La piel de gallina siempre fue característica en mí, hay
palabras o emociones que nunca termino de comprender y que se quedan en mi
sistema nervioso con la intención de quedarse, el miedo nunca me ha gustado y
aunque cueste creerlo hay gente que siente el miedo y lo disfruta e incluso,
experimenta con él. Nunca lo entenderé. También odio el sentimiento de
aturdimiento, no saber dónde estoy e incluso dudar quién soy, solo puedo decir
que lágrimas han caído por mis ojos de manera desgarradora y muchas veces sin
sentido alguno, pero tampoco voy a contar lo que se siente al entrar y salir de
un quirófano, son experiencias propias y dolorosas de recordar, casi siempre,
entras llorando, con angustia y sobre todo, miedo; mientras tanto al salir, tu
estómago parece dado la vuelta, tu cabeza es un tiovivo que no sabe bien dónde
situarse ni como sentirte y prácticamente a pesar de todas las drogas
"suaves" que tienes en tu cuerpo solo estás incómodo, dolorido y
asqueado por el sabor metálico de tu boca. Y así es cómo sin quererlo hice un
pequeño resumen de lo que se siente al entrar y salir de un quirófano.
Sea cual sea tu estancia en el hospital, será desagradable,
por desgracia lo sé por experiencia
propia. En mi caso, esto no es nuevo como ya di a entender en mi introducción a
esta historia, ahora mismo la escribo desde mi estudio, en un portátil que ha
reproducido todos y cada uno de mis relatos, es un escritorio de madera oscura
con pequeños tallajes de espiral ,con la luz de dos velas para que mi concentración
se quedé en el teclado y pantalla de mi ordenador, un moño mal hecho y… ¿para qué mentir? con una máquina de oxígeno
al lado y un pijama de lo más cuco. La maquina tiene explicación, hará dos
semanas que me detectaron un enfisema
pulmonar, para los curiosos y sin vocabulario dentro del ámbito de la medicina,
es una enfermedad en la que tus bronquios se hacen más viejos a una velocidad
que no deberían por lo cual, impide que el oxígeno llegué a mis pulmones como
debería. Una vez explicado empezaré con mi historia.
Una noche de rebeldía con mi propio cuerpo decidí acostarme
sin la sonda, pensando y autoconvenciendome que lo que me estaba pasando era
únicamente porque estaba acostumbrando a mi organismo a un suplemento como era
el oxígeno en me de forzarlo a respirar y obtener el oxígeno necesario por si
mismo, al acostarme y tumbarme fue bien, conseguí conciliar el sueño, pero al
despertarme la imagen habia cambiado, en un lateral mi madre estaba agarrando
mi mano, con la cabeza gacha y murmurando por lo bajo lo que suponí que estaba
rezando, noté en mi nariz la sonda transmitiéndome oxigeno y un pii pii continuo a lo que supuse que eran mis
constantes vitales, me estremecí ante la confusión del momento, mi último
recuerdo era en mi cama, durmiendo, solté un gruñido de dolor, la garganta la
notaba seca, tan seca como mi nariz, vi a mi madre levantar a mi madre la
cabeza con sus ojos como platos y acto seguido rodeándome con sus brazos, no
era la primera vez que pasaba esto.
-Mi niña, estás bien.- la oí susurrar a mi oído.- ¿qué hacías
sin los aerosoles?- negué con la cabeza cansada, una señal de que quería que me
dejase tranquila y qué después hablaríamos aunque esperaba con ansias de que
ese después nunca llegara.
-¿Qué ha pasado?- dije todavía confusa y llevándome mi brazo
libre a la cabeza, me dolía demasiado en la zona derecha.
-Entraste en parada respiratoria. Otra vez.- dijo mi madre
sentándose en la cama y acariciando mi frente con su cara de preocupación.- la
tercerea vez en un mes, Leila.
-Uf.- suspiré resignada.- te juro que ni me he dado cuenta…
-Cariño, sabes que después tenemos qué hablar, ¿verdad?-
suspiré resignada y apartándole la mirada, no quería dar explicaciones.
