He
pasado toda mi vida en silencio, en un silencio tenebroso que me impedía
mostrar cualquier tipo de emoción o sentimiento. He visto al mundo crecer, le
he visto hermoso y grande, bello y
majestuoso, pero también he visto su parte más macabra y oscura, una parte que
asustaría a cualquier mente madura y cuerda. Pienso en la mente de un niño, me
imagino cómo debe ser para él, en su mente el mundo, yo ya no lo recuerdo.
Siempre
me gustó ver la oscuridad, contemplarla, pero según crecí la oscuridad me daba
cada vez más miedo, a pesar de saber que los monstruos de cuernos no existían,
existían de otro tipo y los cuernos se los ponían ellos mismos. La gente con
mirarla a los ojos, puedes deducir si será alguien pasajero o alguien que
perdurará a tu lado, que se quedará ahí y jamás se moverá, puedes saber si será
alguien bueno o incluso malo, los ojos son como una puerta al fondo de nuestro
cuerpo, esa parte que ninguno podrá vérsela así mismo.
He visto
monstruos, sí. Y por ello más de una vez sugirieron que quizás necesitaría
ayuda ajena, así aprendí que mi silencio guardaba cosas que nadie más podría
entender o deducir, mi silencio, es mío. Y eso nadie me lo puede arrebatar,
pero quizás alguien me pueda entender con solo mirarme los ojos, a ellos no les
controlo, mandan sobre mí y dicen mucho
más de lo que a mí me gustaría, pero por suerte, las personas ya no se fijan en
las personas de su alrededor, ya no existe nada puro en este mundo, ensuciamos
todo, tratamos las cosas como si no significasen nada e incluso cosificamos a
las personas que más nos importan, por eso yo evito a las personas, para que no
me importen y no me traten como si de basura se tratara. Los comprendo son falsos en un mundo que
pide a gritos la extinción de la raza humana. Pero me gusta mirar, observar,
los gestos y palabras, las palabras educadas y el nerviosismo de la gente,
mejillas sonrojadas y miradas penetrantes, sincronización en pensamientos y
frases punzantes, me gusta ver eso. Observar parejas que se miran atentamente,
que apenas se dicen te quiero, pero
que alguien me explique de que sirve decir esas dos palabras si con un beso o
una mirada puedes expresar muchísimo más.
Observar a los niños jugar, como se enfadan unos con otros, como la
crueldad todavía no ha sido instaurada en sus corazones, como se ríen a
carcajadas y disfrutan de sus juegos. Observar grupos de amigos y de trabajo,
como chocan sus manos y hablan de quién vieron al día anterior, o que hicieron
con tal.
Es mágico.
Me
siento en cualquier lugar y veo a las personas, ninguno me entenderá… O sí.
Intercambio muchos tipos de miradas a lo largo del día, me encantaría meterme
en sus cabezas y saber que está ocurriendo ahí dentro. Pero las personas no me
importan o por lo menos, no llegó ninguna que surgiera ese sentimiento en mí… O
sí. De ser así, no lo recuerdo.
A veces,
espero hasta que sea muy tarde, a que la luz desaparezca y la noche muestre su
presencia, las personas cambian, he visto a gente llorar en la oscuridad
sentada en un banco, con la cara escondida entre sus manos y un intento fallido
de calmar sus sollozos, pero no lo consiguen y entonces, me invade la
curiosidad, en saber qué pasó para que esa persona derramase esas lagrimas. Me
regaño mentalmente, no es de mi incumbencia. Las personas, no me importan.
Rebuscado,
todo es demasiado rebuscado, la mente viaja y se escapa, huye de mí. Y se va y
no vuelve nunca más.
¿Qué
puedo decir? Sería un cuerpo sin alma más. No sería ni el primero ni el último.
Opino que aquellas personas que rehúyen la mirada, tienen mucho que esconder y
lo sé, porque yo lo hago, no quiero que sepan que hay dentro de mí.
