A veces desearía saber cómo llegué a este punto de mi vida,
buscando entre las sombras y el misterio de lo desconocido, dejar una carrera a
medias para saber de donde procedía aquel secreto que aun nadie logró
descifrar, saltar las barras de lo imposible, se atrevieron a decir aquellas
personas que a las que le conté mi nuevo objetivo, sin cabeza e irresponsable,
me dijeron aquellos que ya no veían mi futuro como algo factible, pero ninguno
me molestaba lo suficiente como para contraatacar y dejar claro que mi sentido
común funcionaba a la perfección, las
provocaciones no me hacían gritar como un poseso para defender mi postura,
porque ninguna de aquellas afirmaciones falsas me perjudicaban. Excepto una, la
crueldad de la mente humana es infinita y aún es peor cuando se les ocurre
opinar sobre tu estado psicológico y amenazaban con llevarme a especialistas,
sé lo que vi y sobre todo lo que viví, porque es mi vida, pero para ellos no
les parecía suficiente, solo atacaban con la palabra ''loco'' y la frase
''necesitas un psicólogo o mejor un psiquiatra'', gracias a esto aprendí que
aquello que pienses jamás gustará si está fuera de lugar, que debes seguir un
ritmo constante y ser como el resto, por eso escribo. Aprendí que escribiendo
podría llegar más lejos que cualquier persona ceñida a lo que denominan
''normal'' pero ¿quién dice que está dentro de lo normal? ¿Tú eres normal?
Nadie lo es, a menos que seáis robots o clones. Curioso.
Las personas mantenemos unos cánones, incluso a la hora de
comer, si te sales de ellos, ya te excluyen y te echan de aquello denominado
''sociedad''. Me costó entender todo esto ahora, teniendo en cuenta de que yo seguía un canon
bastante particular, universitario, con un piso pero la financiación de mis
padres en cualquier momento, con oídos que escuchaban y se dejaban afectar por
lo que decían los que me rodeaban, comentarios que sinceramente me ponían rojo
de ira, salía de fiesta y me emborrachaba y porque no, también me drogaba. Un
canon con los que muchos en este momento se sentirán reflejados.
Me impulsaron hacia arriba, de manera que si quería bajar,
debía joderme la vida a mí mismo, pero que para subir, tenía que magullarme las
manos y rodillas. Ahora mismo, sigo buscando los ojos del ocaso y la capucha
gris, la sensación de que me observan cada noche está presente y me angustia,
me despierto cubierto de sudor y sin recordar donde estoy o que acababa de
hacer unas cuantas horas antes, el sabor metálico de mi boca no desaparecía ni
con los enjuagues más fuertes del mercado, me sentía, enfermo. Tan enfermo que
tenía miedo de ir al matasanos para que encontraran la razón de mi
''enfermedad'' ¿lo digo bien? No sé que otro nombre ponerle a parte de
enfermedad. Quizás cogí frío, vivo en una ciudad fría con una calefacción tan
cara que vender mi riñón saldría barato. Pero no, no tiene sentido. Cada mañana
con una taza de café hirviendo en mi mano, la cual me extrañaba que no tuviese
quemaduras, miraba hacia la ventana buscando algo que nunca estaría en la
madrugada, la niebla de disipaba con miedo de que le rozase los rayos de un sol
amaneciente, la atracción hacia ese sitio era lo que me hacía reemplantearme si
merecía la pena continuar con la vida que llevaba, el deseo de perderme me
poseía cada mañana, un deseo que desaparecía cada mañana también tras el sonido
del despertador que me decía que era la hora de ir a mis clases, clases que
cada vez me desagradaban más.
La misma rutina. El ascensor. Saludar al de recepción medio
dormido tras una noche de guardia. Andar
hacia la derecha. Seguir recto, más recto. La mujer de la panadería
abriendo el local. El hombre del café colocando la terraza al ver que esta
mañana hacia sol. Vaya, sol. Y por fin, la facultad, edificios altos de
ladrillo rojo con tocados de madera oscura, con zonas verdes, los alumnos con
más ''postureo'' se sentaban ahí antes de empezar las clases con su taza de
café, pero parecía que los imbéciles no aprendían, siempre acababan con los pantalones
empapados por el rocío del césped y la humedad de la ciudad, por lo que tenían
que salir corriendo para cambiarse y no pareciera que se habían meado encima.
Lo que yo decía: imbéciles. Sentarse en tu silla de siempre, saludar a tus
compañeros con la mano y notar las miradas furtivas de algunas chicas y los
descaros de los chicos. Tomar apuntes y escuchar al profesor. Monótono y
aburrido. Fin de clases, cuando sales de la facultad ya es de noche, ya está
oscuro, con solo las farolas alumbrando y dictándote el camino a seguir para
llegar a tu casa.
-¡Félix!- me giro al escuchar mi nombre, encontrándome con
la silueta de Isaac, un chico de mi edad, que estudia en la facultad de al
lado, al único que puedo considerar amigo en este lugar tan pequeño, a pesar de
no confiarle todos mis secretos, me sirve para enterarme los intereses de ''x''
chicas y de participar en alguna fiesta cutre universitaria.
-Hola.- le ofrezco mi mano para chocarla y él la acepta con
una sonrisa en la cara.
