-¡Socorro!
¡Socorro!- me despierto cubierta de sudores y gritando, noto como la camiseta
de tirantes se me pega al cuerpo por el sudor y como mi cuerpo tirita por el
terror y el frío de Noviembre, no recuerdo como llegué al refugio de mi cuarto
y que pudo perturbarme tanto como para levantarme gritando pidiendo ayuda. Miré
alrededor de mi cuarto entre la penumbra, aún no soy consciente de lo que pasa,
por lo que mi mente no coordina los movimientos como para encender la luz, tengo
la sensación de haber estado corriendo durante horas y sin descanso, me vuelvo
a tumbar en la cama boca arriba, mirando al techo oscuro, mi habitación la cual
está iluminada por la luz de la luna, muestra las sombras de los árboles ya
pelados en el interior de mi cuarto, aun intentando recordar lo que mis sueños
crearon paso mi mano sobre mis ojos para rascármelos e intentar despejarme,
pero la humedad de éstos me sorprende, dándome cuenta de que he estado
llorando.
¿Qué ha
pasado?
Suspiro
agotada, llevo días sin dormir desde que empezó este dichoso mes que me roba
horas de sueño con pesadillas que jamás logro recordar y que me despiertan
siempre de la misma forma, entre sudores y con el terror en cada parte de mi
cuerpo, a veces creo que debería pedir ayuda, o investigar sobre el mundo de
los sueños, pero mentiría si dijese que ese mundo no me aterra, los sueños
reflejan mucho más de lo que a nosotros mismos nos gustaría.
Me vuelvo a incorporar sentándome esta vez en el borde de la cama con la cabeza hacia abajo y la mirada perdida, si por lo menos recordase lo que sueño, una mínima pista sobre lo que me quieren decir o avisar, una pista, solo una, viviría mucho más tranquila. Oigo un ruido hacia mi derecha que me obliga a encender la luz a una velocidad de relámpago, para ver únicamente a mi perra, que seguramente vino corriendo tras escucharme gritar pidiendo ayuda. Estás perdiendo la cabeza. Suspiro aliviada. La casa se me hace demasiado grande para mi eterna soledad, me acercó lentamente hacia dónde está mi pequeña Sami, siento un escalofrío por toda mi espalda cuando mis pies impactan sobre el frío suelo. Una vez que estoy a la altura de Sami veo hacia dónde va su mirada dirigida. Es una foto, una foto de no hace mucho tiempo que se me olvidó quitar de la pequeña estantería de mi cuarto, bueno nuestro cuarto.
Me vuelvo a incorporar sentándome esta vez en el borde de la cama con la cabeza hacia abajo y la mirada perdida, si por lo menos recordase lo que sueño, una mínima pista sobre lo que me quieren decir o avisar, una pista, solo una, viviría mucho más tranquila. Oigo un ruido hacia mi derecha que me obliga a encender la luz a una velocidad de relámpago, para ver únicamente a mi perra, que seguramente vino corriendo tras escucharme gritar pidiendo ayuda. Estás perdiendo la cabeza. Suspiro aliviada. La casa se me hace demasiado grande para mi eterna soledad, me acercó lentamente hacia dónde está mi pequeña Sami, siento un escalofrío por toda mi espalda cuando mis pies impactan sobre el frío suelo. Una vez que estoy a la altura de Sami veo hacia dónde va su mirada dirigida. Es una foto, una foto de no hace mucho tiempo que se me olvidó quitar de la pequeña estantería de mi cuarto, bueno nuestro cuarto.
-¿Le
echas menos?- dije poniéndome de cuclillas mientras le acariciaba detrás de las
orejas para recibir un simple gimoteo y una mirada triste. Suspiré
cansada, hacía ya un año del accidente que le arrebato su vida, y se llevo
parte de la mía con él.
-Yo
también le echo de menos, pero ambas sabemos que no nos abandonará nunca,
¿verdad?- noté el escozor de mis ojos,
el mismo que notaba cada vez que la tristeza sumergía mi cuerpo y eso solo
significaba una cosa, quería llorar. Y por lo que parecía, mi pequeña también
se sentía triste, ya que acercó su cabeza a mi pecho hundiéndose en él, yo solo
me dediqué a mirar la foto mientras rascaba la espalda a Sami, perdiéndome en
la profundidad de la foto, en el recuerdo del momento.
