Visitas.

domingo, 18 de agosto de 2019

Mi respiro.


Nostalgia. Encerrada en una cárcel que la estaba ahogando. Procesando la muerte de su padre. Lidiando con un matrimonio que odiaba. Criando un hijo de la última persona que deseaba. Dafne cepillaba su cabello oscurecido por los años, aquel rubio deslumbrante había sido sustituido por un rubio oscuro, como la paja pasada. La ventana y los viajes de su marido o cuando se iba a dormir o a cualquier otro sitio era el único momento en que podía ser libre. Ya no leía y apenas paseaba. Aquella Dafne era la sombra de lo que fue. Ser buena esposa. Ser buena madre. Un orgulloso para su padre y su familia.
Mirar a lo lejos los olivos y las higueras, centrarse en los paisanos trabajando sus tierras buscando aquel cabello se tanto le gustaba acariciar, su propiedad por llevar un anillo. Las montañas a lo lejos con sus secretos. No hubo viajes ni vida después de casarse, las promesas de una vida mejor fueron totalmente eclipsadas por la mentira.
-Dafne, me voy. - una voz irrumpió en la habitación conyugal.- Volveré por la noche, ya sabes que tienes prohibido salir y ocúpate de nuestro hijo.- Dafne ni se inmutó, sin contestación, sin mirarle. Oyó alguna carantoña hacia el niño de la cuna que tenía dos años, su risa y como unos labios rozaban su hombro.- Volveré lo antes posible. Te quiero.
Sin respuesta por parte de su esposa, Mauro salió por la puerta dando órdenes de que la vigilasen, que no se fuera. Dafne desde el dormitorio, escuchó las órdenes y cerró sus ojos con fuerza para no romper en llanto. Se levantó y se acercó a la cuna para ver al pequeño, lo observó con atención y pena, aquel niño no era fruto del amor, era una imposición para que jamás se escapará. Dafne alargó su mano y con los dedos acarició la mejilla de su hijo, el niño al notar el tacto de su madre, le sonrió e intentó cogerle la mano para conseguir algún cariño más, pero Dafne con frustración, le apartó la mano de forma brusca y salió del cuarto con el máximo sigilo que había entrenado los últimos años.
Salió sin problemas de la casa con ayuda de aquellos que la conocían de los años trabajando para su padre, personas que habían llorado junto a ella la muerte de este. Cuando logró estar lo más alejada posible de la casa, se descalzó y pisó la tierra mojada con sus ojos cerrados sintiendo la lluvia de los días atrás, octubre era un punto de inflexión, o por lo menos ella lo sentía así. Su olivo esbelto, allí donde paraba a descansar, a subirse la falda, soltarse el pelo y respirar. Su olivo para recordar. 3 años habían pasado. Y el recuerdo idializado siempre se mostraba igual.
Siempre esperando huir. Siempre esperando que apareciera.
Nunca lo hizo. Desapareció de la nada y aquellos sueños que crearon se rompieron como una rama seca. Dafne deseaba saber qué pasó, con aquel pensamiento se acostaba y levantaba, con preguntas sin respuestas.
Aquel lugar, sentada a la sombra del olivo, con los últimos rayos de sol impactando contra su blanca piel, llorando.
-¿Por qué, Hernan? ¿Por qué permitiste que ocurriera esto? La agonía de los días, de no encontrarte, de querer saltar por la ventana siendo lo único que me retiene un hijo al que no puedo querer. Se parece tanto a su padre y yo deseando cada día que se parezca a ti y que quién entre por esa puerta sea tú con su cabeza en mano. Dios, perdóname por tales pensamientos pero no puedo. Repudio a ti porque mentí y aún sabiendo que mentiría permitiste que nos casasemos y a la única persona que en vida amaré arrebatándola de mi lado. Siempre culpable de mis desgracias.
La noche cayó, la luna se presentó alumbrando con su tenue luz. Dafne se levantó del olivo y volvió a su hogar. Nada más abrir la puerta la ama de llaves, una gitana que llevaba allí incluso antes de que ella naciera, la cogió de la mano apretándosela, miró los ojos verdes de aquella muchacha, tan hinchados, tan tristes.
-Vamos, mi niña. Yo te cuidaré.- y como si fuera su propia hija, la llevó al baño, mandó calentar agua para la bañera, una vez llena, ayudó a Dafne a desvestirse y a meterse en esta. Se sentó con las rodillas pegadas al pecho y con una palangana, la ama de llaves empezó a lavar la cabellera de la muchacha. Con una mano le echaba el agua, con la otra la acariciaba mientras pequeños sollozos salían de sus entrañas, ella la mimaba. La intentaba cuidar y ayudarla a querer a su hijo. Negado por su madre desde el momento que se enteró que estaba en cinta.
-Mi niña, ¿desea contarme que le atemoriza esta noche?
-Los recuerdos.
-¿Y qué recuerdos son esos que la rompen tanto?
-Los recuerdos de una vida que jamás tendré.
-Ay mi niña. No puede compadecerse por aquello que no ha pasado, no puede seguir un luto por algo que no existió. Debe apreciar lo que tiene, su casa, su hijo, a su marido.
-Ni en mil vidas querré a ese hombre. Jamás seré suya.
-La vida da muchas vueltas, Dafne. Y al igual que da muchas vueltas, puede acabarse en un instante. No ame a su marido, pero sí a su hijo, él no es culpable de su dolor.
-Pero se parece tanto a él...- dijo en un susurro.
-Porque no le está permitiendo parecerse a usted. Siempre fue inteligente, Dafne. Hasta que no deje de llorar jamás podrá encontrar la libertad que tanto anhela. Ahora salgase del agua o te se convertirá en garbanzo y le mandaré a cocina para que hagan cocido con usted. - Dafne sonrió tímidamente y el ama de llaves se dio cuenta de que aquello era más de lo que podría desear.
Le prometieron lavar las ropas llevas de tierra para cubrir su escapada, se deslizó un camisón de seda por el cuerpo y volvió a su cuarto. Nada más entrar, vio como el niño de la cuna abría los ojos y le echaba las manos. Sus ojos grises eran felicidad al verla y sus bucles en el pelo le daban un toque travieso que a Dafne le divertía. Se acercó y con delicadeza lo cogió. El niño reía y miraba a su madre con puro amor. Dafne le depositó un beso en la frente y se sentaron en la mecedora de en frente a la ventana, entre sus brazos el niño se acurrucó en el pecho de su madre y Dafne le contempló. Sintió un beso en la cabeza y sin alarmarse siguió mirando al pequeño.
-No sabes la alegría que me da veros así, Dafne. Sabía que al final recapacitarías y verías lo felices que podemos ser.
-Es mi hijo, es todo en mi vida.
-Nuestro hijo, mi amada.- sintió sus manos acariciando sus hombros, pero no se había confundido al decir "mi", aquel "nuestro" no era real.
La lluvias llegaron y los días de calor agobiante, junto los meses pasando y los años corriendo. El dolor del recuerdo siguió menguando aunque el pinchazo siempre aparecía. La vida se convirtió en costumbre. En escapadas y lecturas a escondidas. En historias de aventuras para su hijo antes de dormir. En la búsqueda del pasado mirando al futuro. Esperando la señal.
Convirtiéndose en la madre perfecta.
En la mujer perfecta.
Su hijo en los 5, la inocencia de amar a su madre y admirar a su padre. Ignorando los gritos cuando estaban juntos.
La peor fue cuando su padre había descubierto, que su madre lo sacaba a los olivares.
-¡Eres una irrespetuosa, Dafne! ¡Te lo ordené!
-Mi hijo tiene derecho a conocer mundo, no solamente estas paredes.
-¿Tu hijo? Deja de hablar de él como si fueras su dueña.
-Tienes de padre lo mismo que de honrado, Mauro, ¡absolutamente nada!- fue la primera bofetada.
-Entérate de una vez, Dafne. Tanto tú, como las tierras y el niño, sois míos. Y como me entere de que esto vuelve a ocurrir, no volverás a ver la luz del día. Estás advertida.- salió de puerta con un portazo que asustó al pequeño que se encontraba jugando con un pequeño caballo de madera. La ama de llaves apareció por la puerta con un trapo con agua fría y lo depositó en mejilla de la muchacha.
-Dafne, tienes derecho a llorar.
-Solo me quiero ir.
-Si fuera tan fácil, yo misma le sacaría de aquí. No soporto ver como se va consumiendo.
-Estoy atrapada.
-Sé fuerte, Dafne. Algún día podrás volver a ser libre.