-¿Cómo te va tío? Te informo, que esta noche hay una fiesta
impresionante y no podemos faltar
-¿Podemos?- ¿veis lo que os decía? Isaac es necesario para
este tipo de cosas.
-Sí, los dos. Hace
muchísimo que no salimos, estarás todo el día encerrado en tu casa estudiando,
estará bien y encima habrá calefacción gratis.- parece entusiasmado, y mentiría
si dijese que no quería ir, salir no vendrá nada mal, además hay calefacción
gratis y ahorrar en estos momentos es lo que más necesito. Le dije que sí, a
las doce en una vieja mansión de un chaval que estudiaba aquí, cuyo nombre ni
me sonaba, me despedí de Isaac con otro
choque de manos y seguí rumbo a mi casa.
El de recepción seguía aquí, solo que ésta vez en la otra
punta de la recepción recogiendo lo que parecía ser una caca de un perro
pequeño, miré la cara del pobre hombre y su expresión solo reflejaba un
sentimiento: asco. Aunque es comprensible, a nadie le gusta recoger excrementos
de animales y mucho menos si la criatura no es tuya.
Llegar a casa y suspirar ya era una tradición para mí, tirar
la bandolera con los libros al suelo y
saber que no la iba a recoger hasta el domingo y para releer mi temario para no
llegar pez al día siguiente. Abrí la nevera y para mi evidencia, estaba vacía,
¿hacía cuanto no iba a la compra? No lo recuerdo. La presión de mi cabeza
aumenta tanto que me obliga a ponerme de cuclillas en el suelo y apretar en mis
sienes con fuerza, llevo así desde hace unas semanas, es como si un martillo me clavase una clase
que me atraviesa absolutamente toda la cabeza, agonizante. La primera vez que
lo tuve, fue cuando se cerraron las puertas del ascensor hace dos semanas,
después de que aquellos ojos me atravesaran como dagas. Desde hace dos semanas,
mi vida, está tornando un camino de monotonía, dolor de cabeza y amnesia al
despertar. Pechuga de pollo. Ahora recuerdo mi cena de ayer. Mi dolor de cabeza
desaparece y vuelvo a olvidar lo que cené ayer. Me incorporo rascando mi cabeza
por la parte trasera mientras ando directo a la ducha, es demasiado extraño. El
agua fría me congela más de lo que ya estaba, pero me niego a encender la
caldera, no me puedo permitir gastos de más, solo lo realmente necesario. Salgo
de la ducha y me visto con lo más abrigado que encuentro, a pesar de que
Isaac me informó de que habría
calefacción algo dentro de mí me decía que se iba a estropear, así que mejor
ser precavido, lo último que quiero es pasarme la noche entera tiritando y
deseando estar dentro de mi colcha. Reviso todo a mí alrededor y lo que contiene
mi bolsillo: dinero, el móvil y las llaves. No es necesario nada más, salgo de
casa decidido, bajo por el ascensor mirando las puntas de mis zapatos, es como
si temiera alzar la cabeza, notaba como me observaban y si levantaba mi mirada
encontrará algo tan tenebroso que cambiaria mi vida de golpe. El ascensor paró
dejándome en el portal.
-Buenas noches, señor.- dijo el recepcionista desde su
puesto, Manuel, creo que se llamaba.
-Gracias.
-¿Va a salir?- dijo con tono curioso, me paré en el sitio y
giré mi cuerpo para mirarle.
-Sí, ésta noche al parecer organizan una especie de fiesta
para universitarios.
-Oh, pues tenga cuidado, la niebla está muy espesa esta
noche, tenga cuidado de no perderse.- me
miró tan fijamente a los ojos que un escalofrío me recorrió cada una de mis
vértebras.
-Gracias...- murmuré y salí por la puerta, lo que me
encontré no me lo esperaba, todo estaba cubierto de una niebla espesa que
permitía ver pero con dificultad.
En cuanto me disponía a andar, el sonido de unos tacones inundó
mis oídos, paré en seco y el tiempo se paró, la sensación de haber vivido esto
anteriormente me poseyó y el dolor de cabeza me inundo de nuevo junto a un
pitido que lo agudizaba, el taconeo cesó y junto a él mi dolor de cabeza. Giré
mi cuerpo dirección al sonido de los tacones, unas diez baldosas más allá se
encontraba una muchacha, su vestido blanco se ondeaba, su cabeza cubierta por
aquella capucha gris y un par de mechones que desvelaban el color de su pelo,
estaba parada ante mí, no sé si me miraba, no sé que quería y yo al verla, me
quedé sin voz, sólo podía observarla, quieta,
como una figura irreal, como un fantasma.
El embelesamiento terminó cuando la chica continúo su
camino, girando su cuerpo y atravesando la carretera dirección al bosque,
siempre al bosque. ¿Debería seguirla? Cuando la perdí entre los árboles y la
niebla, desperté, miré la hora del móvil y ya llegaba tarde a la fiesta, alce
el móvil con la pantalla ya apagada, y por el reflejo pude verla, vi su rostro,
tuve tentación de gritar por el susto, pero me di la vuelta como si de un rayo
se tratase encontrándome, absolutamente nada. Negué con la cabeza, me estaba
obsesionando. Miré al bosque como si me estuviera llamando. Era hora de entrar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario