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sábado, 7 de julio de 2018

Ahogamiento


La piel de gallina siempre fue característica en mí, hay palabras o emociones que nunca termino de comprender y que se quedan en mi sistema nervioso con la intención de quedarse, el miedo nunca me ha gustado y aunque cueste creerlo hay gente que siente el miedo y lo disfruta e incluso, experimenta con él. Nunca lo entenderé. También odio el sentimiento de aturdimiento, no saber dónde estoy e incluso dudar quién soy, solo puedo decir que lágrimas han caído por mis ojos de manera desgarradora y muchas veces sin sentido alguno, pero tampoco voy a contar lo que se siente al entrar y salir de un quirófano, son experiencias propias y dolorosas de recordar, casi siempre, entras llorando, con angustia y sobre todo, miedo; mientras tanto al salir, tu estómago parece dado la vuelta, tu cabeza es un tiovivo que no sabe bien dónde situarse ni como sentirte y prácticamente a pesar de todas las drogas "suaves" que tienes en tu cuerpo solo estás incómodo, dolorido y asqueado por el sabor metálico de tu boca. Y así es cómo sin quererlo hice un pequeño resumen de lo que se siente al entrar y salir de un quirófano.
Sea cual sea tu estancia en el hospital, será desagradable, por desgracia lo sé  por experiencia propia. En mi caso, esto no es nuevo como ya di a entender en mi introducción a esta historia, ahora mismo la escribo desde mi estudio, en un portátil que ha reproducido todos y cada uno de mis relatos, es un escritorio de madera oscura con pequeños tallajes de espiral ,con la luz de dos velas para que mi concentración se quedé en el teclado y pantalla de mi ordenador, un moño mal hecho y…  ¿para qué mentir? con una máquina de oxígeno al lado y un pijama de lo más cuco. La maquina tiene explicación, hará dos semanas que me  detectaron un enfisema pulmonar, para los curiosos y sin vocabulario dentro del ámbito de la medicina, es una enfermedad en la que tus bronquios se hacen más viejos a una velocidad que no deberían por lo cual, impide que el oxígeno llegué a mis pulmones como debería. Una vez explicado empezaré con mi historia.
Una noche de rebeldía con mi propio cuerpo decidí acostarme sin la sonda, pensando y autoconvenciendome que lo que me estaba pasando era únicamente porque estaba acostumbrando a mi organismo a un suplemento como era el oxígeno en me de forzarlo a respirar y obtener el oxígeno necesario por si mismo, al acostarme y tumbarme fue bien, conseguí conciliar el sueño, pero al despertarme la imagen habia cambiado, en un lateral mi madre estaba agarrando mi mano, con la cabeza gacha y murmurando por lo bajo lo que suponí que estaba rezando, noté en mi nariz la sonda transmitiéndome oxigeno y un pii pii  continuo a lo que supuse que eran mis constantes vitales, me estremecí ante la confusión del momento, mi último recuerdo era en mi cama, durmiendo, solté un gruñido de dolor, la garganta la notaba seca, tan seca como mi nariz, vi a mi madre levantar a mi madre la cabeza con sus ojos como platos y acto seguido rodeándome con sus brazos, no era la primera vez que pasaba esto.
-Mi niña, estás bien.- la oí susurrar a mi oído.- ¿qué hacías sin los aerosoles?- negué con la cabeza cansada, una señal de que quería que me dejase tranquila y qué después hablaríamos aunque esperaba con ansias de que ese después nunca llegara.
-¿Qué ha pasado?- dije todavía confusa y llevándome mi brazo libre a la cabeza, me dolía demasiado en la zona derecha.
-Entraste en parada respiratoria. Otra vez.- dijo mi madre sentándose en la cama y acariciando mi frente con su cara de preocupación.- la tercerea vez en un mes, Leila.