martes, 23 de julio de 2019

Tormenta.


Llovía con furia, aquel viento me recordaba a la rabieta de un niño pequeño.
Deseaba correr lejos, pero el barco no me lo permitía. Fantasee con la idea de correr en  tierra firme, en playa de arena blanca oscurecida por las gotas que caían en aquella tormenta, tratándose de un llanto tras meses de sequía. Hacía meses que no llovía. Por eso no pisábamos tierra firme. Los rayos iluminaban de forma tenue mi camarote. Reinando la simpleza en mis 4 paredes metalizadas, totalmente en aislamiento de lo que estuviera pasando a mi alrededor. Me incorporé de la cama para observar mejor el diluvio, era toda una guerra, una guerra que me encantaría tocar e inmortalizar. Deseaba saber pintar todo aquello que los rayos iluminaban, era un paisaje que duraba unos simples segundos, 3 a lo máximo, me bastaba. Lo habia memorizado, pero a quién pretendía engañar, siempre lo acabaría idealizando, era una belleza imposible de plasmar.
-¿Estás?- una voz al otro lado de la puerta me despertó de mis pensamientos, refugio seguro en una intimidad que brillaba por su ausencia. Me dirigí a la puerta con desgana, sin reloj sabía que era tarde, el toque de queda habia pasado. Una vez abrí, las luces de emergencia se habían activado y en aquella tormentosa oscuridad unos ojos café me traspasaron, sabiendo ya qué buscaban y cómo acabaría.
-No.- dije lo más rápido que pude mientras cerraba la puerta, pero un pie se interpuso. Se avecinaba la condena por desear más de lo que jamás lograré tener.
-Por favor.- unos ojos de cervatillo que intentaba evitar me traspasaron con súplica. Pero no quería.
-No quiero ir, es tarde. Vete.- volví a intentar cerrar la puerta, pero lo único que sé es que ayudé para que terminase de colarse en mi camarote y junto a ello un bufido de mi parte. Me agotaba.
-¿Por qué no?- dio una vuelta sobre sí clavando su mirada a la mía de manera traviesa, sentí pereza y atracción.
-Es tarde.
-Está lloviendo, no vas a dormir te conozco te quedarás encima de tu nube imaginando como sería estar fuera.
-Eso no es verdad. Estaba a punto, pero me has interrumpido.- dio un paso hacia mí, sentí la incomodidad e involuntariamente di un paso atrás y así estuvimos hasta que mi espalda chocó contra la pared, saber que algo va a pasar antes de que ocurra es una de las sensaciones más perturbadoras existentes, sobre todo cuando no puedes evitarlo.
-Ven conmigo, ahórrame tiempo.- me callé y miré mis zapatos, mirarle a los ojos suponía perderme, caer, ceder.-Por favor, sin ti me perderé. Tienes más cabeza que yo, más estabilidad, ¿quieres que me caiga?
-No manipules.
-No lo hago.- con su mano subió mi cara hasta que llegó a sus ojos.- Es simplemente lo que pasaría si no vienes conmigo, me perdería.- me relamí los labios intentando encontrar  mi orgullo y a mi capacidad, completamente nula, de decirle algo tan simple como un "no" a la persona que tenía delante. Siempre las cartas a su favor. Acercó su boca a la mía, sin tocarla, sin rozarla y me quedé sin aire.- Por favor, ven.
-Esto no vale.- dije sin quitar mi mirada de sus labios.
-¿Vendrás?
-Te odio.
-Ojalá lo hicieras.- se apartó de mí y pude respirar. Su cercanía me alteraba y lo sabía. Me relamí los labios y obvié su última frase. Me negaba a discutir.
Una vez me puse las zapatillas y con el abrigo encima, recorrimos los pasillos, tenía razón, la luz había desaparecido en todo el barco, las luces de emergencia daban un toque siniestro a todo el barco, avanzaba en silencio, no me habia contado dónde íbamos y tampoco lo que haríamos, lo primero lo intuía, en un sitio como este los escondites eran muy limitados, las cámaras abordaban todo el barco. Lo segundo me causaba más tensión y que me buscara por protección para pararle los pies cuando fuese necesario,solo me causaba angustia. Pasillo a la izquierda, pasillo a la derecha, su destreza para moverse era como si tuviera un mapa en su cabeza, siempre me asombró, yo ya ni sabría como volver a mi camarote. Entonces caí.
-Estás dando vueltas.- me paré en seco.
-Eso no es verdad.
-Sí es verdad, y no me hace ni pizca de gracia, ya puede empezar a hablar sobre de qué va todo esto, está bien que quieras tener misterio, pero me merezco una explicación ya que me estás arrastrando.
-Siempre has sido inteligente, más que yo.- se rió por lo bajo, era tan difícil de descifrar que siempre que lo intentaba la cabeza me acaba doliendo con jaqueca.- Vamos, queda poco, después te lo explico.
-No quiero ir, devuélveme a mi cuarto, sé que sabes volver.
-No.
-¿No?
-No.
-¿A qué viene todo esto? No quiero jugar más a lo que se suponga que estás haciendo.- me di la vuelta con decisión y empecé a andar en dirección contraria.
-¿Qué estás haciendo?
-Irme.
-¡No! ¡No te vayas, te perderás!
-Me da igual, alguien ya me encontrará.
-Te necesito.- paré en seco otra vez y es que aquella simple frase siempre me hacia parar, era mi stop.
-No manipules.
-No lo hago, es verdad. Te necesito, sin ti todo lo malo puede ocurrir, me  puedo perder y no exactamente por los pasillos. Por favor.- rozó su mano con la mía, ¿cómo habia llegado a mí tan rápido?- Guarda silencio, cierra los ojos.- agarró con fuerza mi mano, empecé a sudar de los nervios, pero no la quitó.- Yo te guío, cierra los ojos, no pienses. Quédate conmigo.

