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viernes, 7 de diciembre de 2018

"Tolerancia"

La tolerancia no es un escudo.

Empiezo así porque creo que hoy en día la palabra tolerancia está siendo denigrada hasta el punto, te carecer de sentido.

La libertad de expresión, no es una justificación para que faltes el respeto.

Los ideales, están sobre valorados hoy en día. Se usan para hacer daño, para la creencia de superioridad cuando, lo siento, no es así.

Sólo diré una cosa, o varias conociéndome.

Tolerancia, esa palabra tan empleada por muchos en estos días. Tolerancia se tiene a un pensamiento diferente al tuyo, a una opinión. Pero nunca, nunca se tendrá tolerancia a una idea, pensamiento u opinión que vaya en contra de los derechos humanos. Nunca se tendrá tolerancia al pensamiento de denigrar a otra persona para que tú estés arriba.

Deja vivir. Mira por ti. Explícame la influencia que tiene sobre ti, el matrimonio del de al lado, ¿qué más da con quién se case? ¿Qué más dará el número de hijos? ¿Qué más dará su religión?

¿Te explico lo que no da igual? Los extremos.
Por los extremos es por lo que el mundo se lleva pegando desde su creación. Yo soy A tú eres Z. Yo soy Z y tú eres A. Y como no podemos convivir porque yo llevo razón y tú no, peguemonos hasta demostrar quién es mejor.
Yo soy azul, tú eres rojo, mereces morir. Yo soy rojo, tú eres azul, mereces morir. O no ya morir, si no encerrado.

No llevas razón. No llevo razón.

Te estás cegando. Te estás cerrando.

No te ocultes en la palabra Tolerancia por denigrar. La Tierra no es tuya y mucho menos mía. Lo único que te pertenece es tu vida y te dedicas a tirar piedras al tejado del de al lado.

Mírate.
¿Eso quieres ser?
¿Así quieres vivir?
¿Haciendo daño? ¿Limitando?

Sé que si no se lucha, no se gana.
Pero, ¿merece la pena luchar haciendo daño? ¿Qué te queda? ¿Y la humanidad? ¿Y la Empatia? ¿Dónde están? ¿Dónde quedan en el mundo?

No soy roja. No soy azul. No soy A, ni Z. No soy nada, bueno sí.
Soy humana, soy persona. Soy racional. Soy yo. Yo y mis vivencias, yo contemplando como nos perdemos como humanos bajo la sombra corrompida, de la tolerancia y libertad de expresión.

Estáis corrompiendo la libertad, una de las palabras más bonitas del diccionario.

Siempre lo diré, ningún extremo es bueno. Nunca lo fue, la historia lo grita. Caigamos en los errores del pasado.

De todas formas, es libertad de expresión, ¿no?

viernes, 16 de noviembre de 2018

16 de Noviembre.


Había una vez cierta tarde de noviembre...
¿O era diciembre?
No lo recuerdo. Hace años que pasó. Yo tendría...  Tampoco lo recuerdo, aunque si lo hiciera recordaría el año en que sucedió. Si recuerdo el día. 16; una tarde fría, la soledad de la cafetería y el viento colándose por la puerta estropeada de la entrada. No nevaba y el otoño se había retrasado tanto que aún caían hojas de los árboles. Por eso creo, que era noviembre.

Su cara no la recuerdo, pero me encuentro en la misma cafetería. Rutina anual. Todo ha envejecido, las mesas de madera están tan picoteadas de los nombres escritos, que casi todas tienen agujeros. Los cristales empañados, y a pesar de eso, tan sucios que era imposible mirar a la calle. Las luces intermitentes; el local necesita una reforma definitivamente.

Un café caliente entre mis manos, o eso creo al tocarlo, aunque cuando mis labios lo rozan está tan frío como si bebieras nieve sabor a café. Nunca entenderé esta rutina anual. No recuerdo ni cuando la inicié. Y sigo sin recordarle a él.
Noto la mirada de la camarera sobre mí, comprensible al ser la única clienta del local; me extraña que por su avanzada edad que pudiera reconocer mi figura. Vuelvo mi vista al café. Sigue frío aunque cuando toco la taza, está ardiendo. Cierro los ojos junto a una bocanada de aire dejando que me embriague el olor malo de café. Un reencuentro sería bonito, que su voz me despertará, pero en su lugar, lo hace una voz anciana aún más fría que el café que estoy consumiendo.
-¿Quieres algo más? - abro mis ojos encontrándome con los ojos cansados y llenos de arrugas de la señora.
- No, gracias. - dicho esto, la veo alejándose dirección a la puerta mientra veo, como se quita el cigarro de la oreja y se lo pone entre los labios y una vez la puerta abierta, lo enciende precipitándose a la calle y perdiéndose de mi vista.
Me he quedado sola.