Adoro el silencio, pero en ese momento era lo más incómodo
del mundo, mi madre ya no sabía qué hacer en el cuarto, dio vueltas sin parar y
el agobio se le notaba en los ojos, yo me limitaba a estar sentada en la cama
con las piernas en flor de loto siguiéndole con la mirada, sabía que mi madre
quería decirme mil cosas, o más bien millones pero me salvaron los médicos con
la frase: "No hay que agobiarla ya
hablará." Esa frase para una
madre a flor de piel por los nervios de preocupación es lo peor del mundo,
teniendo en cuenta que es la que me encontró tirada en mi cama con los ojos en
blanco y la piel prácticamente morada por la falta de oxígeno, curiosamente
esta vez habia resultado muchísimo más complicada y peligrosa que otras, aunque
sinceramente yo no lo sentía así.
Decidieron que lo mejor sería dejarme ingresada no sabían cuanto tiempo habia
estado inconsciente antes de llegar al hospital y que podría encontrarme algún
daño cerebral por el tiempo que estuve sin que me llegara el oxigeno a la
cabeza. Finalmente, mi madre decidió sentarse, miraba un punto fijo y en
momentos como esos me encantaría saber que pasa por su mente ya sea por
curiosidad o por saber cómo podría animarla.
-Leila, ¿por qué lo hiciste?- dijo con un tono calmado, pero
su intento fue en vano, el nerviosismo y miedo por la respuesta se le filtraba
en aquellas simple pregunta.
-Me quería poner a prueba. Sólo eso.- mi respuesta no era
válida, o no le gustó, porque resopló y se volvió dirección a la ventana
evitando cualquier contacto visual conmigo.
-¿Estás segura?- dijo aún estando espaldas a mí.
-Mamá, ¿por qué crees que lo hice?- el silencio volvía a ser
cortante, los médicos estuvieron antes hablando con ella a solas; todavía no sé
qué le dijeron, pero la curiosidad tampoco me inundaba. solamente me quería ir
de allí.
-¿Leila Ruíz?
-Sí.- dije llevando mi mirada hacia lo que supuse que era un
celador que llevaba una silla de ruedas vacía.
-Tengo que llevarte a
RAYOS. Te toca la resonancia.- asentí con la cabeza y me levanté de la
cama para sentarme en la silla, volví a dirigir la mirada a mi madre que ya se
habia girado, sus ojos estaban rojos.
-Yo te espero aquí, cariño.- asentí otra vez y le hice un
gesto al celador para emprender el camino a la sala de resonancia, el hombre,
ya mayor, intentó conversar conmigo sobre la razón de mi estancia y el por qué
debía de llevar una bomba de oxígeno siempre pegada a mí, yo hablé poco y mis
respuestas era cortas y concisas, me gustaba más mirar a mi alrededor, los pacientes,
los enfermeros, las máquinas… Odiaba las paredes blancas, porque a pesar de ser
blancas estaban sucias volviéndose grises y la pureza y limpieza desaparecía,
el suelo estaba también sucio, pero no era de extrañar a lo largo del día,
pacientes, sillas, camillas y demás pasaban
por ahí, lo extraño sería que estuviera limpio.
El celador desapareció en un abrir y cerrar los ojos una vez
que llegamos a la sala de espera de la resonancia, estaba vacía y fría, me
arrepentí de no llevarme ni el móvil ni una chaqueta, me tocaba esperar muerta
de frío, habia otro paciente. El aburrimiento estaba tan presente que no me
habría importado tener compañía, en ese mismo instante vi como un enfermero
salía, me alegré en el momento , me tocaba a mí.
-¿Leila Ruíz?- asentí analizándole, alto, pelo rubio con
flequillo, tez pálida, estaba segura que si le daba el sol se pondría como una
gamba, sus ojos eran oscuros y achinados y su mandíbula perfilada.