Quizás debí huir, me lo repetí varias veces por el camino. Pero por simple casualidad, o eso quiero pensar, cada vez que aquel pensamiento de huir me venía a la cabeza su mano se aferraba más fuerte a la mía. Podría enorgullecerme al pensar en su necesidad conmigo, pero algo más fuerte me recordaba su inestabilidad, su incapacidad de decir la verdad, pero yo caía. Todos tenemos un "nunca más en vida" ese nunca más que se convierte en un siempre y que cuando caes lo haces siempre feliz y que cuando tocas suelo, te duele a rabiar.
Empecé a notar la música, la base tronaba como la tormenta de fuera, sentí las luces chocando contra mis parpados, olí el sudor, la intensidad de casi toda la gente que estaba dentro.
-Ya estamos.- su mano se soltó de la mía, abrí los ojos y las luces me cegaron, láser verdes y rojos recorriendo la sala, los focos de luz blanca dando vueltas intermitentes sin terminar en ningún lugar, cada uno se movía a su manera, alguno con éxtasis y no solamente el de sus venas, saltaban tratando de tocar el techo o hundir el suelo, otros movían sus cabezas al son de la música y con los ojos cerrados, moviéndose lentamente percibiendo el momento de forma opuesta a los que saltaban, habia copas de mil colores con mil desastres en su interior, un DJ totalmente ido, dudaba incluso que estuviera consciente.
Le miré con mil preguntas en la lengua y me paró poniendo un dedo sobre mis labios, luego ese dedo acabó sobre sus labios empezando a sumergirse entre la gente sin parar de mirarme, perdiéndome en su mirada café, podría haberme quedado ahí, no haberle seguido. Pero no lo hice, seguí sus pasos sin dejar de tenerle en mi campo de visión, le seguía como un perro y eso me hacía sentir mal, pero mejor sería dejarlo para mañana, hoy tenía que estar para su persona.
Se perdió detrás de una puerta y entre empujones logré llegar hasta dónde estaba, la sala iluminada por dos lámparas minúsculas  las mesas estaban llenas de aparatos de laboratorio no fue difícil adivinar para qué servía aquella sala, si antes tenía preguntas, ahora me estaba ahogando entre incógnitas.
-Muchas gracias.- le oí decir.- Te debo una.- No me costó ver la pastilla derritiéndose sobre su lengua, era de este tipo de persona que se perdía buscando todo lo que le fuese la peor tentación, era un mar incendiado, lograba detener el tiempo, bailaba hasta el alba perdiéndose en más canciones de las que sería capaz de contar sin aburrirme, era una isla.
-Es un placer. Ya sabes que para ti es completamente gratis.- vi una caricia familiar, veía muchas cosas y ninguna me hacía gracia. Mi presencia estaba totalmente eclipsada por su persona, ese fatídico y a su vez atrayente don que hacía que cualquier ser humano comiera de su mano, manipulaba a su antojo, sin miedo de que alguien le descubriera sus intenciones y es evidente de que era eso lo que hacía conmigo, pero lo hacía de tal manera que incluso te hacía sentir especial, sabía que era lo que la gente quería y se lo daba.
-Te presento a alguien especial.- me acerqué a ellos con timidez, la mirada de la otra persona me intimidaba lo suficiente como para saber que cualquier estupidez me saldría cara.
-¿Tú tienes a alguien especial?- dijo con tono burlesco.- Pensaba que eras propiedad de todo el mundo, incluyéndome a mí.
-Yo soy de todo aquel o aquella que me haga feliz. Tú me haces feliz, mucho.- las pupilas de aquellos ojos completamente rojos se dilataron como la de un animal salvaje pensando por dónde empezar a comerse a su presa.
-Casi te creo.- dijo susurrándole.- Os dejo en paz, disfrutad, mi fiesta es vuestra fiesta, mis drogas también, aunque tienes de sobra para un buen golpe, no lo desperdicies.- sin querer obtener respuesta, salió por la misma puerta por la que yo habia entrado dejándonos completamente solos. Un silencio nos embrujó o por lo menos a mí. Avanzó hacia mí y otra vez el mundo se paró, tuve mi momento de lucidez.
-Esto está mal lo mires por donde lo mires. Estás rompiendo las reglas, no puedes hacer lo que te dé la gana siempre.- rompí el silencio y mi tono sonó más brusco de lo que me hubiera gustado.
-No me hables de reglas y rómpelas junto a mí. Ven conmigo a buscar tentaciones hasta el alba.
-Estás mal. Todo esto está mal, no deberías de exponerte a esto.
-Venga ya, me drogo para desconectar de la mierda de esta prisión, de evadirme, ¿por qué tienes tanto miedo a desconectar?
-No es miedo, es necesidad, no puedo perderme en tu mundo, yo no pertenezco a él.
-Me perteneces a mí.- sentí sus labios mientras lo susurraba en mi oido.- por lo cual eres de mi mundo. Tienes miedo, mírate las pupilas, se te dilatan.
-Y tú las llevas dilatadas, no sé qué mierda te han dado, pero me estoy cansando de ver cómo te jodes a ti y a los demás.
-Bien observado. Y te diré una cosa, solo jodo a quién se deja joder. Yo no obligo a nadie a hacer nada.
-Será mejor que me vaya, estoy perdiendo el tiempo.
-No.- me cogió del brazo casi como una súplica.- No te vayas, por favor.
-No soy tu juguete. Y me estoy empezando a hartar.
-Yo te necesito, ¿tú me necesitas?
-Yo necesito que estés bien.
-No, eso no.- se tiró al suelo y con los ojos cerrados apoyó su cabeza en el suelo.- me refiero a…-se calló y abrió los ojos, mirando al techo con confusión.- ¿lo ves?- llevé  mi mirada al techo, encontrándome con una cristalera que te permitía perfectamente ver el exterior, vi las nubes oscuras y más de una estrella sin ocultar.- Túmbate a mi lado, por favor, será lo último que te pida.- Dudé como siempre cuando se trataba de su persona, algo me gritaba que huyera, y sus ojos café me rogaban que me quedase. Ya lo dije antes, decirle que no me resultaba imposible al igual que su "lo último que te pida" le resultaba imposible que fuese verdad, siempre me buscaría y yo siempre acudiría.
Me senté a su lado junto a un suspiro cansado y miré hacia arriba, el sonido era una mezcla dependiendo de a qué te quisieras concentrar, podías elegir la música atronadora de la habitación de al lado, llena de gente a voces, de olor peculiar, de miradas perdidas y a su vez concentradas, de luces verdes y rojas, fogonazos blancos para mantenerte alerta, activo, vivo. Y por otro lado, el mar, rugiente chocando contra el barco, iluminado en la noche por los rayos que iluminaban como flashes, revoltoso por el viento que silbaba, que te contaba cosas si te concentrabas, que te trasportaba lejos, a dónde quisieras ir si cerrabas los ojos, mi persona favorita estaba en ese segundo mundo. Pertenecía a mi mundo por mucho que se empeñara a ser del primero, era la luz del rayo y el viento revoltoso que incendiaba a mi mar interior. No tenía mundo propio y yo tampoco, cuando se trataba de nosotros dos, el mundo nos pertenecía a partes iguales y en aquel momento me lo estaba mostrando.
-Yo te necesito. No solo te necesito bien por ti, si no por mí, por tener mi motivo para seguir.- su silencio me perturbó, sus ojos se cerraron nada más empezar yo a hablar, con silencio y ojos cerrados se puso otra pastilla sobre la lengua, acercó su boca a la mía y sin permiso, sin necesitarlo, me besó, sentí la pastilla caer por mi garganta mientras se derretía, sintiendo como aquello estaba mal.
-Yo soy tu peor tentación y tú, mi mejor bendición. Déjate llevar solamente por esta noche, te prometo que nada estará mal.
Y ahí recordé.
Yo soy de todo aquel o aquella que me haga feliz.
Su don, te hacía sentir especial, sabía que era lo que la gente quería y se lo daba.
Y conmigo sabía de sobra qué quería. Y me lo daba siempre y cuando le tuviera feliz.
Cuando despierte será como el veneno de una avispa, que no duele, pero sí quema.