Hace años, recuerdo la gente. No mucha, pero había gente y por lo menos la calefacción, funcionaba. Me refugio en mi abrigo sintiendo el poco calor que me puede proporcionar. Escucho un trueno y acto seguido la lluvia chocando contra el cristal. Me sobresalto al escuchar el segundo trueno seguido con el golpe de la puerta.
Gabardina negra hasta las rodillas. Sombrero negro con una cinta blanca. Botas. Con prisas se dirige a la barra, se resigna al no ver a nadie. Golpea la barra y me vuelvo a sobresaltar, haciendo que así, se fije en mi existencia en el local.
-Disculpe.- se excusa mientras se quita el sombrero, agacho la cabeza y niego.
-No pasa nada. - levanto la mirada, su pelo es negro con alguna cana y su piel tostada, mandíbula perfilada y ojos grandes, las cejas acompañan al pelo. Fornido y alto. Nervioso. Sus ojos vuelven a mí y la vergüenza me obliga a apartar los míos. Noto como el aire se me escapa y me obligo a beber de la taza fría para intentar disimular. Me está mirando, y es fácil de notar cuando solo estamos dos en una cafetería. Miro de reojo, sigue nervioso, ya no me mira. Imagino que estará buscando a la señora, señora que por cierto se debió de perder en la profundidad de la tormenta voraz.
El local está sin nadie que lo proteja y eso no me gusta, odiaria que le pasara algo al local. Es mi rutina anual.
-¿Me puedo sentar?
-Por supuesto. - se quita la gabardina y junto al sombrero, lo deja en una silla aparte, se sienta en frente y me observa; me pregunto si me observará como yo a él.
-¿Sabes de algún dueño, o empleado de esta cafetería? Necesito a uno de esos con urgencia.
-Lo siento, creo que la única que se hace cargo de todo esto, está fuera fumando. O quizás la tormenta se la haya comido.- río por lo bajo, y el curva sus labios hacia arriba mostrando sus dientes, el silencio se establece entre nosotros, quizás dije una estupidez, el humor no es lo mío, miro otra vez mi taza de café, helada. Bebo un sorbo y me lo alejo con una mueca de asco.
-No tiene pinta de estar muy bueno...
-Realmente no lo está, pero este lugar tiene la magia para hacer que la taza arda pero que el interior esté helado.
-Es curioso.- susurró él mientras unía sus manos.
-¿El qué? ¿Qué la taza arda y el café esté helado?
-No, que a la señora se la hubiera tragado la tormenta.- No puedo evitar reírme ante el comentario. El silencio se implanta de nuevo, pero esta vez mirarle a los ojos no es incómodo. Me veo reflejada en sus ojos, brillan.
-¿Qué viniste a hacer aquí? Hay muchas cafeterías por la zona y mejores que esta.
-Lo mismo podría preguntarte a ti.
-Lo siento, no quería sonar cotilla de más aunque la curiosidad me mate.
-No se preocupe. En parte es lógico. Aunque si le cuento mis razones, usted deberá contar las suyas.
-Lo veo como un trato razonable. Para mí, esto es una rutina anual.
-¿Rutina anual?
-Vengo todos los años este mismo día. Me siento en este sitio, pido un café y espero.
-¿Y a qué espera? - sus ojos brillan más por la intriga. Me permito perderme en ellos 10 segundos antes de contestar.
-Más bien, a quién espero.
-¿Y a quién espera? - aparto la mirada abrumada, realmente la duda me recorre el cuerpo como sudor frío y sin darme cuenta, mi brazo derecho empieza a temblar, pero lo escondo con disimulo.
-Realmente, no lo sé. Creo que es un amor imposible u olvidado.
-Sí fuera olvidado, no volvería y si fuera imposible, no tendría un recuerdo tan intenso del lugar, ¿no cree?
-Entonces, déjelo es un amor verdadero. No recuerdo su voz. Ni su cara. Y mucho menos su olor sumado a sus gestos y particularidades. Pero el sentimiento de intensidad lo sigo teniendo dentro. - mira hacia abajo con mi ceño fruncido y con mi mano derecha la dirijo hacia el pecho. - lo siento en el corazón. Y en mi estómago, un retortijon hacia un recuerdo difuminado. No distingo en mis recuerdos que es real y qué no. Pero el sentimiento sigue, curioso, ¿no cree?
-Admirable.
-¿Disculpe?
-Admirable la supervivencia del sentimiento al tiempo. La imaginación idealizando un momento, confundiendo con lo que realmente pasó. Quizás usted no recuerde ni el 90% de lo ocurrido y aún así, ese recuerdo perdura en su mente con forma de sentimiento. De amor perdido, ¿le duele?
-Sólo cuando comienza noviembre.
-¿Y cuando es insufrible?
-El 16. El 16 de noviembre. - vino a mi mente como un balde de agua fría, volvió a mi mente y poco a poco con los ojos fijado al caballero que tenía delante, mi amor perdido empezó a coger forma.
-¿Y usted que vino a hacer aquí? - pregunté en apenas un susurro.
-También vine a esperar una persona. - el silencio volvió a nosotros, su mirada me intimidaba, pero no me asustaba para apartar la mía, era intenso, su respiración era irregular y sin darme cuenta del tic tac del tiempo, dejé que las agujas del reloj se mvoieran sin importarme quien tenía en frente, el lugar dónde estaba e incluso, la razón. Vi como entre abrió sus labios un par de veces para decir algo. Pero en seguida los unía para silenciarlos. Quería saber que me iba a decir. Qué pasaba por su mente.
La señora volvió a entrar, apartamos la mirada del otro para dirigirla hacia la camarera, farfullando volvió a su puesto y yo me empecé a sentir vacía al no tener la atención del hombre que tenía delante.
-¿Cuál es tu nombre?
-Marina. - dije en otro susurro.
-Marina, espero que encuentres a quien tanto tiempo llevas buscando. - dicho esto, se levantó colocándose su gabardina y sombrero , beso mi mano mirándome a los ojos; un escalofrío me recorrió entera y se dirigió a la barra con paso agresivo y sacando una pistola de su gabardina. Mi respiración de cortó y mis oídos empezaron a pitar al primer disparo. La mujer calló al suelo y un río de sangre salía por debajo de la barra.
Cogió todo el dinero y salió por la puerta, no sin antes  conectar sus ojos a los míos dedicándome una pequeña sonrisa y articulando algo que por el pitido de mis oídos no logré entender.
Y entonces, me di cuenta que sus ojos no eran los de él. Los ojos que me estaban mirando eran verdes, mientras que los de mi recuerdo; negros.
Con odio y furia, me percaté de que me había robado el último recuerdo unido a la esperanza que me quedaba.

lunes, 27 de agosto de 2018

Dafne.


