La lluvia caía sobre mí y sobre él, empapados estábamos en frente, en medio de una carretera abandonada, sin luz excepto la de la luna, no había nadie que pudiera escucharnos. Abandonados. Pedí alguna ayuda mental a algo que no iba a encontrar, intenté ofrecerle mi mano para que me guiará allí donde mis ojos no veían, me sentía completamente ciega y muda.
Ella estaba con la respiración agitada, yo no sabía calmarla porque nunca supe como hacerlo, era lo más difícil el tiempo que estuve sosteniendo su cuerpo, no se dejaba, siempre con contras, nunca a favor, siempre lejos, nunca cerca. Cada gota era como un pequeño trozo de hielo impactando en mi piel. Creí distinguir su mano entre aquel manto de agua, preferí no arriesgarme a acercar la mía por si se asustaba. No emitía sonido excepto el de su agitada respiración y quizás debí preguntar cómo podría ayudarla, pero yo también necesitaba ayuda. Necesitaba encontrar la salida de estar dentro de su cabeza, estaba totalmente atrapado en sus pensamientos, nunca supe que me quería decir.
Yo ya sabía que mejor estábamos separados, que así nada dolía, que así todo se olvidaba, pero estar aquí bajo la lluvia... Me hacía darme cuenta que quería soñar, que me quería acercar. No tenía miedo y tampoco entendía el porqué, las distancias siempre fueron acogedoras. Se movió y por inercia, di un paso atrás.
Quería abrazarla, lo necesitaba con toda mi alma, darle el poco calor que mi cuerpo podría transmitir, hacerla sentir protegida, no me esperaba que se alejara, quería preguntarle por su miedo. Que por primera vez desde que nos vimos, me dijera que sentía y sobre todo, qué quería de mí. Yo se lo daría, porque tenía claro, que siempre caería.
Mi miedo a quererte, quise gritarle. La pregunta de por qué te vas, nunca llegó, tampoco la busqué, no lo vi necesario. En aquellos momentos el agua me despertaba de la realidad y me llevaba a descansar. Las piernas me temblaban y me quería tirar al suelo. Le veía mejor y recordé lo que era tenerle cerca.
Su pelo estaba empapado y de su rostro caían gotas que desconocía si eran de la lluvia o lágrimas que brotaban de sus ojos, volví a dar un paso hacia delante y no se movió. No di otro por si volvía a retroceder. Lentamente me acercaría, pero como un animal asustado, si lo hacía lento, antes llegaría a mi objetivo. No te alejes.
No me quería alejar aunque estaba aterrada. Le pude mirar de arriba abajo dejando que mi memoria le imortalizase. El sol salió de su escondite entre las nubes, sus rayos alumbraron su rostro y el brillo de su pelo ceniza por la lluvia sobresalía. Ahora era él quien temblaba. Se acercó otro poco y estuve a punto de correr a su encuentro. Un acantilado a sus espaldas.
Un bosque a sus espaldas, besarla bajo los árboles y que el musgo nos acogiera, acabar embarrados de arriba abajo, escucharla reír mientras los pájaros silbaran. Sentir cada cosa que saliera de ella, entrar en su alma como si nada más importara.
Nada estaba bien, volver a lo anterior...
Su mirada bajó y sus ojos se escondieron tras su pelo, di otro paso hacia ella. Seguía sin saber como actuar con ella y es que era tan impredecible como maravillosa, era el amor de mi vida, la persona por la que lucharía.
¿Y si yo no quería luchar? Acabar ahogados era un pensamiento enfermizo que me consumía cada noche. Quería gritar, correr y volver a gritar. Su mirada me observa con curiosidad, debió de ver mi cara con gritos internos. Me rompí sola sin necesidad de caerme.
Tan rota, tan sola en tu cabeza.
La cabeza me fallaba en ocasiones queriendo desaparecer, otras veces me alzaba preparada para luchar. Sería fácil hacerlo. Sería fácil salir adelante.
Corrió hacia mí impactando sus labios sobre los míos, era un juego de dos que nadie más entendía, agradecí al mundo dejarme sentirla, poder unirme a ella a través de un beso sencillo y pasional, sentí el mundo desaparecer bajo mis pies.
Fue maravilloso cuando nos tiré a ambos por el acantilado, por fin fui libre.
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