Nostalgia. Encerrada en una cárcel que la estaba ahogando. Procesando la muerte de su padre. Lidiando con un matrimonio que odiaba. Criando un hijo de la última persona que deseaba. Dafne cepillaba su cabello oscurecido por los años, aquel rubio deslumbrante había sido sustituido por un rubio oscuro, como la paja pasada. La ventana y los viajes de su marido o cuando se iba a dormir o a cualquier otro sitio era el único momento en que podía ser libre. Ya no leía y apenas paseaba. Aquella Dafne era la sombra de lo que fue. Ser buena esposa. Ser buena madre. Un orgulloso para su padre y su familia.
Mirar a lo lejos los olivos y las higueras, centrarse en los paisanos trabajando sus tierras buscando aquel cabello se tanto le gustaba acariciar, su propiedad por llevar un anillo. Las montañas a lo lejos con sus secretos. No hubo viajes ni vida después de casarse, las promesas de una vida mejor fueron totalmente eclipsadas por la mentira.
-Dafne, me voy. - una voz irrumpió en la habitación conyugal.- Volveré por la noche, ya sabes que tienes prohibido salir y ocúpate de nuestro hijo.- Dafne ni se inmutó, sin contestación, sin mirarle. Oyó alguna carantoña hacia el niño de la cuna que tenía dos años, su risa y como unos labios rozaban su hombro.- Volveré lo antes posible. Te quiero.
Sin respuesta por parte de su esposa, Mauro salió por la puerta dando órdenes de que la vigilasen, que no se fuera. Dafne desde el dormitorio, escuchó las órdenes y cerró sus ojos con fuerza para no romper en llanto. Se levantó y se acercó a la cuna para ver al pequeño, lo observó con atención y pena, aquel niño no era fruto del amor, era una imposición para que jamás se escapará. Dafne alargó su mano y con los dedos acarició la mejilla de su hijo, el niño al notar el tacto de su madre, le sonrió e intentó cogerle la mano para conseguir algún cariño más, pero Dafne con frustración, le apartó la mano de forma brusca y salió del cuarto con el máximo sigilo que había entrenado los últimos años.
-Dafne, me voy. - una voz irrumpió en la habitación conyugal.- Volveré por la noche, ya sabes que tienes prohibido salir y ocúpate de nuestro hijo.- Dafne ni se inmutó, sin contestación, sin mirarle. Oyó alguna carantoña hacia el niño de la cuna que tenía dos años, su risa y como unos labios rozaban su hombro.- Volveré lo antes posible. Te quiero.
Sin respuesta por parte de su esposa, Mauro salió por la puerta dando órdenes de que la vigilasen, que no se fuera. Dafne desde el dormitorio, escuchó las órdenes y cerró sus ojos con fuerza para no romper en llanto. Se levantó y se acercó a la cuna para ver al pequeño, lo observó con atención y pena, aquel niño no era fruto del amor, era una imposición para que jamás se escapará. Dafne alargó su mano y con los dedos acarició la mejilla de su hijo, el niño al notar el tacto de su madre, le sonrió e intentó cogerle la mano para conseguir algún cariño más, pero Dafne con frustración, le apartó la mano de forma brusca y salió del cuarto con el máximo sigilo que había entrenado los últimos años.
Salió sin problemas de la casa con ayuda de aquellos que la conocían de los años trabajando para su padre, personas que habían llorado junto a ella la muerte de este. Cuando logró estar lo más alejada posible de la casa, se descalzó y pisó la tierra mojada con sus ojos cerrados sintiendo la lluvia de los días atrás, octubre era un punto de inflexión, o por lo menos ella lo sentía así. Su olivo esbelto, allí donde paraba a descansar, a subirse la falda, soltarse el pelo y respirar. Su olivo para recordar. 3 años habían pasado. Y el recuerdo idializado siempre se mostraba igual.
Siempre esperando huir. Siempre esperando que apareciera.
Nunca lo hizo. Desapareció de la nada y aquellos sueños que crearon se rompieron como una rama seca. Dafne deseaba saber qué pasó, con aquel pensamiento se acostaba y levantaba, con preguntas sin respuestas.
Aquel lugar, sentada a la sombra del olivo, con los últimos rayos de sol impactando contra su blanca piel, llorando.
-¿Por qué, Hernan? ¿Por qué permitiste que ocurriera esto? La agonía de los días, de no encontrarte, de querer saltar por la ventana siendo lo único que me retiene un hijo al que no puedo querer. Se parece tanto a su padre y yo deseando cada día que se parezca a ti y que quién entre por esa puerta sea tú con su cabeza en mano. Dios, perdóname por tales pensamientos pero no puedo. Repudio a ti porque mentí y aún sabiendo que mentiría permitiste que nos casasemos y a la única persona que en vida amaré arrebatándola de mi lado. Siempre culpable de mis desgracias.