No es feo- Fue
el primer pensamiento que tuve. Asentí
con la cabeza y según asentía mis esperanzas de entrar a la máquina se
desvanecieron al verle extender un papel hacia mí.
-Firma aquí para el consentimiento.
-¿Consentimiento?
-Vamos a ponerte contraste para la resonancia, es
necesario.- me encogí de hombros e hice lo que él me pidió, vi cómo se alejaba
de mí volviendo a dejarme sola y resoplé agotada, lo peor de los hospitales es
que el tiempo pasa más lento de lo que nos gustaría, un minuto se siente como
una hora y sobre todo, tenía hambre. 5 horas sin comer ni beber.
No sé cuánto tiempo estuve en esa sala de espera, pero lo
que sí puedo asegurar es que aquel enfermero se paseó más de 10 veces y todas y
cada una de ellas habia una mirada hacia mí, y en todas ellas yo intentaba
dedicarle una sonrisa para evitar preguntar, sonrisa sin dientes sino me
pillaría mordiéndome la lengua. Bonitos
ojos de gato me dijo en una ocasión,
yo otra vez me limité a sonreír y a susurrar un simple gracias. Al final la persona que iba delante de mí salió, yo lo
celebré mentalmente, el enfermero que se paseaba se situó detrás de mí.
-Leila, es tu turno.
-Bien. por fin.
-¿Se te hizo muy largo?
-Para nada.- dije de manera sarcástica.- me he entretenido
en contar las baldosas del suelo y las veces que entrabas y salías.- el
enfermero se rió y yo agradecí que lo tomara como una broma, ahora se puede
entender el por qué mi tendencia de morderme la lengua.
La sala era más fría todavía que el pasillo, me estremecí
nada más entrar, vi la maquina con forma de tubo en la que me iban a meter, me
hicieron entrar andando ya que si entraba con cualquier objeto metálico este se
quedaría "pegado" a la máquina,
me tumbaron en la camilla inmovilizándome la cabeza y el cuello, el
chico se puso a mi lado revisando todo y esperando a que el técnico entrara
para darle al botón.
-Felicidades.- le miré extrañada por tal comentario.- He leído
en tu ficha que hace poco fue tu cumpleaños.-
dijo excusándose.
-Sí , fue hace poco, gracias.- dije dedicándole una sonrisa
amable.
-¿Cuántos cumplías?
-18.- dije tajante, no es que me cayera mal pero no me gusta
hablar mucho, quería que mi estancia en aquel lugar fuera lo más corta posible,
su cara fue de decepción, imaginaba que él también se aburría de tanto estar
ahí y que lo único que quería era un rato de charleta.
-¿Eres de aquí?
-Sí.
-Ya decía yo que tu cara me sonaba.
-Bueno, es natural.- dije encogiéndome de hombros.- se ven
pocas chicas con un trasto de oxígeno por la calle.
-Cierto.- oí que decía por lo bajo.- ya viene el técnico, si
necesitas cualquier cosa o te agobias dale al botón, te sacaremos en seguida.-
le sonreí agradeciéndoselo, y así fue como comenzaron los 20 minutos más largos
de mi vida, con un sonido atronador continuo, no habia tregua para mis pobres
oídos, y aunque la ansiedad de estar en
un sitio tan estrecho aparecía, debía aguantar sino mi estancia se alargaría
por el hecho de parar y reanudar aquella dichosa prueba. Pasaron los dichosos
20 minutos y por fin me ayudaron a salir.
-Leila, ¿cómo te encuentras?- dijo el técnico.
-Bien, ahora por favor quíteme esto de cuello.- dije yo un poco nerviosa, cuando empezó la máquina
a sacarme ya había intentado yo arrancarme aquel casco del demonio, me hizo
caso y una vez quitado me incorporé y conseguí respirar con normalidad, mi
pecho subía y bajaba de manera irregular, necesitaba descansar. Salí de aquella
sala y notaba como mi respiración iba a peor, empecé a respirar con muchísima
dificultad lo que causo que me cayera al suelo, el enfermero intentó agarrarme
pero no le fue posible, empecé a transpirar y a ver borroso, me estaba ahogando,
noté como me colocaban los aerosoles,
pero fue demasiado tarde, yo ya no estaba consciente.