-Uf.- suspiré resignada.- te juro que ni me he dado cuenta…
-Cariño, sabes que después tenemos qué hablar, ¿verdad?- suspiré resignada y apartándole la mirada, no quería dar explicaciones.
Adoro el silencio, pero en ese momento era lo más incómodo del mundo, mi madre ya no sabía qué hacer en el cuarto, dio vueltas sin parar y el agobio se le notaba en los ojos, yo me limitaba a estar sentada en la cama con las piernas en flor de loto siguiéndole con la mirada, sabía que mi madre quería decirme mil cosas, o más bien millones pero me salvaron los médicos con la frase: "No hay que agobiarla ya hablará."  Esa frase para una madre a flor de piel por los nervios de preocupación es lo peor del mundo, teniendo en cuenta que es la que me encontró tirada en mi cama con los ojos en blanco y la piel prácticamente morada por la falta de oxígeno, curiosamente esta vez habia resultado muchísimo más complicada y peligrosa que otras, aunque sinceramente yo  no lo sentía así. Decidieron que lo mejor sería dejarme ingresada no sabían cuanto tiempo habia estado inconsciente antes de llegar al hospital y que podría encontrarme algún daño cerebral por el tiempo que estuve sin que me llegara el oxigeno a la cabeza. Finalmente, mi madre decidió sentarse, miraba un punto fijo y en momentos como esos me encantaría saber que pasa por su mente ya sea por curiosidad o por saber cómo podría animarla.
-Leila, ¿por qué lo hiciste?- dijo con un tono calmado, pero su intento fue en vano, el nerviosismo y miedo por la respuesta se le filtraba en aquellas simple pregunta.
-Me quería poner a prueba. Sólo eso.- mi respuesta no era válida, o no le gustó, porque resopló y se volvió dirección a la ventana evitando cualquier contacto visual conmigo.
-¿Estás segura?- dijo aún estando espaldas a mí.
-Mamá, ¿por qué crees que lo hice?- el silencio volvía a ser cortante, los médicos estuvieron antes hablando con ella a solas; todavía no sé qué le dijeron, pero la curiosidad tampoco me inundaba. solamente me quería ir de allí.
-¿Leila Ruíz?
-Sí.- dije llevando mi mirada hacia lo que supuse que era un celador que llevaba una silla de ruedas vacía.
-Tengo que llevarte a  RAYOS. Te toca la resonancia.- asentí con la cabeza y me levanté de la cama para sentarme en la silla, volví a dirigir la mirada a mi madre que ya se habia girado, sus ojos estaban rojos.
-Yo te espero aquí, cariño.- asentí otra vez y le hice un gesto al celador para emprender el camino a la sala de resonancia, el hombre, ya mayor, intentó conversar conmigo sobre la razón de mi estancia y el por qué debía de llevar una bomba de oxígeno siempre pegada a mí, yo hablé poco y mis respuestas era cortas y concisas, me gustaba más mirar a mi alrededor, los pacientes, los enfermeros, las máquinas… Odiaba las paredes blancas, porque a pesar de ser blancas estaban sucias volviéndose grises y la pureza y limpieza desaparecía, el suelo estaba también sucio, pero no era de extrañar a lo largo del día, pacientes, sillas, camillas y demás pasaban  por ahí, lo extraño sería que estuviera limpio.
El celador desapareció en un abrir y cerrar los ojos una vez que llegamos a la sala de espera de la resonancia, estaba vacía y fría, me arrepentí de no llevarme ni el móvil ni una chaqueta, me tocaba esperar muerta de frío, habia otro paciente. El aburrimiento estaba tan presente que no me habría importado tener compañía, en ese mismo instante vi como un enfermero salía, me alegré en el momento , me tocaba a mí.
-¿Leila Ruíz?- asentí analizándole, alto, pelo rubio con flequillo, tez pálida, estaba segura que si le daba el sol se pondría como una gamba, sus ojos eran oscuros y achinados y su mandíbula perfilada.