El olor de los olivos invadía sus fosas nasales, andar entre ellos se había vuelto una rutina necesaria hiciese el tiempo que hiciese, le servía para desconectar del aturdimiento de los días, y hoy más que nunca lo necesitaba. A cada paso que daba notaba las pequeñas ramas de los olivos incrustándose en las plantas de sus pies, una forma aliviadora de sentir que estaba viva a pesar de que pronto la iban a ahogar.
Sé sentó en las raíces de un gran olivar, apoyando la espalda en el raudo tronco y permitiéndose subirse la falda hasta los muslos para que el sol tostara su pálida piel aprovechando que estaba en una aliviadora soledad. Sus dedos índice y corazón fueron de manera instintiva al anillo del dedo anular de la mano izquierda, un anillo de compromiso que comparaba con unas férreas esposas, y ante esa comparación surgió un pensamiento.
"Soy una delincuente atrapada en la condena del matrimonio concertado."
Se soltó el pelo recogido en una trenza de espiga, una catarata rubia caía sobre su hombro derecho y dejó que la suave brisa del campo combinado a los rayos del sol acariciase su cuello y clavícula.
Ya no volvería a ser libre.
Y otra vez se estremeció, aquel matrimonio era para salvar sus tierras, sus olivos, como hija única y con la ausencia de hermano varón, Dafne se dio cuenta de que ante la salud inestable de su padre, su vida estaba condenada y en breve quedaría huérfana. Pero su padre, el que tanto la protegió de hombres y desdichas, se moría y no dudo ni un momento en que debía ligar a su hija a algún buen hombre que la pudiera cuidar y consentir como él había hecho. Mauro Lang era su mejor candidato, un extranjero venido de Inglaterra, deseoso de conseguir tierras españolas, trabajarlas y sobre todo, casarse. En cuanto se entero de la situación de la familia Estefan, no dudo ni un segundo en plantarse en la puerta y negociar, las tierras llenas de olivares y parras le sedujeron, pero en cuanto vio los ojos verdes de Dafne, supo que ese era su destino, esas sus tierras y aquella mujer, su esposa.
Mauro con toda la educación de un señor inglés, logró camelarse al viejo Eugenio y este no dudo en entregarle sus tierras y su hija una vez que se hubiera muerto. Los cortejos por parte de don Mauro aburrían a Dafne, ella que tenía la cabeza en las nubes a sus 22 años, que soñaba con ponerse pantalones, montar a caballo como un caballero y enamorarse de alma y cuerpo como los libros que su madre le leía y que tras su muerte, ella misma había buscado, releído y encontrando unos nuevos para alimentar a su inocente mente de historias de amor y viajes mágicos a lo más profundo de la selva o lo más caluroso del desierto. Lugares a los que ella estaba condenada a no ir jamás.
 Ante el tacto del anillo, ella notaba que le quemaba, sería oro del mejor calibre, pero ese anillo no debía estar en su dedo, echó la cabeza  hacia atrás resoplando y con los ojos cerrados.
-Padre, usted no nota cuan desdicha está poniendo sobre mi espalda, cuan tortura está sufriendo mi corazón ante el matrimonio con un hombre que no amo. Y me quejo de vicio pues don Mauro es todo lo que una dama desea, es atento y cariñoso hasta llegar al punto de empalagoso, escogisteis al mejor hombre para poder mantenerme, con el que debería conformarme, pero... Oh dios mío Padre, no le amo y nunca le amaré pues mi corazón no se acelera cuando le miro a los ojos, pues no me conquista con sus halagos, y anhelo sentir lo que sentía madre cuando llegabais a casa, esas carreras que se daba para ir a su encuentro después de un duro día de trabajo entre los olivos cuando su salud todavía era sana como la de un corcel, deseo tener esa ternura con la que le abrazaba y en las comidas y cenas, ese amor para contentar a su avaricioso estómago. En cambio yo no deseo cocinar a Mauro. No quiero correr a su encuentro y muchas veces, cuando me abraza deseo que se aleje de mí, ¡es insoportable esa agonía de no amar a quien debe ser amado!
Dafne notó un riachuelo de lágrimas que caían por sus mejillas rosadas por el calor de Mayo. Se llevó una mano a sus labios para callar su llanto y otra a su pecho menudo para intentar que el dolor de su corazón menguara aunque sabía que eso era imposible, habían pasado dos semanas desde que su matrimonio había sido fijado y formalizado, la tensión se le acumulaba, su mayor miedo era estar frente al altar, ante los ojos de Dios y quedarse en blanco, pues si decía que sí mentiría a Dios al decir querer tener a ese caballero como esposo y si decía que no, don Mauro Lang la echaría de sus tierras y quedaría repudiada de todo derecho, no tendría hogar, ni libros, ni comida, sería tratada como una fulana e ignorada por la sociedad, pero ¿todo aquello merecía la pena? ¿Merecía la pena rechazar la felicidad por un matrimonio sin amor?
-Señorita, ¿se encuentra bien? - Dafne se sorprendió por la voz, teniendo como acto reflejo bajarse la falda con una mano y secarse el rostro con la otra, a saber quién sería y qué pensaría de una señorita cómo ella si la veía llorar y con la falda subida.
-Sí. - dijo levantándose con torpeza apoyándose en el tronco del olivo y rezando mentalmente que no fuese nadie que la conociera, no sabía si iba a poder soportar las malas lenguas de la gente. - sólo paré un segundo a descansar de mi caminata y lloraba porque vi a un pequeño gorrión desfallecer por el calor, ya sabe, mayo vuelve a la gente más sensible de lo normal.
-¿Está segura? ¿Quiere mi pañuelo para secarse las lágrimas? Un rostro cómo el suyo no debería de tener tal surco de lágrimas. - Dafne no pudo evitar que sus mejillas tomaran un tono rosado más intenso que el del sofocón del calor, el muchacho le ofreció un pañuelo sucio de manera cortés, Dafne pudo fijarse más en él, su cabezo era negro azabache acompañado de unos rizos alborotados llenos de arena por el campo, su piel estaba tostada por el sol, de las horas que pasaba en él trabajando, su cara era delgada y definida en una mandíbula que la podías recorrer con los dedos sin ningún tipo de dificultad y seguir su trazo a la perfección, una nariz gruesa y unos ojos marrones cual grano de café acompañados de unas cejas gruesas y oscuras. Dafne tomó el pañuelo con delicadeza y se lo pasó por una de las mejillas para secar la marca de las lágrimas, luego con la misma dulzura, se lo devolvió.
-Muchas gracias.

Dafne no pudo evitar pensar durante toda la cena en los ojos de aquel joven que le habían calado desde lo más profundo de su ser, mientras que Mauro no paraba de hablar con su marcado acento inglés, reía con don Eugenio de las ocurrencias de los campesinos, a pesar de que don Eugenio nunca fue clasista, desde que se empezó a juntar con don Mauro se reían de las miserias ajenas de la gente de clase baja y por suerte para ambos, los oídos de Dafne se encontraban taponados ante el recuerdo del sonido de la voz de su mozo tostado al sol.
-Dafne, querida ¿estás en este planeta? - dijo don Eugenio con cierto tono guasón al ver los ojos perdidos de su hija.
-Sí, padre. - dijo ella de manera apresurada y volviendo sus ojos a su sopa.
-Pues cuéntame hija, ¿qué tal se dio el día? ¿Practicaste con el piano?
-Pues... - dijo ella con apenas un susurro mientras removía su sopa. - Hoy no practiqué, padre.
-¿Y eso a qué se debe? ¿Tejiste?
- Tampoco.
- Oh hija mía, la curiosidad se apodera de mí, ¿qué estuviste haciendo? ¿Puede que sea lo que mantiene a tu mente ausente?
- No hice nada especial, padre. Aproveché para salir a pasear, ya sabe usted lo mucho que amo hacerlo.
- ¿Sólo pasear? - interrumpió don Mauro. - Mi querida Dafne, me parece que desaprovechas tu tiempo, deberías estar concentrada en ser una mujer de provecho.
- ¿Una mujer de provecho? - preguntó Dafne con cierto hastío.
- Lo que oyes, amada mía. Pronto serás una mujer importante, no debes perder tu tiempo en paseos innecesarios y malgastando tus pensamientos en a saber qué. Sinceramente querida, deberías concentrarte en la boda y en pensar en nuestro futuro legado.
- Disculpe don Mauro, pero creo que por ahora, puedo malgastar mi tiempo como usted dice en lo que yo crea oportuno ya que para eso es mi tiempo y mi mente, y todavía no soy su esposa como para que me ordene qué debo hacer y qué no.
- Usted lo dijo, señorita. Todavía no es mi esposa, pero cuando lo sea, le aseguro que esos paseos se acabarán, ya que espero con ansias que se quede en cinta cuanto antes y entonces no tendrá tiempo en pensar en esas bobadas.
- Venga, jóvenes. - dijo don Eugenio intentando poner paz, con sólo ver la mueca que puso su hija con los labios, ya sabía que vendría tormenta si no paraba aquella conversación. -Calmad vuestro carácter hijos míos, cuando estéis casados y yo muerto ya tendréis tiempo para discusiones, por ahora disfruten el tiempo juntos, ¿hace cuanto no van a tomar café o chocolate a la ciudad? Disfrutaos mutuamente.

