantenerse despierta y querer hacer compañía al conductor y al parecer el conductor tampoco quería, ya que no continuo la conversación, mejor. Miró las manos del piloto aferradas al volante con fuerza, ella podría acercar la mano con disimulo  y con solo un mínimo movimiento, cambiar el sentido del camino y chocarse o salirse de la carretera, pero no debía, no iba sola en aquel coche negro, no podía arriesgar la vida de sus acompañantes también, no era nadie para decidir si arrebatar la vida del resto.
En su mente surgía una simple pregunta, pero con sentido, algo que no lograba entender del todo, algo que la mantenía confusa cada vez que pensaba en aquellas acciones que podían ir en contra de su vida.
¿De dónde salían aquellos deseos?
Si fuese ella sola ¿sería capaz? sólo sería un ligero movimiento, en una carretera desierta, a una velocidad alta, sin peligro de hacer daño a otras personas, sin testigos, un accidente limpio en el cual ella sería la única víctima y en el cual sería muy posible que acabase sobreviviendo, pero ¿y si no? ¿Por qué sonríe al pensar que tal vez no sobreviviría?
Divisó las montañas, a pesar de ser noche cerrada y oscura, podías ver las sombras oscuras que formaban las montañas o por lo menos su silueta, se imaginó andando en solitario por aquel campo de trigo en medio de la noche, quizás sería un tanto macabro y siniestro, y seguramente cuando estuviese en ello sentiría el miedo que le habían inducido todas aquellas películas de miedo pensando que podría salirle cualquier tipo de monstruo, pero sería interesante oír el mínimo ruido a su alrededor a su paso o quizás llevarse su música con ella, poniéndola al máximo y dejarse inundar por esta, andar hasta quedarse exhausta, hasta que no tuviese más remedio que desplomarse sobre el suelo para descansar, con la respiración agitada y el dolor de pies como si se tratase de martillazos en estos por el esfuerzo de andar tanto, rodeada de aquellas plantas secas, con bichos a su alrededor, aunque ese último pensamiento la hizo estremecerse.
No le gustaban los bichos, le parecían realmente repulsivos.
El coche siguió avanzando, quedaba cada vez menos para llegar a su casa, el paisaje cambió al igual que el tiempo, ya no era un campo de trigo, era un bosque espeso, de árboles altos y robustos, unidos con la pequeña lluvia que acababa de comenzar y su pensamiento, su mente, sus deseos oscuros e internos, querían que ella se perdiese en aquel bosque de arboles altos bajo la lluvia, calarse entera notando como su ropa empezaba a pegarse a su cuerpo, contar los pasos, uno a uno, bajo el cielo sin estrellas, dar vueltas sobre sí misma con una sonrisa en los labios sin motivo aparente, sólo porque ella quiere, sin miradas curiosas cuestionando si estaba cuerda, notando libertad, la libertad de perderse en un lugar desconocido, de pensar en las múltiples cosas de la soledad, de sentir como todo su cuerpo conecta con lo que tiene a su alrededor y otra vez, ahí estaba, el dichoso miedo.
¿Y si se encontraba un lobo?
Ella no era Caperucita como para que un cazador la salvase en medio de la noche, sólo era una chica perdida, una chica encerrada en un coche en medio de la noche camino de su casa.
Algún día escaparía, sería libre de la cárcel que poseían sus deseos, saldría afuera, se dejaría caer, andaría sola o se perdería por el bosque a pesar de que todo aquello suponía el atentar contra su vida, pero por ahora, estaba encerrada, encerrada en el coche negro, sin escapatoria.