Siempre esperando huir. Siempre esperando que apareciera.
Nunca lo hizo. Desapareció de la nada y aquellos sueños que crearon se rompieron como una rama seca. Dafne deseaba saber qué pasó, con aquel pensamiento se acostaba y levantaba, con preguntas sin respuestas.
Aquel lugar, sentada a la sombra del olivo, con los últimos rayos de sol impactando contra su blanca piel, llorando.
-¿Por qué, Hernan? ¿Por qué permitiste que ocurriera esto? La agonía de los días, de no encontrarte, de querer saltar por la ventana siendo lo único que me retiene un hijo al que no puedo querer. Se parece tanto a su padre y yo deseando cada día que se parezca a ti y que quién entre por esa puerta sea tú con su cabeza en mano. Dios, perdóname por tales pensamientos pero no puedo. Repudio a ti porque mentí y aún sabiendo que mentiría permitiste que nos casasemos y a la única persona que en vida amaré arrebatándola de mi lado. Siempre culpable de mis desgracias.
La noche cayó, la luna se presentó alumbrando con su tenue luz. Dafne se levantó del olivo y volvió a su hogar. Nada más abrir la puerta la ama de llaves, una gitana que llevaba allí incluso antes de que ella naciera, la cogió de la mano apretándosela, miró los ojos verdes de aquella muchacha, tan hinchados, tan tristes.
-Vamos, mi niña. Yo te cuidaré.- y como si fuera su propia hija, la llevó al baño, mandó calentar agua para la bañera, una vez llena, ayudó a Dafne a desvestirse y a meterse en esta. Se sentó con las rodillas pegadas al pecho y con una palangana, la ama de llaves empezó a lavar la cabellera de la muchacha. Con una mano le echaba el agua, con la otra la acariciaba mientras pequeños sollozos salían de sus entrañas, ella la mimaba. La intentaba cuidar y ayudarla a querer a su hijo. Negado por su madre desde el momento que se enteró que estaba en cinta.
-Mi niña, ¿desea contarme que le atemoriza esta noche?
-Los recuerdos.
-¿Y qué recuerdos son esos que la rompen tanto?
-Los recuerdos de una vida que jamás tendré.
-Ay mi niña. No puede compadecerse por aquello que no ha pasado, no puede seguir un luto por algo que no existió. Debe apreciar lo que tiene, su casa, su hijo, a su marido.
-Ni en mil vidas querré a ese hombre. Jamás seré suya.
-La vida da muchas vueltas, Dafne. Y al igual que da muchas vueltas, puede acabarse en un instante. No ame a su marido, pero sí a su hijo, él no es culpable de su dolor.
-Pero se parece tanto a él...- dijo en un susurro.
-Porque no le está permitiendo parecerse a usted. Siempre fue inteligente, Dafne. Hasta que no deje de llorar jamás podrá encontrar la libertad que tanto anhela. Ahora salgase del agua o te se convertirá en garbanzo y le mandaré a cocina para que hagan cocido con usted. - Dafne sonrió tímidamente y el ama de llaves se dio cuenta de que aquello era más de lo que podría desear.
-Vamos, mi niña. Yo te cuidaré.- y como si fuera su propia hija, la llevó al baño, mandó calentar agua para la bañera, una vez llena, ayudó a Dafne a desvestirse y a meterse en esta. Se sentó con las rodillas pegadas al pecho y con una palangana, la ama de llaves empezó a lavar la cabellera de la muchacha. Con una mano le echaba el agua, con la otra la acariciaba mientras pequeños sollozos salían de sus entrañas, ella la mimaba. La intentaba cuidar y ayudarla a querer a su hijo. Negado por su madre desde el momento que se enteró que estaba en cinta.
-Mi niña, ¿desea contarme que le atemoriza esta noche?
-Los recuerdos.
-¿Y qué recuerdos son esos que la rompen tanto?
-Los recuerdos de una vida que jamás tendré.
-Ay mi niña. No puede compadecerse por aquello que no ha pasado, no puede seguir un luto por algo que no existió. Debe apreciar lo que tiene, su casa, su hijo, a su marido.
-Ni en mil vidas querré a ese hombre. Jamás seré suya.
-La vida da muchas vueltas, Dafne. Y al igual que da muchas vueltas, puede acabarse en un instante. No ame a su marido, pero sí a su hijo, él no es culpable de su dolor.
-Pero se parece tanto a él...- dijo en un susurro.
