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sábado, 20 de agosto de 2016

Irreal.



A veces desearía saber cómo llegué a este punto de mi vida, buscando entre las sombras y el misterio de lo desconocido, dejar una carrera a medias para saber de donde procedía aquel secreto que aun nadie logró descifrar, saltar las barras de lo imposible, se atrevieron a decir aquellas personas que a las que le conté mi nuevo objetivo, sin cabeza e irresponsable, me dijeron aquellos que ya no veían mi futuro como algo factible, pero ninguno me molestaba lo suficiente como para contraatacar y dejar claro que mi sentido común funcionaba  a la perfección, las provocaciones no me hacían gritar como un poseso para defender mi postura, porque ninguna de aquellas afirmaciones falsas me perjudicaban. Excepto una, la crueldad de la mente humana es infinita y aún es peor cuando se les ocurre opinar sobre tu estado psicológico y amenazaban con llevarme a especialistas, sé lo que vi y sobre todo lo que viví, porque es mi vida, pero para ellos no les parecía suficiente, solo atacaban con la palabra ''loco'' y la frase ''necesitas un psicólogo o mejor un psiquiatra'', gracias a esto aprendí que aquello que pienses jamás gustará si está fuera de lugar, que debes seguir un ritmo constante y ser como el resto, por eso escribo. Aprendí que escribiendo podría llegar más lejos que cualquier persona ceñida a lo que denominan ''normal'' pero ¿quién dice que está dentro de lo normal? ¿Tú eres normal? Nadie lo es, a menos que seáis robots o clones. Curioso.
Las personas mantenemos unos cánones, incluso a la hora de comer, si te sales de ellos, ya te excluyen y te echan de aquello denominado ''sociedad''. Me costó entender todo esto ahora,  teniendo en cuenta de que yo seguía un canon bastante particular, universitario, con un piso pero la financiación de mis padres en cualquier momento, con oídos que escuchaban y se dejaban afectar por lo que decían los que me rodeaban, comentarios que sinceramente me ponían rojo de ira, salía de fiesta y me emborrachaba y porque no, también me drogaba. Un canon con los que muchos en este momento se sentirán reflejados. 
Me impulsaron hacia arriba, de manera que si quería bajar, debía joderme la vida a mí mismo, pero que para subir, tenía que magullarme las manos y rodillas. Ahora mismo, sigo buscando los ojos del ocaso y la capucha gris, la sensación de que me observan cada noche está presente y me angustia, me despierto cubierto de sudor y sin recordar donde estoy o que acababa de hacer unas cuantas horas antes, el sabor metálico de mi boca no desaparecía ni con los enjuagues más fuertes del mercado, me sentía, enfermo. Tan enfermo que tenía miedo de ir al matasanos para que encontraran la razón de mi ''enfermedad'' ¿lo digo bien? No sé que otro nombre ponerle a parte de enfermedad. Quizás cogí frío, vivo en una ciudad fría con una calefacción tan cara que vender mi riñón saldría barato. Pero no, no tiene sentido. Cada mañana con una taza de café hirviendo en mi mano, la cual me extrañaba que no tuviese quemaduras, miraba hacia la ventana buscando algo que nunca estaría en la madrugada, la niebla de disipaba con miedo de que le rozase los rayos de un sol amaneciente, la atracción hacia ese sitio era lo que me hacía reemplantearme si merecía la pena continuar con la vida que llevaba, el deseo de perderme me poseía cada mañana, un deseo que desaparecía cada mañana también tras el sonido del despertador que me decía que era la hora de ir a mis clases, clases que cada vez me desagradaban más.
La misma rutina. El ascensor. Saludar al de recepción medio dormido tras una noche de guardia. Andar  hacia la derecha. Seguir recto, más recto. La mujer de la panadería abriendo el local. El hombre del café colocando la terraza al ver que esta mañana hacia sol. Vaya, sol. Y por fin, la facultad, edificios altos de ladrillo rojo con tocados de madera oscura, con zonas verdes, los alumnos con más ''postureo'' se sentaban ahí antes de empezar las clases con su taza de café, pero parecía que los imbéciles no aprendían, siempre acababan con los pantalones empapados por el rocío del césped y la humedad de la ciudad, por lo que tenían que salir corriendo para cambiarse y no pareciera que se habían meado encima. Lo que yo decía: imbéciles. Sentarse en tu silla de siempre, saludar a tus compañeros con la mano y notar las miradas furtivas de algunas chicas y los descaros de los chicos. Tomar apuntes y escuchar al profesor. Monótono y aburrido. Fin de clases, cuando sales de la facultad ya es de noche, ya está oscuro, con solo las farolas alumbrando y dictándote el camino a seguir para llegar a tu casa.
-¡Félix!- me giro al escuchar mi nombre, encontrándome con la silueta de Isaac, un chico de mi edad, que estudia en la facultad de al lado, al único que puedo considerar amigo en este lugar tan pequeño, a pesar de no confiarle todos mis secretos, me sirve para enterarme los intereses de ''x'' chicas y de participar en alguna fiesta cutre universitaria.
-Hola.- le ofrezco mi mano para chocarla y él la acepta con una sonrisa en la cara.