Un frío
que me traspasó todo el cuerpo me despertó de la ensoñación del momento, poniéndome
en alerta y haciendo que Sami se separase de mí y saliese huyendo de mi
habitación. Me incorporé y cogí la foto para guardarla en el fondo del armario dónde estaban el resto de recuerdos, dónde jamás la volvería a ver, a menos que superase todo, cosa que veía
imposible. Miré el reloj, 5:00.
Demasiado temprano aún para ponerme manos a la obra, por lo general yo me
despertaba a las siete, por lo que estaba antes de tiempo. Me puse un jersey
gordo de lana y las zapatillas de él, desde que murió, mi forma de superarlo es
quitarme de la vista su sonrisa y sus ojos, su cuerpo y su cara, pero su olor…
era algo que no permitiría que la muerte me arrebatase. Bajé al piso de abajo
encendiendo cada una de las luces que me encontraba, la oscuridad me aterra,
ella y todos los secretos que oculta, en la oscuridad suelen pasar los mayores
horrores y los mejores momentos, a veces creo, que las personas que mueren, es
porque cogen cierto aprecio y confort a esa oscuridad y deciden quedarse en
ella dejando atrás a todo y a todos, temo cogerle amor a la oscuridad, enamorarme
de ella y que ella me muestre ese confort que hace que los muertos decidan
quedarse en ella, aunque en ocasiones cuando cierro los ojos, estoy a oscuras y
poco a poco, distingo sus rasgos y expresiones, lo veo de una forma tan nítida,
que muchas veces los abro creyendo que lo tendré a mí lado, que todo fue una
dura y cruel broma de mi mente, una de las muchas pesadillas que he tenido cada
día, pero no es así, abro los ojos y no está, me cuesta asimilar que no volverá
a rodearme con sus brazos en miedo de la noche por cada tormento que me corroe,
que no me dará un beso en la punta de la nariz cada vez que se vaya a trabajar,
que no me susurrará palabras dulces al oído para lograr sacarme una sonrisa y
cambiar mi infantilidad por picardía, en definitiva, que no volverá más a mi vida.
Llegué a
la cocina donde me preparé un té que lograse calentar mi tiritona aún presente,
que su calor pudiese devolver el mío, una vez con la taza de té verde entre mis manos, subí
esta vez al estudio que compartía con él, nuestro estudio tan bien preparado y
decorado, grande y espacioso, reconfortante y acogedor. Me senté en la mecedora de madera que estaba
en frente del gran ventanal del estudio que te permitía tener una vista
perfecta del jardín y del bosque que estaba detrás de nuestra casa, aquel
bosque mágico que tantas veces recorrimos juntos de la mano, coloqué las
piernas encima de la mecedora, acurrucándome entre su olor, que con aquellas
pesadillas era lo único que lograba tranquilizar mis nervios y miedos.
La noche
estaba tranquila, con un cielo oscuro que te hacía sentirte pequeño e
insignificante. Supongo que una de las cosas que más temía en este mundo, era
la profundidad, el mar, el bosque, el cielo, incluso los propios sentimientos
de una persona, temía entrar y que me gustase, y quedarme allí para siempre.
Hundirme en el mar.
Perderme en el bosque.
Volar por el cielo.
Traspasar su corazón, su coraza.
Di un trago a mi té mientras me acariciaba la alianza colgada en mi cuello, estaba fría, cerré los ojos apoyando la cabeza sobre el respaldo y respirando hondo, permitiendo que su olor entrase por mis fosas nasales y me transportase a una situación, como era él echándose la colonia sobre la ropa cada mañana en el baño antes de salir de casa, su sonrisa burlona y egocéntrica al saber que le observaba con fascinación y finalmente, acercándose a mí para darme un profundo beso, abro los ojos al no notar sus labios sobre los míos y vuelvo a agachar la cabeza. Soy una chica atormentada, con un pasado oscuro que encontró una luz que fue apagada aquella noche. Cuando dicen que las llamadas a la madrugada solo traen mal presagio, no se equivocan. Di otro trago a mi té, mirando hacia el jardín, estaba oscuro, pero había sombras, sombras oscuras que formaban formas, formas que se inventaba mi mente. A veces tenía la sensación de que me observaban e intentaban profanar mi templo y refugio, pero que también que me protegían. Fantasmas. Sí, fantasmas, pero los fantasmas del pasado, nunca los veo como tal, no veo una aura oscura alrededor de ellos, ni si quiera los veo blancos y transparentes, solo veo sus sombras, correteando de un lado a otro, jugando e incluso burlándose de mí, a veces desearía ver su fantasma entre ellos, verle una última vez. Cerré los ojos intentando relajarme, y creo que así fue hasta que empecé a oír los ladridos de Sami en la planta de abajo, me desperté desconcertada, miré el reloj, 5:30. Aún tenía la taza de té entre mis manos fría, Sami seguía ladrando de manera frenética, dejé la taza sobre la mesa y bajé corriendo sin encender ninguna luz.