Desperté en mi cuarto, pero el del hospital, aun me costaba
respirar y el dolor de siempre que me desmayaba ahí estaba, lleve mis brazos
hacia la cabeza y noté como en el lateral derecho tenía un chichón bastante
importante.
-¿Mamá?- dije con los ojos entornados.
-Sí cariño, aquí estoy.- dijo mi madre de manera
apresurada.- ¿cómo estás?
-No me encuentro muy…- no pude terminar la frase, giré mi
cuerpo y vomité junto a una tos que rasgaba mi garganta por dentro, me dolía y
escocía; en ese instante mi mayor miedo era atragantarme con mi propio vómito.
Vomité al menos 5 veces. Nada podía parar esa angustia y malestar, mi pobre
madre hacía lo que podía, toallas húmedas estaban siempre en mi frente secando
mi sudor e intentando calmar el sofocón que estaba pasando mi cuerpo, cada vez
que vomitaba creía que estaba completamente vacía; mentira, siempre que
empezaba con las náuseas expulsaba cosas que no sabía que ni tenía, no paraba
de expulsar bilis y el olor no ayudaba para que mi estomago se calmara, una vez
acabé estaba empapada, tiritaba del frio de la habitación mezclado a mi sudor,
mi respiración se mantenía gracias a la sonda de mi nariz que en ese momento
agradecía más que nunca que estuviera ahí, mi madre me ayudó a sentarme, una
vez sentada y llena de sudor, me desnudo completamente y con una toalla mojada
lavó mi cuerpo como pudo para posteriormente ayudarme a vestirme con un pijama
seco.
-Mi niña, ¿cómo estás?
-Estoy mamá, solamente estoy.- me limité a decir mientras
sentada me balanceaba por el mareo de estar tan débil y mis ojos estaban
completamente llenos de lágrimas retenidas por el esfuerzo.
-Voy a avisar a las enfermeras para que te cambien de
sábanas y te miren las vías, tengo la sensación de que una se te ha salido,
siéntate en la silla hasta que vuelva.- me ayudó a sentarme en aquellos
sillones de hospital beis que estaban para las visitas o acompañantes, eran
espantosos, y no sólo de color, la falta de comodidad era su principal
característica, pero en aquel momento cualquier sitio dónde apoyar la cabeza me
bastaba para relajarme. A veces sentía que mi cuerpo no me pertenecía, y si se
piensa fríamente, no lo era; dependía de una máquina que me ayudase a respirar,
sin esa máquina yo no era nada. Escuché la puerta abrirse junto a la voz de mi
madre hablando seguramente con alguno de los enfermeros.
-Leila, ¿estás despierta?- asentí con la cabeza.- ¿recuerdas
algo?- volví a asentir.- dime tu último recuerdo.
-Fue cuando iba dirección a la silla, me ahogué y me caí,
llegaron con los aerosoles, pero no sirvió de nada, me desmayé.- dije cansada.
- Vale, ¿puedes abrir los ojos?- los abrí desganada, no me quería mover ni
para pesteñear, una vez abiertos me encontré con la cara del chico de la
resonancia.- ¿sabes quíen soy?- asentí otra vez con la cabeza.
-Eres el chico que estaba abajo, imagino que el que me
socorrió.- el chico sonrió de manera dulce; o eso creía.
-Me alegra de que me recuerdes, voy a ser tu enfermero la
estancia que estés aquí, si no te importa.- yo me limité a encogerme de
hombros, mi estancia allí sería corta, se supone que no tengo nada más.
-Entonces estaremos poco tiempo juntos, en cuanto mis
niveles de oxígeno se estabilicen me iré a casa.- afirmé con seguridad, el enfermero giro la cabeza fingiendo
vigilarme la vía, mientras mi madre solamente salía de aquel cuarto.