domingo, 21 de abril de 2019

Volver.


La lluvia caía sobre mí y sobre él, empapados estábamos en frente, en medio de una carretera abandonada, sin luz excepto la de la luna, no había nadie que pudiera escucharnos. Abandonados. Pedí alguna ayuda mental a algo que no iba a encontrar, intenté ofrecerle mi mano para que me guiará allí donde mis ojos no veían, me sentía completamente ciega y muda.

Ella estaba con la respiración agitada, yo no sabía calmarla porque nunca supe como hacerlo, era lo más difícil el tiempo que estuve sosteniendo su cuerpo, no se dejaba, siempre con contras, nunca a favor, siempre lejos, nunca cerca. Cada gota era como un pequeño trozo de hielo impactando en mi piel. Creí distinguir su mano entre aquel manto de agua, preferí no arriesgarme a acercar la mía por si se asustaba. No emitía sonido excepto el de su agitada respiración y quizás debí preguntar cómo podría ayudarla, pero yo también necesitaba ayuda. Necesitaba encontrar la salida de estar dentro de su cabeza, estaba totalmente atrapado en sus pensamientos, nunca supe que me quería decir. 

Yo ya sabía que mejor estábamos separados, que así nada dolía, que así todo se olvidaba, pero estar aquí bajo la lluvia... Me hacía darme cuenta que quería soñar, que me quería acercar. No tenía miedo y tampoco entendía el porqué, las distancias siempre fueron acogedoras. Se movió y por inercia, di un paso atrás.

Quería abrazarla, lo necesitaba con toda mi alma, darle el poco calor que mi cuerpo podría transmitir, hacerla sentir protegida, no me esperaba que se alejara, quería preguntarle por su miedo. Que por primera vez desde que nos vimos, me dijera que sentía y sobre todo, qué quería de mí. Yo se lo daría, porque tenía claro, que siempre caería.

Mi miedo a quererte, quise gritarle. La pregunta de por qué te vas, nunca llegó, tampoco la busqué, no lo vi necesario. En aquellos momentos el agua me despertaba de la realidad y me llevaba a descansar. Las piernas me temblaban y me quería tirar al suelo. Le veía mejor y recordé lo que era tenerle cerca.

Su pelo estaba empapado y de su rostro caían gotas que desconocía si eran de la lluvia o lágrimas que brotaban de sus ojos, volví a dar un paso hacia delante y no se movió. No di otro por si volvía a retroceder. Lentamente me acercaría, pero como un animal asustado, si lo hacía lento, antes llegaría a mi objetivo. No te alejes.

No me quería alejar aunque estaba aterrada. Le pude mirar de arriba abajo dejando que mi memoria le imortalizase. El sol salió de su escondite entre las nubes, sus rayos alumbraron su rostro y el brillo de su pelo ceniza por la lluvia sobresalía. Ahora era él quien temblaba. Se acercó otro poco y estuve a punto de correr a su encuentro. Un acantilado a sus espaldas.

Un bosque a sus espaldas, besarla bajo los árboles y que el musgo nos acogiera, acabar embarrados de arriba abajo, escucharla reír mientras los pájaros silbaran. Sentir cada cosa que saliera de ella, entrar en su alma como si nada más importara.

Nada estaba bien, volver a lo anterior...

Su mirada bajó y sus ojos se escondieron tras su pelo, di otro paso hacia ella. Seguía sin saber como actuar con ella y es que era tan impredecible como maravillosa, era el amor de mi vida, la persona por la que lucharía.

¿Y si yo no quería luchar? Acabar ahogados era un pensamiento enfermizo que me consumía cada noche. Quería gritar, correr y volver a gritar. Su mirada me observa con curiosidad, debió de ver mi cara con gritos internos. Me rompí sola sin necesidad de caerme.

Tan rota, tan sola en tu cabeza.

La cabeza me fallaba en ocasiones queriendo desaparecer, otras veces me alzaba preparada para luchar. Sería fácil hacerlo. Sería fácil salir adelante.

Corrió hacia mí impactando sus labios sobre los míos, era un juego de dos que nadie más entendía, agradecí al mundo dejarme sentirla, poder unirme a ella a través de un beso sencillo y pasional, sentí el mundo desaparecer bajo mis pies.