Hundirme en el mar.
Perderme en el bosque.
Volar por el cielo.
Traspasar su corazón, su coraza.
Di un trago a mi té mientras me acariciaba la alianza colgada en mi cuello, estaba fría, cerré los ojos apoyando la cabeza sobre el respaldo y respirando hondo, permitiendo que su olor entrase por mis fosas nasales y me transportase a una situación, como era él echándose la colonia sobre la ropa cada mañana en el baño antes de salir de casa, su sonrisa burlona y egocéntrica al saber que le observaba con fascinación y finalmente, acercándose a mí para darme un profundo beso, abro los ojos al no notar sus labios sobre los míos y vuelvo a agachar la cabeza. Soy una chica atormentada, con un pasado oscuro que encontró una luz que fue apagada aquella noche. Cuando dicen que las llamadas a la madrugada solo traen mal presagio, no se equivocan. Di otro trago a mi té, mirando hacia el jardín, estaba oscuro, pero había sombras, sombras oscuras que formaban formas, formas que se inventaba mi mente. A veces tenía la sensación de que me observaban e intentaban profanar mi templo y refugio, pero que también que me protegían. Fantasmas. Sí, fantasmas, pero los fantasmas del pasado, nunca los veo como tal, no veo una aura oscura alrededor de ellos, ni si quiera los veo blancos y transparentes, solo veo sus sombras, correteando de un lado a otro, jugando e incluso burlándose de mí, a veces desearía ver su fantasma entre ellos, verle una última vez. Cerré los ojos intentando relajarme, y creo que así fue hasta que empecé a oír los ladridos de Sami en la planta de abajo, me desperté desconcertada, miré el reloj, 5:30. Aún tenía la taza de té entre mis manos fría, Sami seguía ladrando de manera frenética, dejé la taza sobre la mesa y bajé corriendo sin encender ninguna luz.
-¿Sami?
Chica, ven aquí, ¿dónde estás? - seguía oyendo los ladridos de Sami, cuando
llegué donde ella, estaba en el salón a oscuras ladrando a una esquina, mis
pelos se pusieron de punta al poder deslumbrar una sombra quieta en esa
esquina, que cuando notó mi presencia dirigió sus ojos hacia mí, note como la
sangre abandonaba mi cuerpo quedándome helada, con movimientos lentos, moví la
mano para encontrar la luz del salón, que en ese momento decidió que era buena
idea dejar de funcionar.
-Sami.-
dije en voz muy baja llamando la atención de mi perra.- ven aquí, por favor.- Sami
como buena chica me hizo caso y vino hacia mí, pero aún alerta mirando hacia la
esquina, donde la sombra solo se dedicaba a mirarnos, era una mirada gris, tan
gris que parecía el mar antes de desatarse la tormenta, lo único que pude hacer era sostenerle la mirada en la
oscuridad, algo dentro de mí me decía que no era humano, que aquella sombra no
era humana, y lo comprobé cuando desapareció de un momento a otro entre las
paredes, la respiración se me cortó y entonces comprendí que debía salir de ahí
cuanto antes. Cogí a Sami por la correa y la arrastré de forma apresurada hacia
el jardín donde encendí la luz del porche y mi respiración se calmó, me senté
en los escalones a pesar de hacer un frío horrible, juraría a ver reconocido
esa mirada en cualquier lugar, pero era completamente imposible.
Debes alejarte de la luz.
Me
sobresalte al oír esa voz, esto no podía ser real, estaba soñando, era todo un
sueño escalofriante y horripilante que jugaba con mi mente, o quizás estaba despierta y todo esto ocurría por la ausencia de sueños, me estaré volviendo loca.
Acércate.
Levanté
la mirada buscando la procedencia de aquella voz, miré más allá del refugio de
mi hogar, hacia la boca del bosque y volví a ver aquella sombra, que se hundía
en el bosque como invitándome a entrar, empecé a temblar.
No podré protegerte si estás en
la luz, ven conmigo.