No es feo- Fue el  primer pensamiento que tuve. Asentí con la cabeza y según asentía mis esperanzas de entrar a la máquina se desvanecieron al verle extender un papel hacia mí.
-Firma aquí para el consentimiento.
-¿Consentimiento?
-Vamos a ponerte contraste para la resonancia, es necesario.- me encogí de hombros e hice lo que él me pidió, vi cómo se alejaba de mí volviendo a dejarme sola y resoplé agotada, lo peor de los hospitales es que el tiempo pasa más lento de lo que nos gustaría, un minuto se siente como una hora y sobre todo, tenía hambre. 5 horas sin comer ni beber.
No sé cuánto tiempo estuve en esa sala de espera, pero lo que sí puedo asegurar es que aquel enfermero se paseó más de 10 veces y todas y cada una de ellas habia una mirada hacia mí, y en todas ellas yo intentaba dedicarle una sonrisa para evitar preguntar, sonrisa sin dientes sino me pillaría mordiéndome la lengua. Bonitos ojos de gato  me dijo en una ocasión, yo otra vez me limité a sonreír y a susurrar un simple gracias. Al final la persona que iba delante de mí salió, yo lo celebré mentalmente, el enfermero que se paseaba se situó detrás de mí.
-Leila, es tu turno.
-Bien. por fin.
-¿Se te hizo muy largo?
-Para nada.- dije de manera sarcástica.- me he entretenido en contar las baldosas del suelo y las veces que entrabas y salías.- el enfermero se rió y yo agradecí que lo tomara como una broma, ahora se puede entender el por qué mi tendencia de morderme la lengua.
La sala era más fría todavía que el pasillo, me estremecí nada más entrar, vi la maquina con forma de tubo en la que me iban a meter, me hicieron entrar andando ya que si entraba con cualquier objeto metálico este se quedaría "pegado" a la máquina,  me tumbaron en la camilla inmovilizándome la cabeza y el cuello, el chico se puso a mi lado revisando todo y esperando a que el técnico entrara para darle al botón.
-Felicidades.- le miré extrañada por tal comentario.- He leído en tu ficha que hace poco fue tu cumpleaños.-  dijo excusándose.
-Sí , fue hace poco, gracias.- dije dedicándole una sonrisa amable.
-¿Cuántos cumplías?
-18.- dije tajante, no es que me cayera mal pero no me gusta hablar mucho, quería que mi estancia en aquel lugar fuera lo más corta posible, su cara fue de decepción, imaginaba que él también se aburría de tanto estar ahí y que lo único que quería era un rato de charleta.
-¿Eres de aquí?
-Sí.
-Ya decía yo que tu cara me sonaba.
-Bueno, es natural.- dije encogiéndome de hombros.- se ven pocas chicas con un trasto de oxígeno por la calle.
-Cierto.- oí que decía por lo bajo.- ya viene el técnico, si necesitas cualquier cosa o te agobias dale al botón, te sacaremos en seguida.- le sonreí agradeciéndoselo, y así fue como comenzaron los 20 minutos más largos de mi vida, con un sonido atronador continuo, no habia tregua para mis pobres oídos,  y aunque la ansiedad de estar en un sitio tan estrecho aparecía, debía aguantar sino mi estancia se alargaría por el hecho de parar y reanudar aquella dichosa prueba. Pasaron los dichosos 20 minutos y por fin me ayudaron a salir.
-Leila, ¿cómo te encuentras?-  dijo el técnico.
-Bien, ahora por favor quíteme esto de cuello.- dije  yo un poco nerviosa, cuando empezó la máquina a sacarme ya había intentado yo arrancarme aquel casco del demonio, me hizo caso y una vez quitado me incorporé y conseguí respirar con normalidad, mi pecho subía y bajaba de manera irregular, necesitaba descansar. Salí de aquella sala y notaba como mi respiración iba a peor, empecé a respirar con muchísima dificultad lo que causo que me cayera al suelo, el enfermero intentó agarrarme pero no le fue posible, empecé a transpirar y a ver borroso, me estaba ahogando, noté como  me colocaban los aerosoles, pero fue demasiado tarde, yo ya no estaba consciente.