Una vez
que mis pensamientos están más liados que antes, vuelvo al calor de mi hogar,
saludo a algún que otro vecino que me encuentro en mi cabeza y mantengo alguna
conversación para que no me vean como la rara del edificio, aunque ya lo
piensen. Rumores. Un nuevo vecino, sí sí,
por tu planta se encuentra. Asiento con la cabeza y retomo mi camino, no
tengo intención de socializar más, bastante es aguantar la voz de aquella
mujer, que viviendo yo en el cuarto piso y ella en el segundo oigo sus gritos
como si estuviera en la habitación de al lado. Hay que ser amable. Me dijeron tantas veces. Hay que tener contactos para llegar. Y yo dudo entonces, ¿a dónde
quiero llegar? No me gustan las personas, me parecen insufribles y sí, lo digo
yo, que soy una de ellas. Quizás esa sea una de las razones de dicho
pensamiento. No me extrañaría.
Escalón
tras escalón, subo mirando mis pies e intentando ser sigilosa como un gato,
gato como el que se me acababa de cruzar entre las piernas. Esperad. Dije gato. Minino huye de aquí antes de que
los vecinos del primero te intenten comer ¿Cruel? Quizás. Me reí de mi
propio comentario a pesar de que nadie me hubiese escuchado, pero me valía.
Luego sentí lastima por aquel pobre animal, había una realidad, siempre que se
colaba algún animal en este edificio, los del primero decían de encargarse de
él. Luego, no volvíamos a saber de dicho animal. Casi todos decían que se los
comían, yo me guardaba mi pensamiento
para mí, en mi mente no ofendería nadie.
Seguí
subiendo, intentando recordar a todas las personas que había visto el día de
hoy, pero por alguna extraña razón el gato se habia ganado todos mis
pensamientos. Dichoso gato. Vi una cantidad de cajas bastante abundante en gran
parte de las escaleras y del descansillo de mi planta, no pude evitar que una
mueca de desagrado, esperaba que todo
aquello desapareciese y rápido. Una vez frente a mi puerta, miré de reojo hacía
atrás, mirando la puerta de enfrente, podría ser cortés por una vez en mi vida,
saludar y volver a mi hogar con mi preciada soledad, quizás tomar un baño, o
podría hacer todo aquello de manera directa sin tener que pasar por un saludo
incómodo, que finalizaría con un ¿quieres
pasar? o quizás con un silencio
incómodo. Tardé demasiado en decidirme, el nuevo vecino estaba saliendo de su
casa para coger una nueva caja, aunque antes de cogerla, se debió de dar cuenta
de mi presencia y de mis ojos observándole, aunque siempre evitando el contacto
con sus ojos. Me sonrió de manera amable, los modales nunca están demás, yo me
limité a hacer una pequeña mueca que quizás
podría considerarse como una sonrisa.
Se acercó a mi mientras limpiaba sus manos llenas de polvo (seguramente)
con el pantalón.
-¡Hola!
Imagino que serás mi vecina de enfrente.- chs,
un poco idiota por decir aquel comentario tan evidente, me fijé en cómo me
ofrecía su mano en forma de saludo.
-Sí,
encantada soy Alma, bienvenido al edificio.- miré su mano con cierto
descontento, no me apetecía tocarle, aunque como siempre dicen, hay que ser amables, le di mi mano aun
con desconfianza, incomodo.
-Lucas,
igualmente tienes un nombre bonito, Alma.- dijo con una sonrisa nerviosa, para
cualquier persona podría haberle resultado adorable junto a ese comentario
sobre mi nombre, pero para mí resultó ser patético.
Y como yo ya sabía y había dicho anteriormente, surgió el momento del silencio
incómodo, él miraba hacia los lados nervioso y yo me dedicaba a mover la mano
para oír el sonido de las llaves como muestra de mi aburrimiento.
-Te
invitaría a algo, pero como puedes observar, todo está hecho un desastre.- Oh no, eso sí que no.
-No pasa
nada, de todas formas, yo me tendría que ir ya, un placer Lucas.- me di la
vuelta con prisa por entrar en mi casa, cuando iba a cerrar la puerta le miré
por última vez, me hizo un movimiento de mano
en forma de saludo.
-Igualmente
Alma, espero que nos veamos más.- dijo con otra sonrisa amable, está vez opte
por callar y le miré a los ojos esperando sentir algo, no sabía el que, pero algo,
pero como en otras ocasiones de mi vida la sensación fue la misma.
No sentí
absolutamente nada y terminé de cerrar la puerta reguardada en mi pequeño
apartamento.
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