Fue maravilloso cuando nos tiré a ambos por el acantilado, por fin fui libre.

jueves, 18 de abril de 2019

Mi Rey.


En una era en la que sus ojos eran aquel mínimo ápice de esperanza y valentía. Sus palabras movían masas con fiereza, con un simple "Vamos" el pueblo se levantaba con valor y ansias de luchar y dar todo por su rey. Un rey benevolente y modesto, nombrado rey sin riquezas, rey del pueblo. Uno de nosotros. El pueblo dudó al principio, ¿un rey en estos momentos de guerra? Lo importante era la milicia, fuerte y soberana. Aquella para dirigirnos a la libertad. A nuestra tierra trabajada con esfuerzo y sudor. Pero él ayudó, de rodillas plantó y juró, juró que la tierra era nuestra y que ningún patán dispuesto a usurparla se saldría con la suya. Nadie sabía de su procedencia, nadie le vio llegar, ni si quiera yo con los secretos del aire le vi venir. Quizás por eso, pisé tierra jurando apoyo hasta el día de mi muerte. Quizás, por eso me uní con sangre a su rebeldía. Quizás por eso, me enamoré.
Juré a los dioses que siempre estaría, que siempre lo protegería ante cualquier mal que se atreviera a irrumpir en su camino, pero al igual que vino sin que nadie tuviera conocimiento de él, se fue. Y esta vez, al igual que la anterior, el viento tampoco me avisó de cuándo y cómo se lo llevaría. Pero lo juré, ser fiel incluso cuando estuviera en el mundo de los muertos, siempre unidos y hoy, vengo con el valor que me transmitió con su mirada, hoy vengo para escribir su historia. Por ti, mi Rey.

Sin mencionar nombre durante todo el relato que se convertirá en leyenda, le llamaré Rey, el Rey del pueblo o el Rey sin riquezas, sin riqueza porque como bien se diría, vino sin ningún "duro", solamente montado sobre un caballo negro, con armadura de hierro sin ningún escudo con el que identificarlo a alguna tierra y ese, fue el mayor error de mis gentes, intentar identificarlo con algún territorio. Un arco atrás colgado y una espada fina como el hielo, potente como el diamante, ligera como una pluma situada a su izquierda. Cogía la riendas con delicadeza y en seguida pude sentir su aura y espíritu cuando bajó del caballo, tomó la tierra del suelo deslizandola por sus dedos, todos mirábamos impactantes, yo estaba escondida tras un arbusto de moras y mi mirada inspeccionaba todo su ser. Siendo yo bruja, futura consejera de mi pueblo y hablante en el lenguaje de los muertos, me hechizó. Y aunque estuvo mal permitir aquello, siempre la tomaré como la mejor decisión de mi vida.
Cuando terminó de palpar la tierra se atrevió a mirarnos, la tensión estaba presente en cada uno de nosotros, a pesar de su hechizo sobre mí, una parte de mi alma de advertía ante lo desconocido y es que al igual que otros, podría venir con el simple objetivo de acabar con nosotros. Pero aquello no pasó. Su mirada dura poseía compasión, ternura. Y creo que fue en aquel momento cuando mis labios susurraron aquel "lo juro" y me atreví a salir de mi escondite.
Mi pueblo estaba totalmente bloqueado, sin líderes nadie sabía quien debía referirse a él, fui la única persona en dar un paso adelante, aún desconociendo si conocía nuestra lengua.
Mientras me acercaba, sus ojos se posaron en mí, una vez a su altura alcé mi mano.
-Owe, caballero. - el silencio se instauró en nosotros, imaginé que aquello significa su desconocimiento en mi idioma, aunque algo me sorprendió, repitió mi movimiento y se inclinó hacia delante.
-Owe, dama. - con delicadeza posé mi mano sobre su hombro para que volviera a ponerse recto, mantuve la seriedad en mi rostro, el pueblo seguía observando nuestros movimientos.
-¿Qué busca por estas tierras? ¿Cobijo? ¿Alimentos? ¿Agua? Le informo que esta tierra tiene lo necesario para mi pueblo. Para nuestra supervivencia, así que obviamente, no le proporcionaremos nada de eso a menos que haya un intercambio.
-Disculpe, dama. Vengo a por todo eso, pero para quedarme. Permitame usted, bruja, trabajar estas tierras y crearme un futuro con su pueblo.
-¿Y qué podría ofrecer usted a esta tierra? Siendo viajero disculpe mi desconfianza al pensar que huye de algo. No admitimos foragidos, ni ladrones y muchos menos gente desterrada. Porque si vos sois de esos, permitame decirle que esta tierra no perdona los errores del pasado a menos que se la honre. Y a parte del arco y un arma afilada, no sé qué confianza puede darle.
-Señora, ¿tan horrible le parezco? Puede ser que huya, pero huyo de infelicidad, llevo recorridos miles de palmos, un camino me trajo a estas tierras, a su pueblo. Un pueblo que ni el mejor mapa señala, ni los exploradores llegaron a sus tierras, mi señora.
-Esta tierra no es mía. Mi pueblo y yo, somos de la tierra.
-Pues permitame quedarme. Déjeme ser parte de su tierra sin permitir que el pasado afecte. Sin preguntas. Póngame a prueba, observe como mi honor honrará esta tierra. Como sus gentes me incluyen y como incluso usted, me ve parte de su pueblo. - me callé durante unos minutos, lo había jurado y aún así le mostré el camino para echarle y deshacerme de él. Pero su discurso me convenció y con un movimiento de mano, posandola sobre su frente, le decí mi confianza.