Tocaron a la puerta, y don Eugenio tras decir adelante con su ceño fruncido por la interrupción del momento a tales horas de la noche, suavizó su rostro tras ver atravesar la puerta a su bella hija Dafne, se fijó en sus suaves gestos, en como cerraba con cuidado la gran puerta de madera, sin separar sus manos del mango hasta que estuvo totalmente cerrada para hacer el mínimo ruido posible, su largo pelo caía sobre su espalda como una cascada de oro, lo llevaba suelto a pesar del calor, y don Eugenio supuso que sería por la ausencia de sueño, o porque la mente de su hija al igual que en la cena, estaba en otra parte y acertó, ya que Dafne tenía los ojos verdes volando a todos lados de la habitación, recorriendo cada esquina cómo si fuera la primera vez que entraba al estudio de su padre y una palidez particular en ella cada vez que pensaba en algo que podría enojar a su padre.
-¿A qué se debe está visita, mi pequeña luz? - observó las manos de Dafne, sus menudas manos, sus dedos no paraban de acariciar el anillo de oro que ese forastero inglés le había regalado a su hija como promesa de futuro matrimonio.
-¿Es por el matrimonio con don Mauro? - ante el silencio de su hija, don Eugenio supo que había acertado. - Oh hija mía, no te quedes compungida, os irá bien y serás feliz, pues será tuya también la casa en la que creciste, gozarás de todo lo que desees ya que ese hombre inglés te traerá manjares de su tierra y quién sabe, a lo mejor también te pida ir con él.
-No es eso padre...
- Entonces, ¿qué ronda tu mente?
- Padre, me he enamorado. - dijo Dafne con la voz entrecortada, con un nudo en el estómago y aquellas palabras rasgándole la garganta mas nunca pensó que decir una frase que involucraba tanto pudiera doler tanto.
- Oh hija mía, eso es maravilloso, sabía que al final verías lo buen hombre que es don Mauro, sabía que al final tus ojos le verían como deben y tu corazón despertaría...
- No, padre. - dijo ella interrumpiéndole. - Me enamoré de otro hombre, padre perdóneme por tal deshonra. - su manos fueron a su rostro ocultando la vergüenza del momento y para ocultar sus lágrimas ya que cómo se dijo antes, el mencionar la palabra nunca dolió tanto.
- Pero, ¿qué estás diciendo, hija mía? ¿Perdiste la cabeza?
- Sí padre, perdí la cabeza, pero por otro hombre que también me robó el corazón, sólo pienso en él, mi mente no se concentra en otra cosa y odio a don Mauro, es pretencioso y arrogante, aún no es propietario de esta tierra ni de mí y ya va pavoneándose de ello  y mandando a aquel y a cuál.
- No digas estupideces, Dafne, ¿cómo puedes odiar y  hablar así a tu futuro esposo? No puedes hacerme esto, hija mía.
- Padre, le odio y le odio y lo gritaría en lo alto del monte y lo pensaré el día que esté frente al altar, me he enamorado de otra persona y estoy dispuesta a renunciar a todo por él.
- No digas eso Dafne, ¿quién es ese muchacho que tan bien te comió la cabeza?
- Oh, padre. Es un simple mozo que trabaja la tierra con sus manos y el sudor de su frente, pero tiene un corazón tan bondadoso que no me imagino compartiendo la vida terrenal con nadie más y si no es con él, me meteré a monja.
-¡A monja dice la muchacha insensata! - dijo don Eugenio con tono burlesco. - Dafne, definitivamente perdiste la cabeza, ¿cuánto tiempo pasaste bajo el sol?
-Padre, ahórrese la burla, me estoy confesando cual pecadora, porque eso estoy haciendo, estoy pecando de amor. Traiciono a Dios. Le traicionaría si prometo amor eterno a alguien que no amo, tras tu muerte y casándome con don Mauro sólo encontraré tragedia y desdicha.
-Dafne, déjate de dramas y mantén tu mente fría, te estás dejando llevar por los deseos del corazón, vete a descansar. Hablaremos mañana y medita con la almohada si ese amor es tan puro o una simple rabieta de niña caprichosa.
Dafne volvió al olivo dónde se encontró con aquel que le hizo perder la cabeza, desde hace semanas y tras la conversación con su padre en la que no tuvo ningún fruto y el cual había empeorado gravemente en su salud, iba allí para alejarse de las insistencias de don Mauro para preparar la boda y a reunirse con su amado, por el cual cada día estaba más segura de la pureza de su amor, el cual acababa de aparecer entre los olivares, Dafne como toda muchacha enamorada, se levantó a toda prisa y corrió hacia sus brazos proporcionándole un beso en los labios.
-Oh, Hernán. Amado mío, no sabes cuan ansiosa estaba ante tu llegada. Te extraño a cada minuto que pasa y no estás a mi lado; es insufrible fingir amor por un hombre tan horripilante cómo don Mauro, el cual llegó tan caballeroso y elegante y que ahora demostró ser un despiadado dictador haciendo y deshaciendo a su gusto, destrozando la tierra y el hogar que a mis benditos padres les costó tanto crear de tierra virgen.
-Mi adorada Dafne, el recuerdo de tus ojos verdes me sirven de esperanza ante cada noche y día de trabajo, sé que cuando caiga el sol, te tendré aquí esperándome para vernos, ese maldito don Mauro… ¡Ya podría irse al infierno lluvioso del que vino y dejar a mi tan deseado anhelo con libertad! - dijo Hernán con ira en la voz, pero en seguida recordó con quién estaba y suavizó su tono para un tema más importante.- Mi Dafne, cuéntame ¿cómo está su padre?- dijo mientras la ayudaba a sentarse en las raíces del olivo.
- Ay Hernán, si usted supiera, ya ni levanta de la cama, apenas come y refunfuña ante cualquier persona que ose en molestarle, cada día sufro más en pensar que mi matrimonio con don Mauro sigue adelante porque mi querido padre no dirá ninguna palabra en contra de tal acontecimiento y aún sabiendo mis sentimientos por ti y lo mucho que sufriré en aquel matrimonio y amor mío, añádele  que en poco la muerte de mi padre suceda.
-Mi bella Dafne, lamento muchísimo oír tales noticias sobre la salud de su padre, pero te lo aseguro por mi vida y ante los oídos de Dios si ahora me está oyendo, si os casáis con don Mauro, juro que le mataré.
-No digas tonterías, Hernán y mucho menos menciones el nombre de Dios para hacer tal promesa como esa. Te cortarían el pescuezo nada más se enteren que mataste al heredero de las tierras de mi familia, recuerda que en este mundo no eres nadie, antes prefiero que me ahorquen a mí, o fugarme contigo y que nos vayamos a esos carnavales de Cádiz de los que tanto me hablaste, conocer tu tierra y su mar.
-Mi preciosa flor, nunca permitiría que una soga rozara tu delicado cuello.- dijo acariciando la aterciopelada piel de Dafne que se estremeció ante el tacto de Hernán.- Y créeme si te digo que nada me haría más feliz que irme contigo a mi tierra, fugarnos, pero no tengo ni el dinero ni la forma de darte la vida que te mereces.
-Cállate, no infravalores lo que siento por ti.
-No lo hago, pero yo estoy acostumbrado a la penurias, pero tú...
-Yo nada, mi amor por ti me es suficiente como para ser feliz, me desprendo de la vida lujosa, sólo quiero amarte a ti. - y dicho eso Dafne volvió a unir sus labios a los de él, manteniendo la pasión desde el primer segundo, era magia lo que sentía ante aquel roce, ella posaba sus manos sobre su pecho fibrado mientras que los brazos de él la rodeaban por la cintura que a pesar de las ropas, Dafne podía sentir la aspereza de sus manos.