Embaucada
por la voz, cogí aire y salí de mi pequeño jardín acercándome al bosque por el
camino de piedra, en la entrada pude distinguir aquellos ojos que me invitaban
a entrar, tenía un miedo horrible, no puedo mentir, cada parte de mi cuerpo
temblaba, quizás fuese por aquel frío de Noviembre, notaba el estómago
revuelto, quizás todo fue mi imaginación y debía volver a casa, me di la vuelta
y empecé a andar cuando note un frío congelador en la nuca haciendo que cada pelo de mi cuerpo se erizase.
Ven conmigo, Lúa, ven junto a mí.
Me giré
asustada comprobando que aquel susurro, no era de nadie, aquello era demasiado
para que fuese solo por mi imaginación, demasiado real y terrorífico. Miré otra
vez a la boca del lobo, aquella voz… dulce y escalofriante, me llamaba, no
sabía de donde salió aquel valor y si fue solo parte de un embrujo, pero empecé
a andar decida para meterme en la profundidad del bosque, para perderme, mis
sentidos se agudizaron y cuando quise darme cuenta, me fije en lo idiota que
había sido, me había perdido de verdad. Al límite del llanto y la frustración,
me senté entre las raíces de un árbol grande con si fuese mi protector, donde
cerré los ojos mientras las lágrimas no paraban de salir de mis ojos y el nudo
de mi garganta me ahogaba como si unos dedos rodeasen mi cuello. Poco a poco,
noté el cansancio de haberme pasado durante horas llorando, ¿horas? ni había
amanecido aún, pero se sentía como si hubiese estado ahí durante mucho tiempo, cerré los ojos, me sentía a gusto, pero los abrí asustada al
notar como alguien se ponía entre el árbol y yo y me rodeaba con sus brazos.
Siempre tan asustadiza, duerme.
-Esto no
es real, tú no existes.- dije en un susurro sin girarme y notando como alguien
me tenía sujeta por la cintura, notaba su frío absorbiendo el poco calor de mi
cuerpo, notaba como se fundía conmigo.
Duerme Lúa, solo duerme.
Y como
si de un conjuro se tratase, así lo hice, me dormí.
Me
desperté en medio del bosque al notar como un hocico me movía ligeramente, abrí
un ojo distinguiendo a Sami, cuando abrí el otro me di cuenta de donde estaba,
cada movimiento que hacia me dolía, me había quedado fría de dormir en el
bosque, recordando lo de la noche anterior, miré hacía todos lados intentando
encontrar a alguien que estaba claro que no estaría, todo había sido fruto de
mi imaginación, cada cosa, cada roce, cada palabra, estaba perdiendo la cabeza,
me levanté de entre las raíces de mi protector de manera cansina, y anduve hacía
mi casa con Sami a mi lado correteando de un lado a otro.
¿Qué hora
sería?
Entré a
mi casa, la cual se había quedado también fría después de haber dejado la
puerta trasera abierta, una irresponsabilidad
de mi parte, lavé las pocas cosas que había en el fregadero y pasé por el
salón comprobando que esta vez, la luz funcionaba correctamente, esto me servía
para convencerme de que todo había sido un sueño traicionero que se había reído
de mí.
Subí las
escaleras de manera cansina y fui directa al baño para darme una buena ducha de
agua caliente, que me hiciese recuperar mi temperatura normal y quitase la
tensión de mis hombros y cuello, una vez duchada fui a mi cuarto para vestirme,
hoy me tocaban varias reuniones y no podía permitir que todo este asunto del
sueño me atormentase, había sido solo eso, un mal sueño, o quizás dulce sueño, me abracé a mi misma
por la cintura recordando aquellos brazos, cuando sonó mi teléfono.
-¿Sí?
-Lúa, ¿Cómo vas? Llegas tarde.- suspiré
por el teléfono ganándome una regañina de mi compañera de trabajo, cogí la ropa
del armario mientras no paraba de hablar por el teléfono. Sí, sí, en cinco
minutos, no te impacientes. Siempre
tarde, no puedo cubrirte siempre.
-Ya te
contaré el por qué de mi retraso no te creería si te digo qué… - mi voz se
cortó cuando me fije en lo que había encima de la cama, dejé de escuchar a mi
compañera, cuando la foto que había guardado la noche anterior estaba ahí,
sobre la almohada de mi difunto esposo.
-¿Lúa? ¿Estás ahí?
No,
obviamente, no estaba.