Mi Rey trabajó y se ganó un sitio en mi tierra, con la promesa de nunca indagar sobre su pasado. Construyó un hogar modesto, tardó cuatro días y sin ayuda. Ofreció su caballo a aquellos que salían a inspeccionar más allá de las montañas, más tarde se unió a ellos, trabajó codo con codo para ir cada vez más lejos y motivó a sus compañeros para ampliar el territorio conocido. Yo le observaba desde la sombra, hablaba con el viento para que me informase sobre sus aventuras, rezaba a la tierra por su protección y adoraba al bosque, para que sus habitantes no le atacasen, aquello fue lo que más sudor me costó, el bosque no lo conocía y él, como un extranjero sin mucho rigor en la cabeza, tampoco se esforzó en buscar la sintonia. Fue la segunda vez que hablé con él, llevaba ya 4 lunas con nosotros, ya estaba incluido en las expediciones pero siempre volvía con heridas bastante feas mientras que sus compañeros estaban intactos. Ecuerdo aquel día, tuve que interrumpir a una compañera en sus curas y ocupar su lugar.
-Sascha, por favor. Retírate, yo acabaré esto.- la joven muchacha sin mediar palabra se despidió con un movimiento de cabeza y se fue. Seguí con la labor de mi compañera en silencio, eran heridas profundas, arañazos que parecían heridas de guerra, de arma.
-Cuanto tiempo. - lo dijo con un susurro y es que el silencio que había en aquella choza no era perturbado, ni por pájaros ni por el gentío del exterior.
-¿Qué consideráis tiempo? No pasó ni un año.
-¿Os parece poco un año?
-El tiempo es muy relativo, caballero. Para dos amantes un año es el infierno, para un asesino y la familia de la víctima un año, es un suspiro.
-¿Cuanta edad tenéis?
-¿Acaso eso es relevante para curarle?
-No, por supuesto que no, es simplemente... Por hablar.
-¿Le parece mi edad un buen tema de conversación? - terminé de curarle y me levanté para guardar las curas, me quedé de espaldas.
-Disculpe mi intromisión, es simplemente que la veo tan joven y a su vez tan madura, que me desconcierta, pero dígame, ¿de qué preferís hablar?
-¿Que le parece si hablamos de sus heridas? Es curioso que sus compañeros lleguen en perfectas condiciones y usted en su gran mayoría, magullado.
-Pues no sé porqué, mi señora. El bosque es hostil.
-¿Hostil? Es el refugio de miles de seres, ¿cómo osa a decir que el bosque es hostil?
-Entonces, dígame usted, bruja. ¿Por qué acabó así, lleno de heridas? - sentí como se levantaba y quedaba a unos simples metros de mí, sus ojos verdes como el agua del lago fijados a mi nuca. Sentí aquel tono despectivo al decir "bruja".
-Es un irrespetuoso.
-¿Un irrespetuoso? Su tierra y gente me ha aceptado, por mi esfuerzo y mi cariño a esta tierra. Los frutos y vegetales salen brillantes y llenos de nutrientes que comparto sin pedir nada a cambio y sin necesidad de rezos o rituales como los que vos hace.
-Ah, ¿necesita algo a cambio?
-Su respeto.
-¿Mi respeto? ¿Después de hablar así de mi linaje? Tiene usted demasiado desparpajo, señor. Y me está cansando. Jamás recibirá ni mis respetos ni el del bosque el cual espero, que le castigue por sus palabras.- juro y los dioses lo saben, que mis intenciones eran para ayudarle, ayudarle a que el bosque le viera como uno de nosotros. Aquella noche no pude dormir, no paraba de llorar de ira, me acompañaba la noche tronando y sin parar de llover.

Siguió lloviendo durante cinco lunas, lunas en las cuales mi llanto por la noche no cesaba. Dejé de comer y la tierra lo sintió, mis rezos disminuyeron excepto en épocas de expedición porque el sentimiento de protegerle me empujaba a hacerlo. La gente tocaba mi puerta pidiendo bendición y buenaventura, pero mis puertas estaban cerradas. Solo el perdón podría liberarme de aquella cárcel de ira y llanto.

Todo se encharcó, una vez finalizada la quinta luna, me atreví a mirar por las ventanas. El sol brillaba y lo sentía por la calidez de mi corazón y la paz de mi espíritu. Un nuevo camino se acercaba, un acontecimiento que por mi insensatez no pude apreciar. Pude pasear por el poblado, ayudé a las cosechas ahogadas, susurré a la tierra para que lo plantado no se ahogara y dejara a sus hijas, las semillas crecer tranquilas. Repartí bendiciones a los hogares nuevos y los antiguos. Agradecí el perdón de mi pueblo por mi desaparición.
Esperé la vuelta de los hombres ansiosa. Mis rezos solamente eran interrumpidos por comer, mis noches eran en velas rezando a la luna. Una noche salí a pasear, el bosque me acogió, sus huéspedes me reconfortaron y me contaron secretos de cómo estaban, sabían de todos menos del caballero, el bosque les prohibió hablar del extraño, aquella noche fue la única en la que pude descansar, las raíces de un gran árbol me abrazaron hasta el alba, me despertó el canto de los pájaros y una cantidad insana de gritos procedentes de mi pueblo. Salí corriendo tras escuchar lo último, sentí algo como se fracturaba, lo sentí en mis huesos y bajo mi piel y me dolía.

Vi los caballos. Habían vuelto, pero no había síntomas de cansancio o de alegría por la vuelta. Sentí miedo. Sentí tensión, preocupación. Me recuerdo corriendo a la choza de curas, aquella que desde hacía cinco lunas no había vuelto a pisar a pesar de saber, que después de cada expedición estaba él ahí.
-¡Mi señora! - Sascha, corrió y se abrazó a mis faldas. - ¡Se muere, señora! ¡Se muere! - la aparté de mi lado y la dejé abrazada a una matrona. Me acerqué a la camilla para encontrarle. Su respiración era débil y una flecha estaba clavada por la zona del corazón, sudaba y sus ojos cerrados estaban apretados por el dolor.
-Pueblo, id en tranquilidad. Sin miedo, dejadnos a solas, por favor. - mi gente me hizo caso y saliendo de la choza en silencio nos dejaron solos. Me puse de rodillas al lado del matojo de paja en el que estaba recostado. Le acaricié el rostro y este se relajó, se permitió abrir los ojos.
-Mi señora. - susurró. - Perdone mi soberbia. Perdone mi ignorancia. Acepte mis respetos...
-Shhh. Guarde fuerzas, prometo ser delicada.- Le quité los ropajes rajándolos dejando su torso al desnudo, observe la flecha clavaba, di gracias a los dioses de que esta no estuviera clavada en su corazón. Le susurré consuelo al oído con la petición de aguantar el aire, saqué la flecha mientras sus labios solo expresaban furia y dolor, me dolió verle derramar lágrimas. Curarle fue lo más sencillo, ahora tocaba esperar.
Recé con todas mis ganas, todo el día y noche, descuidé mis labores con el pueblo incluyendo mi bienestar, no me moví de su lado en ningún momento. Toallas húmedas sobre su cuerpo para bajar la fiebre, miles de telas manchadas de un río sangre que no cesaba aunque la herida estuviese cosida. Temí por su vida y le lloré en silencio las pocas veces que conciliaba el sueño.
Tuvieron que pasar otras cinco lunas, las mismas lunas que pasé curando mi propia alma. Y lo entendí. Nuestra felicidad y dolor estaba unido desde el momento en que juré ser, estar y vivir para él. La tierra no nos dejaría estar separados. Mi quinta luna, abrió los ojos.
-¿Mi señora?
-Caballero. - sus ojos se unieron a los míos y encontré paz.
-Ayudadme a unirme al bosque, tiempos difíciles se acercan.
-¿A qué se refiere?
-Vienen a por nosotros.
Mi Rey fue atacado, el bosque no le protegió a diferencia de sus compañeros.
Mi Rey.
Habló de guerreros, con armaduras más robustas que las suyas, con armas más letales. Un arquero escondido tras un arbusto fue quien le dio. Quien por casi le arrebató la vida. Hicimos una asamblea con todos, hombres, mujeres y niños. Antes me comuniqué con los muertos, con ancestros y antepasados. Hablé con el bosque el cual estaba enfadado por aquella intromisión y culpaba a mi Rey. El viento me chivó los secretos de nuestros enemigos, teníamos un año para prepararnos. Un año para luchar. La primera guerra después de 500 años de paz y varios tratados con aquellos que estaban más lejos. El viento me contó que se habían cansado de aquella paz. Querían luchar y reclamar la tierra. Informé a mi Rey y en aquella asamblea se alzó con mi mano entrelazada a la suya y mi apoyo incondicional.
-Hermanos, hermanas. Después de 5 lunas en la sombra, hoy salgo recuperado. Vengo fuerte y ansioso, eché de menos vuestros rostros. Pero lo ocurrido aquel día podría repetirse. Vienen hombres, hombres dispuestos a acabar con cualquier ser que se atreva a ponerse en su objetivo, esta tierra. Desean esta tierra para destrozarla, para no dejar ningún rastro de bondad. Hoy os reúno, para que luchéis a mi lado. Para que os unáis a mí para luchar por lo que es nuestro. Por nuestra tierra. - aquello solo sirvió para atemorizar al pueblo, recuerdo las lágrimas y el miedo. Di un paso al frente sin soltar su mano.
-Mi pueblo, mi gente. Llevamos siglos en esta tierra. Nuestros antepasados lucharon con valor y honra para un porvenir justo. Para que sus descendientes tuvieran un sitio para llamarlo hogar. Entiendo el miedo. Entiendo las dudas. Pero todo se supera, somos fuertes. Y no sé como venceremos, pero contamos con apoyo, los espíritus nos protegerán, el bosque nos defenderá y la tierra nos dará los medios para luchar. Adelante, hermanos. Protejamos lo que es nuestro. - mi pueblo gritó después de años. Sentí orgullo por nuestra unión. Pude notar la mano de mi Rey más fuerte sobre la mía, me sonrió agradecido y no pude evitar devolver la sonrisa.