- Oh Dafne. - se lamentó él cuando la veía alejarse. - Perdóname ante lo que voy a hacer.

sábado, 7 de julio de 2018

Ahogamiento


La piel de gallina siempre fue característica en mí, hay palabras o emociones que nunca termino de comprender y que se quedan en mi sistema nervioso con la intención de quedarse, el miedo nunca me ha gustado y aunque cueste creerlo hay gente que siente el miedo y lo disfruta e incluso, experimenta con él. Nunca lo entenderé. También odio el sentimiento de aturdimiento, no saber dónde estoy e incluso dudar quién soy, solo puedo decir que lágrimas han caído por mis ojos de manera desgarradora y muchas veces sin sentido alguno, pero tampoco voy a contar lo que se siente al entrar y salir de un quirófano, son experiencias propias y dolorosas de recordar, casi siempre, entras llorando, con angustia y sobre todo, miedo; mientras tanto al salir, tu estómago parece dado la vuelta, tu cabeza es un tiovivo que no sabe bien dónde situarse ni como sentirte y prácticamente a pesar de todas las drogas "suaves" que tienes en tu cuerpo solo estás incómodo, dolorido y asqueado por el sabor metálico de tu boca. Y así es cómo sin quererlo hice un pequeño resumen de lo que se siente al entrar y salir de un quirófano.
Sea cual sea tu estancia en el hospital, será desagradable, por desgracia lo sé  por experiencia propia. En mi caso, esto no es nuevo como ya di a entender en mi introducción a esta historia, ahora mismo la escribo desde mi estudio, en un portátil que ha reproducido todos y cada uno de mis relatos, es un escritorio de madera oscura con pequeños tallajes de espiral ,con la luz de dos velas para que mi concentración se quedé en el teclado y pantalla de mi ordenador, un moño mal hecho y…  ¿para qué mentir? con una máquina de oxígeno al lado y un pijama de lo más cuco. La maquina tiene explicación, hará dos semanas que me  detectaron un enfisema pulmonar, para los curiosos y sin vocabulario dentro del ámbito de la medicina, es una enfermedad en la que tus bronquios se hacen más viejos a una velocidad que no deberían por lo cual, impide que el oxígeno llegué a mis pulmones como debería. Una vez explicado empezaré con mi historia.
Una noche de rebeldía con mi propio cuerpo decidí acostarme sin la sonda, pensando y autoconvenciendome que lo que me estaba pasando era únicamente porque estaba acostumbrando a mi organismo a un suplemento como era el oxígeno en me de forzarlo a respirar y obtener el oxígeno necesario por si mismo, al acostarme y tumbarme fue bien, conseguí conciliar el sueño, pero al despertarme la imagen habia cambiado, en un lateral mi madre estaba agarrando mi mano, con la cabeza gacha y murmurando por lo bajo lo que suponí que estaba rezando, noté en mi nariz la sonda transmitiéndome oxigeno y un pii pii  continuo a lo que supuse que eran mis constantes vitales, me estremecí ante la confusión del momento, mi último recuerdo era en mi cama, durmiendo, solté un gruñido de dolor, la garganta la notaba seca, tan seca como mi nariz, vi a mi madre levantar a mi madre la cabeza con sus ojos como platos y acto seguido rodeándome con sus brazos, no era la primera vez que pasaba esto.
-Mi niña, estás bien.- la oí susurrar a mi oído.- ¿qué hacías sin los aerosoles?- negué con la cabeza cansada, una señal de que quería que me dejase tranquila y qué después hablaríamos aunque esperaba con ansias de que ese después nunca llegara.
-¿Qué ha pasado?- dije todavía confusa y llevándome mi brazo libre a la cabeza, me dolía demasiado en la zona derecha.
-Entraste en parada respiratoria. Otra vez.- dijo mi madre sentándose en la cama y acariciando mi frente con su cara de preocupación.- la tercerea vez en un mes, Leila.
-Uf.- suspiré resignada.- te juro que ni me he dado cuenta…
-Cariño, sabes que después tenemos qué hablar, ¿verdad?- suspiré resignada y apartándole la mirada, no quería dar explicaciones.
Adoro el silencio, pero en ese momento era lo más incómodo del mundo, mi madre ya no sabía qué hacer en el cuarto, dio vueltas sin parar y el agobio se le notaba en los ojos, yo me limitaba a estar sentada en la cama con las piernas en flor de loto siguiéndole con la mirada, sabía que mi madre quería decirme mil cosas, o más bien millones pero me salvaron los médicos con la frase: "No hay que agobiarla ya hablará."  Esa frase para una madre a flor de piel por los nervios de preocupación es lo peor del mundo, teniendo en cuenta que es la que me encontró tirada en mi cama con los ojos en blanco y la piel prácticamente morada por la falta de oxígeno, curiosamente esta vez habia resultado muchísimo más complicada y peligrosa que otras, aunque sinceramente yo  no lo sentía así. Decidieron que lo mejor sería dejarme ingresada no sabían cuanto tiempo habia estado inconsciente antes de llegar al hospital y que podría encontrarme algún daño cerebral por el tiempo que estuve sin que me llegara el oxigeno a la cabeza. Finalmente, mi madre decidió sentarse, miraba un punto fijo y en momentos como esos me encantaría saber que pasa por su mente ya sea por curiosidad o por saber cómo podría animarla.
-Leila, ¿por qué lo hiciste?- dijo con un tono calmado, pero su intento fue en vano, el nerviosismo y miedo por la respuesta se le filtraba en aquellas simple pregunta.
-Me quería poner a prueba. Sólo eso.- mi respuesta no era válida, o no le gustó, porque resopló y se volvió dirección a la ventana evitando cualquier contacto visual conmigo.
-¿Estás segura?- dijo aún estando espaldas a mí.
-Mamá, ¿por qué crees que lo hice?- el silencio volvía a ser cortante, los médicos estuvieron antes hablando con ella a solas; todavía no sé qué le dijeron, pero la curiosidad tampoco me inundaba. solamente me quería ir de allí.
-¿Leila Ruíz?
-Sí.- dije llevando mi mirada hacia lo que supuse que era un celador que llevaba una silla de ruedas vacía.
-Tengo que llevarte a  RAYOS. Te toca la resonancia.- asentí con la cabeza y me levanté de la cama para sentarme en la silla, volví a dirigir la mirada a mi madre que ya se habia girado, sus ojos estaban rojos.
-Yo te espero aquí, cariño.- asentí otra vez y le hice un gesto al celador para emprender el camino a la sala de resonancia, el hombre, ya mayor, intentó conversar conmigo sobre la razón de mi estancia y el por qué debía de llevar una bomba de oxígeno siempre pegada a mí, yo hablé poco y mis respuestas era cortas y concisas, me gustaba más mirar a mi alrededor, los pacientes, los enfermeros, las máquinas… Odiaba las paredes blancas, porque a pesar de ser blancas estaban sucias volviéndose grises y la pureza y limpieza desaparecía, el suelo estaba también sucio, pero no era de extrañar a lo largo del día, pacientes, sillas, camillas y demás pasaban  por ahí, lo extraño sería que estuviera limpio.
El celador desapareció en un abrir y cerrar los ojos una vez que llegamos a la sala de espera de la resonancia, estaba vacía y fría, me arrepentí de no llevarme ni el móvil ni una chaqueta, me tocaba esperar muerta de frío, habia otro paciente. El aburrimiento estaba tan presente que no me habría importado tener compañía, en ese mismo instante vi como un enfermero salía, me alegré en el momento , me tocaba a mí.