Desperté en mi cuarto, pero el del hospital, aun me costaba respirar y el dolor de siempre que me desmayaba ahí estaba, lleve mis brazos hacia la cabeza y noté como en el lateral derecho tenía un chichón bastante importante.
-¿Mamá?- dije con los ojos entornados.
-Sí cariño, aquí estoy.- dijo mi madre de manera apresurada.- ¿cómo estás?
-No me encuentro muy…- no pude terminar la frase, giré mi cuerpo y vomité junto a una tos que rasgaba mi garganta por dentro, me dolía y escocía; en ese instante mi mayor miedo era atragantarme con mi propio vómito. Vomité al menos 5 veces. Nada podía parar esa angustia y malestar, mi pobre madre hacía lo que podía, toallas húmedas estaban siempre en mi frente secando mi sudor e intentando calmar el sofocón que estaba pasando mi cuerpo, cada vez que vomitaba creía que estaba completamente vacía; mentira, siempre que empezaba con las náuseas expulsaba cosas que no sabía que ni tenía, no paraba de expulsar bilis y el olor no ayudaba para que mi estomago se calmara, una vez acabé estaba empapada, tiritaba del frio de la habitación mezclado a mi sudor, mi respiración se mantenía gracias a la sonda de mi nariz que en ese momento agradecía más que nunca que estuviera ahí, mi madre me ayudó a sentarme, una vez sentada y llena de sudor, me desnudo completamente y con una toalla mojada lavó mi cuerpo como pudo para posteriormente ayudarme a vestirme con un pijama seco.
-Mi niña, ¿cómo estás?
-Estoy mamá, solamente estoy.- me limité a decir mientras sentada me balanceaba por el mareo de estar tan débil y mis ojos estaban completamente llenos de lágrimas retenidas por el esfuerzo.
-Voy a avisar a las enfermeras para que te cambien de sábanas y te miren las vías, tengo la sensación de que una se te ha salido, siéntate en la silla hasta que vuelva.- me ayudó a sentarme en aquellos sillones de hospital beis que estaban para las visitas o acompañantes, eran espantosos, y no sólo de color, la falta de comodidad era su principal característica, pero en aquel momento cualquier sitio dónde apoyar la cabeza me bastaba para relajarme. A veces sentía que mi cuerpo no me pertenecía, y si se piensa fríamente, no lo era; dependía de una máquina que me ayudase a respirar, sin esa máquina yo no era nada. Escuché la puerta abrirse junto a la voz de mi madre hablando seguramente con alguno de los enfermeros.
-Leila, ¿estás despierta?- asentí con la cabeza.- ¿recuerdas algo?- volví a asentir.- dime tu último recuerdo.
-Fue cuando iba dirección a la silla, me ahogué y me caí, llegaron con los aerosoles, pero no sirvió de nada, me desmayé.- dije cansada.
- Vale, ¿puedes abrir los ojos?-  los abrí desganada, no me quería mover ni para pesteñear, una vez abiertos me encontré con la cara del chico de la resonancia.- ¿sabes quíen soy?- asentí otra vez con la cabeza.
-Eres el chico que estaba abajo, imagino que el que me socorrió.- el chico sonrió de manera dulce; o eso creía.
-Me alegra de que me recuerdes, voy a ser tu enfermero la estancia que estés aquí, si no te importa.- yo me limité a encogerme de hombros, mi estancia allí sería corta, se supone que no tengo nada más.
-Entonces estaremos poco tiempo juntos, en cuanto mis niveles de oxígeno se estabilicen me iré a casa.- afirmé con seguridad,  el enfermero giro la cabeza fingiendo vigilarme la vía, mientras mi madre solamente salía de aquel cuarto.