Los días siguentes fueron duros. Mi Rey vio guerras en su vida pasada, o eso me dio a entender cuando hablaba de como debíamos de protegernos y atacar una vez nuestros enemigos aparecieran. Guió a nuestros ejércitos y habló con los herreros, dio órdenes y mi pecho se sintió orgulloso de verlo. Una vez estábamos todos en nuestras labores intervine.
-Caballero, sígame.- sin preguntas vino tras de mí, le dirigí al bosque, a su entrada donde podías ver su profundidad, miles de cuentos salían le sus secretos, algunos reales otros ficticios. - De rodillas, por favor. - susurré. Nos arrodillamos juntos, podía sertir sus nervios.
-¿Está nervioso?
-¿Debería estarlo?
-El bosque no es un ser, una comunidad, ¿recordáis lo primero que hicisteis cuando bajasteis del caballo?
-Tocar la tierra.
-Exacto. Así os presentastéis a la tierra. La rozastéis, se deslizó por vuestra mano y finalmente ella volvió a su lugar de origen. Como os dije, el bosque es una comunidad, para presentarte tardarías años son demasiados los elementos que viven en él, demasiados seres que lo convierten en un bosque.
-Entonces... ¿Estoy condenado a su rechazo?
-Más o menos, por lo menos por ahora.
-¿Para qué estamos aquí?
-Para presentarte al bosque.
-Pero si dijiste...
-Presentarse no es conseguir su respeto, pero por lo menos es un comienzo, debemos pedirle ayuda. - estuvimos cuatro días y tres noches.

El primer día, en su entrada pidiendo permiso para entrar, yo transmitía lo que el bosque deseaba decir, nos costó. Puesto que mi Rey no conectaba con él, tuvo que renunciar a su orgullo para que el bosque le diera permiso para referirse a él.
La primera noche dormimos en la línea de entrada, bueno durmió él consumido por el agotamiento del día, yo me quedé observando sus rasgos, memorizado la forma de su cara  recé por él en susurros, sin apartar mi mirada en ningún momento, le necesitaba vivo y era algo que el viento no paraba de repetirme de paso, me informaba de lo que veía sobre nuestros enemigos, por dónde iban, cómo se preparaban, qué querían.

El segundo día, el bosque nos dio permiso para conocer el suelo, tuvimos que andar a ras de este, a mi Rey le costó. Aquel suelo era más hostil que el de casa, como él decía. Al final acabamos jugando como dos niños figiendo ser animales en libertad, sucios, llenos de barro y polvo, pero durante aquel día  estuve riendo como cuando era una chiquilla y disfruté.
La segunda noche, se quedó despierto conmigo, el bosque nos dio permiso para apoyarnos en el tronco de un gran árbol, yo recé, recé mis oraciones que durante el día no pude recitar. Me miró, simplemente me miró y cuando la madrugada entraba, se unió a mis oraciones del alba y juntos le rezamos al sol en agradecimiento por un día más.

El tercer día, el bosque nos obligó a estar en sus aguas heladas, aquellas aguas cristalinas que llegaban directas de lo alto de las montañas. Él junto con mi ayuda, le solicitó al bosque desprenderse de parte de sus ropajes, este aceptó. Yo me sumergí en el agua con mi ropa, mi vestido se pegaba a mi cuerpo y pesaba. Tuvimos que recorrer el largo del río, me ofreció su mano y juntos finalizamos el camino, mojados y agotados, llegó la noche.
La tercera noche, volvimos a quedarnos en vela durante la mayor parte de la noche. Sus brazos me rodeaban por mi congelamiento, me proporcionaba el calor que el agua me había arrebatado y aunque mi incomodez era evidente, ningún hombre antes se había acercado tanto a mí, pero era necesario si no quería que el frío me llevara a la muerte o a una enfermedad. Sentía su respiración en mi nuca y sobre mi pelo, sus dedos apretaba mis brazos en algunas ocasiones, yo sentía los nervios recorriéndome y di gracias al destino, porque aunque yo no sabía si en el futuro podríamos tener algo, daba gracias por tener aquel momento que en mis noches más frías, me reconfortaria y me transmitiría calidez.
-Sois magia, bruja.
Fue lo único que me dijo y sin recibir respuesta, me quedé dormida entre sus brazos, aquella noche no habría rezos.