-¿Leila Ruíz?- asentí analizándole, alto, pelo rubio con flequillo, tez pálida, estaba segura que si le daba el sol se pondría como una gamba, sus ojos eran oscuros y achinados y su mandíbula perfilada.
No es feo- Fue el  primer pensamiento que tuve. Asentí con la cabeza y según asentía mis esperanzas de entrar a la máquina se desvanecieron al verle extender un papel hacia mí.
-Firma aquí para el consentimiento.
-¿Consentimiento?
-Vamos a ponerte contraste para la resonancia, es necesario.- me encogí de hombros e hice lo que él me pidió, vi cómo se alejaba de mí volviendo a dejarme sola y resoplé agotada, lo peor de los hospitales es que el tiempo pasa más lento de lo que nos gustaría, un minuto se siente como una hora y sobre todo, tenía hambre. 5 horas sin comer ni beber.
No sé cuánto tiempo estuve en esa sala de espera, pero lo que sí puedo asegurar es que aquel enfermero se paseó más de 10 veces y todas y cada una de ellas habia una mirada hacia mí, y en todas ellas yo intentaba dedicarle una sonrisa para evitar preguntar, sonrisa sin dientes sino me pillaría mordiéndome la lengua. Bonitos ojos de gato  me dijo en una ocasión, yo otra vez me limité a sonreír y a susurrar un simple gracias. Al final la persona que iba delante de mí salió, yo lo celebré mentalmente, el enfermero que se paseaba se situó detrás de mí.
-Leila, es tu turno.
-Bien. por fin.
-¿Se te hizo muy largo?
-Para nada.- dije de manera sarcástica.- me he entretenido en contar las baldosas del suelo y las veces que entrabas y salías.- el enfermero se rió y yo agradecí que lo tomara como una broma, ahora se puede entender el por qué mi tendencia de morderme la lengua.
La sala era más fría todavía que el pasillo, me estremecí nada más entrar, vi la maquina con forma de tubo en la que me iban a meter, me hicieron entrar andando ya que si entraba con cualquier objeto metálico este se quedaría "pegado" a la máquina,  me tumbaron en la camilla inmovilizándome la cabeza y el cuello, el chico se puso a mi lado revisando todo y esperando a que el técnico entrara para darle al botón.
-Felicidades.- le miré extrañada por tal comentario.- He leído en tu ficha que hace poco fue tu cumpleaños.-  dijo excusándose.
-Sí , fue hace poco, gracias.- dije dedicándole una sonrisa amable.
-¿Cuántos cumplías?
-18.- dije tajante, no es que me cayera mal pero no me gusta hablar mucho, quería que mi estancia en aquel lugar fuera lo más corta posible, su cara fue de decepción, imaginaba que él también se aburría de tanto estar ahí y que lo único que quería era un rato de charleta.
-¿Eres de aquí?
-Sí.
-Ya decía yo que tu cara me sonaba.
-Bueno, es natural.- dije encogiéndome de hombros.- se ven pocas chicas con un trasto de oxígeno por la calle.
-Cierto.- oí que decía por lo bajo.- ya viene el técnico, si necesitas cualquier cosa o te agobias dale al botón, te sacaremos en seguida.- le sonreí agradeciéndoselo, y así fue como comenzaron los 20 minutos más largos de mi vida, con un sonido atronador continuo, no habia tregua para mis pobres oídos,  y aunque la ansiedad de estar en un sitio tan estrecho aparecía, debía aguantar sino mi estancia se alargaría por el hecho de parar y reanudar aquella dichosa prueba. Pasaron los dichosos 20 minutos y por fin me ayudaron a salir.
-Leila, ¿cómo te encuentras?-  dijo el técnico.
-Bien, ahora por favor quíteme esto de cuello.- dije  yo un poco nerviosa, cuando empezó la máquina a sacarme ya había intentado yo arrancarme aquel casco del demonio, me hizo caso y una vez quitado me incorporé y conseguí respirar con normalidad, mi pecho subía y bajaba de manera irregular, necesitaba descansar. Salí de aquella sala y notaba como mi respiración iba a peor, empecé a respirar con muchísima dificultad lo que causo que me cayera al suelo, el enfermero intentó agarrarme pero no le fue posible, empecé a transpirar y a ver borroso, me estaba ahogando, noté como  me colocaban los aerosoles, pero fue demasiado tarde, yo ya no estaba consciente.
Desperté en mi cuarto, pero el del hospital, aun me costaba respirar y el dolor de siempre que me desmayaba ahí estaba, lleve mis brazos hacia la cabeza y noté como en el lateral derecho tenía un chichón bastante importante.
-¿Mamá?- dije con los ojos entornados.
-Sí cariño, aquí estoy.- dijo mi madre de manera apresurada.- ¿cómo estás?
-No me encuentro muy…- no pude terminar la frase, giré mi cuerpo y vomité junto a una tos que rasgaba mi garganta por dentro, me dolía y escocía; en ese instante mi mayor miedo era atragantarme con mi propio vómito. Vomité al menos 5 veces. Nada podía parar esa angustia y malestar, mi pobre madre hacía lo que podía, toallas húmedas estaban siempre en mi frente secando mi sudor e intentando calmar el sofocón que estaba pasando mi cuerpo, cada vez que vomitaba creía que estaba completamente vacía; mentira, siempre que empezaba con las náuseas expulsaba cosas que no sabía que ni tenía, no paraba de expulsar bilis y el olor no ayudaba para que mi estomago se calmara, una vez acabé estaba empapada, tiritaba del frio de la habitación mezclado a mi sudor, mi respiración se mantenía gracias a la sonda de mi nariz que en ese momento agradecía más que nunca que estuviera ahí, mi madre me ayudó a sentarme, una vez sentada y llena de sudor, me desnudo completamente y con una toalla mojada lavó mi cuerpo como pudo para posteriormente ayudarme a vestirme con un pijama seco.
-Mi niña, ¿cómo estás?
-Estoy mamá, solamente estoy.- me limité a decir mientras sentada me balanceaba por el mareo de estar tan débil y mis ojos estaban completamente llenos de lágrimas retenidas por el esfuerzo.
-Voy a avisar a las enfermeras para que te cambien de sábanas y te miren las vías, tengo la sensación de que una se te ha salido, siéntate en la silla hasta que vuelva.- me ayudó a sentarme en aquellos sillones de hospital beis que estaban para las visitas o acompañantes, eran espantosos, y no sólo de color, la falta de comodidad era su principal característica, pero en aquel momento cualquier sitio dónde apoyar la cabeza me bastaba para relajarme. A veces sentía que mi cuerpo no me pertenecía, y si se piensa fríamente, no lo era; dependía de una máquina que me ayudase a respirar, sin esa máquina yo no era nada. Escuché la puerta abrirse junto a la voz de mi madre hablando seguramente con alguno de los enfermeros.
-Leila, ¿estás despierta?- asentí con la cabeza.- ¿recuerdas algo?- volví a asentir.- dime tu último recuerdo.
-Fue cuando iba dirección a la silla, me ahogué y me caí, llegaron con los aerosoles, pero no sirvió de nada, me desmayé.- dije cansada.
- Vale, ¿puedes abrir los ojos?-  los abrí desganada, no me quería mover ni para pesteñear, una vez abiertos me encontré con la cara del chico de la resonancia.- ¿sabes quíen soy?- asentí otra vez con la cabeza.
-Eres el chico que estaba abajo, imagino que el que me socorrió.- el chico sonrió de manera dulce; o eso creía.
-Me alegra de que me recuerdes, voy a ser tu enfermero la estancia que estés aquí, si no te importa.- yo me limité a encogerme de hombros, mi estancia allí sería corta, se supone que no tengo nada más.
-Entonces estaremos poco tiempo juntos, en cuanto mis niveles de oxígeno se estabilicen me iré a casa.- afirmé con seguridad,  el enfermero giro la cabeza fingiendo vigilarme la vía, mientras mi madre solamente salía de aquel cuarto.