-¿Cómo te va tío? Te informo, que esta noche hay una fiesta impresionante y no podemos faltar
-¿Podemos?- ¿veis lo que os decía? Isaac es necesario para este tipo de cosas.
-Sí, los dos.  Hace muchísimo que no salimos, estarás todo el día encerrado en tu casa estudiando, estará bien y encima habrá calefacción gratis.- parece entusiasmado, y mentiría si dijese que no quería ir, salir no vendrá nada mal, además hay calefacción gratis y ahorrar en estos momentos es lo que más necesito. Le dije que sí, a las doce en una vieja mansión de un chaval que estudiaba aquí, cuyo nombre ni me sonaba,  me despedí de Isaac con otro choque de manos y seguí rumbo a mi casa.
El de recepción seguía aquí, solo que ésta vez en la otra punta de la recepción recogiendo lo que parecía ser una caca de un perro pequeño, miré la cara del pobre hombre y su expresión solo reflejaba un sentimiento: asco. Aunque es comprensible, a nadie le gusta recoger excrementos de animales y mucho menos si la criatura no es tuya.
Llegar a casa y suspirar ya era una tradición para mí, tirar la bandolera con los libros al suelo  y saber que no la iba a recoger hasta el domingo y para releer mi temario para no llegar pez al día siguiente. Abrí la nevera y para mi evidencia, estaba vacía, ¿hacía cuanto no iba a la compra? No lo recuerdo. La presión de mi cabeza aumenta tanto que me obliga a ponerme de cuclillas en el suelo y apretar en mis sienes con fuerza, llevo así desde hace unas semanas,  es como si un martillo me clavase una clase que me atraviesa absolutamente toda la cabeza, agonizante. La primera vez que lo tuve, fue cuando se cerraron las puertas del ascensor hace dos semanas, después de que aquellos ojos me atravesaran como dagas. Desde hace dos semanas, mi vida, está tornando un camino de monotonía, dolor de cabeza y amnesia al despertar. Pechuga de pollo. Ahora recuerdo mi cena de ayer. Mi dolor de cabeza desaparece y vuelvo a olvidar lo que cené ayer. Me incorporo rascando mi cabeza por la parte trasera mientras ando directo a la ducha, es demasiado extraño. El agua fría me congela más de lo que ya estaba, pero me niego a encender la caldera, no me puedo permitir gastos de más, solo lo realmente necesario. Salgo de la ducha y me visto con lo más abrigado que encuentro, a pesar de que Isaac  me informó de que habría calefacción algo dentro de mí me decía que se iba a estropear, así que mejor ser precavido, lo último que quiero es pasarme la noche entera tiritando y deseando estar dentro de mi colcha. Reviso todo a mí alrededor y lo que contiene mi bolsillo: dinero, el móvil y las llaves. No es necesario nada más, salgo de casa decidido, bajo por el ascensor mirando las puntas de mis zapatos, es como si temiera alzar la cabeza, notaba como me observaban y si levantaba mi mirada encontrará algo tan tenebroso que cambiaria mi vida de golpe. El ascensor paró dejándome en el portal.
-Buenas noches, señor.- dijo el recepcionista desde su puesto, Manuel, creo que se llamaba.
-Gracias.
-¿Va a salir?- dijo con tono curioso, me paré en el sitio y giré mi cuerpo para mirarle.
-Sí, ésta noche al parecer organizan una especie de fiesta para universitarios.
-Oh, pues tenga cuidado, la niebla está muy espesa esta noche, tenga cuidado  de no perderse.- me miró tan fijamente a los ojos que un escalofrío me recorrió cada una de mis vértebras.
-Gracias...- murmuré y salí por la puerta, lo que me encontré no me lo esperaba, todo estaba cubierto de una niebla espesa que permitía ver pero con dificultad.
En cuanto me disponía a andar, el sonido de unos tacones inundó mis oídos, paré en seco y el tiempo se paró, la sensación de haber vivido esto anteriormente me poseyó y el dolor de cabeza me inundo de nuevo junto a un pitido que lo agudizaba, el taconeo cesó y junto a él mi dolor de cabeza. Giré mi cuerpo dirección al sonido de los tacones, unas diez baldosas más allá se encontraba una muchacha, su vestido blanco se ondeaba, su cabeza cubierta por aquella capucha gris y un par de mechones que desvelaban el color de su pelo, estaba parada ante mí, no sé si me miraba, no sé que quería y yo al verla, me quedé sin voz, sólo podía observarla, quieta,  como una figura irreal, como un fantasma.
El embelesamiento terminó cuando la chica continúo su camino, girando su cuerpo y atravesando la carretera dirección al bosque, siempre al bosque. ¿Debería seguirla? Cuando la perdí entre los árboles y la niebla, desperté, miré la hora del móvil y ya llegaba tarde a la fiesta, alce el móvil con la pantalla ya apagada, y por el reflejo pude verla, vi su rostro, tuve tentación de gritar por el susto, pero me di la vuelta como si de un rayo se tratase encontrándome, absolutamente nada. Negué con la cabeza, me estaba obsesionando. Miré al bosque como si me estuviera llamando. Era hora de entrar.