Al cuarto y último día, el bosque aceptó que rezaramos a sus raíces y troncos, nos pidió volver y con juramento de sangre, ambos lo prometimos. Salimos del bosque más unidos, más fuertes y con un apoyo necesario para que todo aquel plan saliera bien.

Esta fue nuestra primera guerra, llegaron con espadas y fuego. Quemaron nuestros al rededores e intentaron invadirnos. Murieron muchos hermanos y hermanas. Yo luché al lado de mi Rey, oraba por las almas perdidas, oraba por mi tierra donde la sangre caía, oré por mi bosque, cuyo árboles no aguantaron el poder del fuego. Oré por mi Rey. Le vi más hermoso que la noche en que me abrazó, le sentí libre, era una danza que enemigo tras enemigo iba perfeccionando. Me tendieron una espada con la que acabé con más de un enemigo, estuvieron a punto de matarme rebanándome el cuello, pero ahí estuvo mi Rey, me protegió hasta el fin de la batalla al igual que yo, desde el comienzo.

"Por ti, mi bruja. Por ti, por lo que amas y por lo que te amo yo a ti."

Fueron sus primeras palabras una vez acabamos hasta con el último enemigo. Desde aquella primera batalla que acabó convirtiéndose en guerra, mi Rey, se convirtió en Rey. El pueblo le alabó y aceptó, un rey sin riquezas, un rey que aprendió con su pueblo, un rey leal. Y yo le amé. Y así estuvimos hasta el final de la guerra y el final de su vida.
Pero eso, es otra historia.

viernes, 11 de enero de 2019

Inmortalizar Momentos.


Desde que tuve mi primer teléfono móvil con capacidad de hacer fotos, la gente que ha ido pasando por mi vida me ha ido abordando siempre con la misma pregunta:
¿Por qué haces tantas fotos?
Cuando tenía 14 años, la verdad es que no era capaz de entender el por qué, simplemente me gustaba y punto, pero tampoco le daba muchas vueltas, era algo que me gustaba, fuera sola o acompañada, un paisaje o incluso una foto a una frase. Lo hacía sin razón, lo único que sabía es que a lo mejor pasaban solamente dos meses y mi cara al mirar la fotografía me traía felicidad.
He recibido comentarios sobre que es "vivir en el pasado" o incluso que soy una egocéntrica por la cantidad de fotos que hago; y la verdad es que comentarios cómo esos me han hecho cuestionarme mucho. Egocéntrica por mucho que lo pienso nunca me ha cuadrado, no me creo el centro del universo y muchas veces en esas fotos mi cara no sale lo que se dice "bonita". He salido con ojeras, sin maquillar incluso despeinada y con el maquillaje corrido, me he colado en fotos poniendo cara de asco y muchas veces, me han hecho fotos infraganti en las cuales salgo comiendo o chupándome los dedos con una cara horrenda; pero a pesar de todo eso, me encantan, porque esa foto me transporta al momento concreto, la conversación, mi reacción al ver la foto o la risa de la otra persona. Y ahí es cuando ya encuentro por así decirlo, ''la razón''.
Son los momentos. Desde los 15 hasta ahora utilizo la misma expresión: "Inmortalizar momentos". Desde la primera vez que dije eso, entendí casi todo en cuanto a este tema.
Soy una persona  muy intensa y aunque odie ese adjetivo en todo el esplendor de su definición, también me encanta. Todas las emociones las vivo de forma embriagadora. Siendo sincera, lo bueno lo vivo de la manera más "loca" posible, mientras que lo malo, me hunde. Es como si hubiera dos Rosas completamente opuestas. Y creedme cuando os digo que hasta hace bien poco yo no conocía esa parte de mí, no sé si a ti, mi querido lector te pasará igual.
Bueno que me voy del tema. Fotos. Inmortalizar momentos. Vale.
Aunque algunos no lo crean, las fotos contienen momentos, momentos completamente únicos, que nunca jamás se volverán a repetir y si os dais cuenta, nuestra mente si asocia un recuerdo bonito de esa foto llega un punto, en que lo idealiza y muchas veces, sin recordar del todo como transcurrió el momento de la foto, daría lo que fuera por repetirlo.
Las fotos también tienen el poder de recordarnos a las personas que han pasado a lo largo de nuestra vida. A algunos les duele, lo entiendo, todos hemos perdido a personas, la vida es un ciclo. Unos vienen, otros se van, pero… ¿no os encanta ver una foto de hace 5 años y recordar? No hablo exclusivamente de un amor,  hablo de una amistad, un familiar. Hablo de personas que cuando se fueron nos dejaron vacíos, o eso creíamos. Al final, sigues.
Se podría decir, que yo no soporto a mucha gente, personas que estuvieron y que quise como una persona intensa puede querer. Y que se fueron y en ocasiones, que eché yo.  O quizás fue el tiempo o la distancia quién se encargó. Pero a pesar de todo, del dolor, las palabras de odio, discusiones y malestares, si veo una foto con esas personas, sonrío. No me duele, ni me arrepiento del tiempo que pasé con esas personas, porque miro la foto y me doy cuenta de que me hacían feliz,  me hacían sentirme bien. Hacían que mis días fueran distintos y que encontrara una razón para salir adelante. Algunas me fallaron, sí. Pero yo también fallé. Yo también traicioné y al igual que me rompieron el corazón, yo también se lo rompí a alguien. A veces me gustaría… no viajar en el tiempo y resolverlo, porque me perdería cosas maravillosas que me han pasado, pero sí tener la valentía suficiente como para saber solamente si están bien, si me siguen odiando o para ponerme a prueba, ver si soy capaz de perdonar.
Las fotos para mí, representan más que una simple imagen. Representan mi vida. Mis sentimientos. Los amigos que tuve y que tengo. Los amores que perdí. Mi familia. Mi imagen (que en mi caso hay muchos cambios). Aquel paisaje que cuando miré me enamoró. Mi sufrimiento, porque sí, hay fotos que muestran lo que has luchado para lograr acabar, en el punto en el que estás ahora.
Las fotos, fotografías. Representan mi trayectoria. Y por eso y mucho más que soy incapaz de explicar, es por lo que hago tantas. Porque cuando pasen los años, quiero mirarlas, recordar y sonreír como lo hago ahora con 20 años. Odio olvidar. Porque no veo nada más trágico que el olvido, y si tú fuiste alguien que pasó por mi vida y encima, te tengo inmortalizado en una imagen, créeme cuando te digo, que yo jamás te voy a olvidar. Pase, lo que pase.
Y te prometo, que solo recordaré el momento de la foto. Porque sinceramente, creo que es lo único que vale la pena recordar.
Espero que tú también recuerdes, no que me recuerdes, si no que recuerdes y que no te duela. Sonríe y no dejes de hacerlo, porque vendrán más momentos que valdrá la pena inmortalizar.