martes, 2 de enero de 2018

1. Amnesia.



Luces rojas y azules que ciegan mis ojos volviendo  todo a mi alrededor negro, mi mente en blanco sin saber qué recordar, sin encontrar el punto de inicio. Y me duermo.
Entornar los ojos se volvió una acción demasiado complicada de un momento a otro, mi cabeza dolía como si alguien la estuviera golpeando con un martillo gigante. La palabra agua salió de mi boca como una orden en me de cómo una petición de auxilio, porque parecía que el desierto había decidido teletransportarse a ésta. Intenté relamerme los labios, pero la sensación   de aspereza de estos no ayudo para nada, una sensación de angustia decidió atacar a mi estómago sin piedad, y todavía nadie había respondido a mi petición de agua, así que con los ojos aun entornados decidí volver a cerrarlos y volver a dormirme.
Mi segundo intento de despertar y abrir los ojos no había resultado muy acertado ya que me encontraba en la misma situación de antes solo que más desagradable, la cabeza seguía siendo un martirio y mi  estómago gritaba sin voz, mi boca seguía seca y mi lengua papel de lija que levantaba la piel de mis labios al mínimo contacto contra estos. Agua. Era la única palabra que sabía decir en aquel momento, pero nadie aparecía, ¿y si estaba sola? ¡Agua! me atreví a gritar y sintiendo como una sabor metálico subía por mi garganta, desencadenando una tos enfermiza y náuseas, por suerte escuché como una puerta se abría y como unos pasos apresurados se acercaban a mi acercando un vaso de lo que suponía que sería cristal, el tacto del agua sobre mis labios fue un alivio, bebí aquella agua como si nunca la hubiera probado en mi vida y fuese un dulce divino de los dioses, pero en cuanto ésta cayó a mi estómago, volvió a subir en forma de bilis y sangre, vomité. Notaba aquel olor nauseabundo por mi nariz, y volví a vomitar, fue entonces cuando me di cuenta que estaba desnuda, ya que todo lo que habia expulsado de mi boca caía por mi  cuello y hombros, la persona de mi lado me ayudo a girarme y seguí vomitado. Su mano no paró de acariciarme la cabeza hasta que terminé, agua, volví a susurrar, me daba completamente igual volver a vomitar, necesitaba agua. La persona de mi lado respondió a mi petición, pero esta vez con la precaución de no dármela con prisas, fue racionando el agua, poco a poco mi  boca perdió ese sabor metálico con bilis, mi garganta se calmó y mi estómago acepto aquella agua. Gracias, fue lo último  que conseguí articular antes de volver a quedarme completamente dormida.
Mi tercer intento de despertar resultó ser otro mundo, olía a limpio, lavanda, mi cuerpo se sentía más descansado, mi cabeza parecía mucho más calmada y mi boca nada sedienta, el estómago dolía, pero pude interpretar aquello como falta de comida. Esta vez abrir los ojos no resultó un suplicio, aunque sí enfocar, todo parecía borroso y los colores mezclados, volví a cerrarlos, un pequeño descanso para acostumbrarme que repetí por lo menos otras seis veces, a la séptima todo parecía más claro, pude reconocer una habitación amplia de paredes verdes con cuadros de paisajes y algún que otro retrato que no logré reconocer, mi cabeza estaba inclinada hacia delante gracias a un par de almohadas muy reconfortantes, las sábanas que cubrían mi cuerpo eran suaves al tacto y la colcha me proporcionaba el calor que mi cuerpo necesitaba, a mi izquierda una mesita de madera con bordados de oro que simulaban flores incrustadas, encima un reloj digital apagado junto a un jarrón con violetas recién puestas y a mi derecha una mesita de igual forma, más vacía que la anterior, sólo un botón azul con un cartel encima: "Si despiertas, púlsame." Miré a aquel botón con curiosidad, y la pregunta que me tendría que haber hecho antes apareció, ¿dónde estaba?
Me quité la colcha de encima y la sábana encontrándome completamente desnuda, como ya me imaginaba que estaría, bajé las piernas por el lado derecho, y me incorporé, dándole la espalda a la puerta y sintiendo un mareo por la rapidez al levantarme, cerré los ojos durante un pequeño periodo de tiempo para acostumbrarme mientras calmaba mi respiración, la luz que entraba por aquellas ventanas calentaba mi cuerpo, no sabía dónde estaba, ni que día era, ni cómohabía acabado ahí. Miré hacia el botón, pulsarlo podría ser una opción que me ayudase a encontrar respuestas, pero tenía miedo de lo que pudiera encontrar, pero lo necesitaba. Pulsé aquel botón con nerviosismo y me tapé con la sábana para que la persona que entrase no me encontrara totalmente desnuda, oí la puerta abrirse y por culpa de la brisa que entro por ésta me dio un escalofrío que me estremeció.
-No deberías estar incorporada.- dijo una voz conocida que se apresuró corriendo hacia mí, y le pude reconocer. Álvaro; un amigo que más que amigo, era un colega con el que frecuentaba los bares de la ciudad en grupo y que al verle el acto reflejo de taparme más salió a la luz.
-¿Qué haces aquí?- fue lo único que me salió de la boca.
-Espera, ¿me recuerdas?- su tono de sorpresa me confundió más de lo que ya estaba por su presencia.
-Por supuesto que sí, ¿por qué no te iba a recordar?- me abrazó casi al instante, no entendía absolutamente nada y aquel abrazo me dio un mal presentimiento.
-Ari, tuviste un accidente de coche.- dijo mientras se separaba de mi con la cabeza agachada.
-¿Un accidente? No puede ser, no recuerdo nada, ni si quiera de coger el coche…
-¿Cuál es tu último recuerdo, Ariadna?- un dolor punzante me atacó la sien derecha, de repente mi mundo eras flashes de recuerdos, la mayor parte fugaces, recordaba todo, pero a su vez nada, los recuerdos más cercanos no  sabía situarlos en orden.