-Porque no le está permitiendo parecerse a usted. Siempre fue inteligente, Dafne. Hasta que no deje de llorar jamás podrá encontrar la libertad que tanto anhela. Ahora salgase del agua o te se convertirá en garbanzo y le mandaré a cocina para que hagan cocido con usted. - Dafne sonrió tímidamente y el ama de llaves se dio cuenta de que aquello era más de lo que podría desear.
Le prometieron lavar las ropas llevas de tierra para cubrir su escapada, se deslizó un camisón de seda por el cuerpo y volvió a su cuarto. Nada más entrar, vio como el niño de la cuna abría los ojos y le echaba las manos. Sus ojos grises eran felicidad al verla y sus bucles en el pelo le daban un toque travieso que a Dafne le divertía. Se acercó y con delicadeza lo cogió. El niño reía y miraba a su madre con puro amor. Dafne le depositó un beso en la frente y se sentaron en la mecedora de en frente a la ventana, entre sus brazos el niño se acurrucó en el pecho de su madre y Dafne le contempló. Sintió un beso en la cabeza y sin alarmarse siguió mirando al pequeño.
-No sabes la alegría que me da veros así, Dafne. Sabía que al final recapacitarías y verías lo felices que podemos ser.
-Es mi hijo, es todo en mi vida.
-Nuestro hijo, mi amada.- sintió sus manos acariciando sus hombros, pero no se había confundido al decir "mi", aquel "nuestro" no era real.
-No sabes la alegría que me da veros así, Dafne. Sabía que al final recapacitarías y verías lo felices que podemos ser.
-Es mi hijo, es todo en mi vida.
-Nuestro hijo, mi amada.- sintió sus manos acariciando sus hombros, pero no se había confundido al decir "mi", aquel "nuestro" no era real.
La lluvias llegaron y los días de calor agobiante, junto los meses pasando y los años corriendo. El dolor del recuerdo siguió menguando aunque el pinchazo siempre aparecía. La vida se convirtió en costumbre. En escapadas y lecturas a escondidas. En historias de aventuras para su hijo antes de dormir. En la búsqueda del pasado mirando al futuro. Esperando la señal.
Convirtiéndose en la madre perfecta.
En la mujer perfecta.
Su hijo en los 5, la inocencia de amar a su madre y admirar a su padre. Ignorando los gritos cuando estaban juntos.
La peor fue cuando su padre había descubierto, que su madre lo sacaba a los olivares.
-¡Eres una irrespetuosa, Dafne! ¡Te lo ordené!
-Mi hijo tiene derecho a conocer mundo, no solamente estas paredes.
-¿Tu hijo? Deja de hablar de él como si fueras su dueña.
-Tienes de padre lo mismo que de honrado, Mauro, ¡absolutamente nada!- fue la primera bofetada.
-Entérate de una vez, Dafne. Tanto tú, como las tierras y el niño, sois míos. Y como me entere de que esto vuelve a ocurrir, no volverás a ver la luz del día. Estás advertida.- salió de puerta con un portazo que asustó al pequeño que se encontraba jugando con un pequeño caballo de madera. La ama de llaves apareció por la puerta con un trapo con agua fría y lo depositó en mejilla de la muchacha.
-Dafne, tienes derecho a llorar.
-Solo me quiero ir.
-Si fuera tan fácil, yo misma le sacaría de aquí. No soporto ver como se va consumiendo.
-Estoy atrapada.
-Sé fuerte, Dafne. Algún día podrás volver a ser libre.
Convirtiéndose en la madre perfecta.
En la mujer perfecta.
Su hijo en los 5, la inocencia de amar a su madre y admirar a su padre. Ignorando los gritos cuando estaban juntos.
La peor fue cuando su padre había descubierto, que su madre lo sacaba a los olivares.
-¡Eres una irrespetuosa, Dafne! ¡Te lo ordené!
-Mi hijo tiene derecho a conocer mundo, no solamente estas paredes.
-¿Tu hijo? Deja de hablar de él como si fueras su dueña.
-Tienes de padre lo mismo que de honrado, Mauro, ¡absolutamente nada!- fue la primera bofetada.
-Entérate de una vez, Dafne. Tanto tú, como las tierras y el niño, sois míos. Y como me entere de que esto vuelve a ocurrir, no volverás a ver la luz del día. Estás advertida.- salió de puerta con un portazo que asustó al pequeño que se encontraba jugando con un pequeño caballo de madera. La ama de llaves apareció por la puerta con un trapo con agua fría y lo depositó en mejilla de la muchacha.
-Dafne, tienes derecho a llorar.
-Solo me quiero ir.
-Si fuera tan fácil, yo misma le sacaría de aquí. No soporto ver como se va consumiendo.
-Estoy atrapada.
-Sé fuerte, Dafne. Algún día podrás volver a ser libre.
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