-Ari, ¿cuál es tu último recuerdo?- insistía, pero yo no era capaz de responder, básicamente porque no sabía cuál era mi último recuerdo.
-Álvaro, ¿dónde estoy?
-En casa.
-No, Álvaro, ésta no es mi casa, ni mi cama, ni mi paisaje, ¿dónde estoy? ¿estoy en el hospital? No huele a él, ni si quiera parece uno.
-No te pongas nerviosa, voy a llamar al médico.- dijo mientras se levantaba y me dejaba completamente sola.
-¡No! ¡No te vayas! - fue lo último que dije antes de que cerrara la puerta dejándome completamente sola. Cubrí mi cara con las manos, ¿cuál era mi último recuerdo? Por mucho que me esforzara los recuerdos que me venían tenían toda la pinta de ser demasiado lejanos, o quizás inventados. Pero había algo de lo que estaba segura, aquella no era mi casa, porque la recordaba, al igual que a mis padres…
Mis padres.
Si era verdad que había tenido un accidente, lo normal sería que estuvieran ellos y no Álvaro, aquello sólo aumento mi angustia, me levanté con prisas de la cama y mis piernas me fallaron que acabé en el suelo, intentar incorporarme del suelo era tontería, estaban completamente dormidas, apoyé la cabeza la cabeza en la mesita, no me encontraba para nada bien y lo único que se me ocurrió fue llorar, llorar hasta el punto de quedarme dormida.
-No me puedo creer que vayamos a hacer esto, ¿tú estás segura?
-Segurísima, quiero acabar con esto ya.
-Quizás te hayas equivocado.
-No lo he hecho, ambos sabemos que no soy de equivocarme.
Mi cuarto despertar, fue confuso, más confuso todavía delo que habían sido los anteriores, ya que en mi cabeza vino de  golpe la conversación con Álvaro, abrir los ojos ya no era ningún esfuerzo, y me encontré completamente tumbada en la cama, solo que esta vez estaba vestida con lo que parecía ser un camisón suave de seda, giré la cabeza y me encontré a Álvaro mirándome dormir, otro escalofrío me recorrió el cuerpo.
-Buenos días.
-¿Qué  ha pasado?- dije llevándome ambas manos a la cara.
-Te caíste, cuando llegué con el doctor estabas tirada en el suelo desnuda.
-¿Me viste desnuda?- dije con voz alarmada.
-Solo fue durante unos segundos, en seguida fui corriendo a llamar a una enfermera que vino con el doctor para que te vistiera y nos ayudara a acostarte en la cama.
-Me siento muy confusa.- dije restregándome las manos contra los ojos.
- Si quieres le digo al médico que venga en otro momento.
-No, dile que pase, por favor, necesito entender cuanto me va a durar esto.- Álvaro asintió con la cabeza y salió del cuarto para llamarlo, suspiré de tal forma que todo el aire de mis pulmones salió, darle más vueltas a la  situación no me ayudaría, solo me haría encontrarme peor de lo que ya me siento. Pasaron lo que venían  a ser los 20 minutos más largos de toda mi vida, cuando oí cómo llamaban a la puerta y entraba acto seguido Álvaro y detrás de él un médico muy joven al cuál no le echaría más de 28 años.
-Buenas, Ariadna, me alegra el hecho de verte despierta.- me sonrió de manera amable, pero no fui capaz de corresponderle ya que mi cabeza no estaba para formalismos.-  Soy el doctor José Mendoza y llevo tratándote durante todo este periodo de tiempo.
-¿Cuánto tiempo es ese?
-Cada  cosa a  su debido tiempo, antes de nada tengo que hacerte unas preguntas para evaluarte, Álvaro, por favor, ¿te importaría irte? - Álvaro asintió con la cabeza, me sonrió de forma tranquilizadora y se fue, el médico me cogió de una de las muñecas y tomó mis pulsaciones.
-¿Estás nerviosa?- preguntó bromeando.
-Más bien asustada.
-Es normal, me ha comentado Álvaro que no recuerdas nada del accidente ni lo que pasó antes de él, ¿es verdad?
-Sí.- dije mientras él sacaba una linterna pequeña del bolsillo y me alumbraba con ella en uno de los ojos cegándome por completo, tuve que parpadear varias veces para dejar de ver puntitos negros.
-Vale, todo en orden, voy a hacerte unas cuantas preguntas, necesito que tus preguntas sean lo más precisas posibles, ¿de acuerdo?
-Sí.
-Vale, ¿cómo te llamas?
-Ariadna Landa.
-¿Sabes cuándo es tu cumpleaños?
-Sí, el 17 de abril fue hace poco.
-¿Cuántos años tienes?
-23 años.
-¿Dónde vives?
-Calle Yugüe, Oviedo.
-¿Sabes qué día es hoy?
-21 de mayo, pero el tiempo parece más frío afuera la verdad.
-Entiendo…
-No es mayo, ¿verdad?
-Ariadna, ¿qué recuerdas de ayer?
-Ayer… estuve todo el día estudiando, se acercan los exámenes, aunque imagino que me los habré perdido si tuve el accidente.
-¿Te sabes tu DNI?
-Sí, 07432921 X, me lo memoricé ya que estuve un verano trabajando en una empresa que me requería fichar con él.
-Ariadna, tengo que hablarte de un par de cosas sobre el accidente, padeces de amnesia al parecer tus recuerdos que han quedado bloqueados por el 20 de mayo.
-Entonces, ¿a qué día estamos?
-Estamos a 12 de Noviembre, llevabas un mes y una semana en coma, has olvidado 5 meses.
-No puede ser…- dije notando como el aire de mis pulmones se iba cortando.
-Escúchame, es normal lo que estás sintiendo, la confusión, la sensación de pérdida, pero necesito que te centres, sufriste un traumatismo en la cabeza que te ha producido una amnesia temporal,  esto significa que con el tiempo y ayuda vas a poder recuperar todos esos recuerdos perdidos, yo te iré tratando, tendremos una cita cada semana.
-¿Y mis padres? ¿Dónde están?
-Todo eso deberás hablarlo con tu pareja.
-¿Pareja?
-Pensaba que Álvaro y tú estabais juntos, no se ha separado de ti ni un día desde el accidente.
-No puede ser, solo somos amigos.
-Eso deberás hablarlo con él.- mi cabeza estaba a punto de explotar y otra vez aquel sabor metálico mezclado con bilis atacaba mi garganta sin piedad.
-Creo… creo que me voy a desmayar.- dije hiperventilando y antes de que aquel médico joven pudiera hacer nada, yo ya me habia sucumbido en un sueño completamente negro.